El caso extraño del doctor Jekyll

Traducción humana · Traducción de Emilio Augusto Soulère (†1915) · Fuente: Wikisource · Dominio público

Mi apetito era realmente bien excaso. Ese incidente inexplicable, esa contradicción en mis experimentos previos, parecían, como los dedos babilónicos sobre la pared, escribir los términos y las letras de mi sentencia. Comencé á reflexionar más seriamente de lo que hasta entonces, sobre el fin y sobre los acontecimientos posibles de mi doble existencia. La parte de mi ser que tenía yo el poder de producir, estaba más fortalecida y más nutrida; hasta me parecía que desde algún tiempo hacía, el cuerpo de Eduardo Hyde había ganado en estatura, cuando me hallaba bajo aquella forma, tenía conciencia de que la sangre circulaba más generosa por sus venas, y comenzaba á entrever el peligro de que si ese estado se prolongaba, el equilibrio de mi doble naturaleza podría quedar definitivamente destruido, anonadado el poder de un cambio á voluntad, y que el carácter de Eduardo Hyde sería finalmente el mío. El poder de la pócima no había tenido siempre igual resultado. Un día, al principio de mis transformaciones, su efecto había sido completamente nulo; desde entonces tenía con frecuencia que doblar la dosis, y una vez, hasta con riesgo de mi vida, tuve que ponerla triple; estos fracasos, aunque raros, habían contribuído á nublar algo mi alegría. Pero ahora, advertido por el accidente de la mañana, llegué á observar que, así como al principio la dificultad había consistido en echar fuera el cuerpo de Enrique Jekyll, había ido poco á poco cambiando de aspecto, y consistía ahora en desalojar á la otra individualidad. Todo parecía, pues, conducirme á la misma conclusión, á saber, que perdía lentamente mi poder sobre mi ser primitivo, el mejor, el superior, y que con la misma lentitud me iba incorporando en el segundo y el peor.

Comprendía que era preciso escoger entre esos dos seres. Mis dos naturalezas tenían una memoria común, pero en cuanto á las otras facultades, estaban desigualmente compartidas. Jekyll (que era una mezcla) sufriendo á veces los temores más vivos y los apetitos más ávidos, se complacía tomando parte en los placeres y aventuras de Hyde; pero Hyde era indiferente para con Jekyll, ó sólo se acordaba de él como el bandido de las montañas se acuerda de las cuevas en donde se oculta cuando lo persiguen. Jekyll tenía más que el interés de un padre; Hyde tenía más que la indife rencia de un hijo. Identificarme con Jekyll, era renunciar á esos apetitos por los cuales había tenido siempre la mayor indulgencia y que desde algún tiempo acá empezaba á acariciar. Identificarme con Hyde, era renunciar á mil intereses y ambiciones, y volver á ser de golpe y para siempre un ser despreciable y privado de toda amistad.

El contrato podía parecer desigual, pues había aún otra consideración que tener en cuenta; mientras que Jekyll sufriría el martirio y se quemaría vivo á causa de su abstinencia, Hyde ni siquiera tendría conciencia de lo que habría perdido. Por extrañas que sean las circunstancias en que me encuentro, los efectos de este dualismo son tan viejos y tan vulgares como el hombre mismo; pues son poco más ó menos los mismos apetitos y los mismos temores los que hacen titubear al pecador apasionado y tembloroso, y sucede conmigo lo que con el mayor número de mis semejantes, y es que escojo la mejor parte, sólo que me falta firmeza para persistir en mi resolución.

Sí, prefería al doctor anciano y descontento, rodeado de amigos y de esperanzas honradas y envidiables; dije resueltamente adiós á la libertad, á la juventud (si se tenía en cuenta mi edad), al andar ligero, al ardiente hervir de la sangre, á los placeres juveniles, cosas de las cuales disfrutaba bajo el disfraz de Hyde. Tomé este partido, no quizá sin ninguna reserva mental, pues no abandoné la habitación de Soho ni destruí los trajes de Eduardo Hyde, que están siempre en mi gabinete, dispuestos para ser puestos en uso. Durante dos meses, sin embargo, fui sincero en mi determinación; durante dos meses, seguí una vida de una severidad tal cual nunca había llegado antes á observar, y me regocijaba con las compensaciones que me proporcionaba mi conciencia. Pero andando el tiempo, la impresión de mis temores concluyó por desvanecerse; las alabanzas de la conciencia empezaron á ser únicamente cosa vulgar; comenzaron á torturarme dolores y deseos apasionados, como si Hyde luchase para recobrar su libertad; un día, en un instante de decaimiento moral, compuse de nuevo la bebida transformadora, y la absorbí de un trago.

No creo que, si un borracho discute ó raciocina consigo mismo respecto de su vicio, haya sido detenido ó impedido, de cada quinientas veces una sola, por los peligros que va á correr á causa de la insensibilidad bestial y física en que va á sumirse; jamás tampoco, al examinar mi situación, me había dado cuenta de la completa insensibilidad moral, y de aquella increíble tendencia hacia el mal, que eran los puntos característicos del genio de Eduardo Hyde. También por ahí fuí castigado. Mi demonio había permanecido mucho tiempo enjaulado, y salió rugiendo de su encierro. Tenía yo conciencia, sin embargo, en el momento mismo en que bebí la pócima, de aquella tendencia hacia el mal, más desenfrenada, más furiosa. Supongo que debe atribuirse á esa excitación de mi alma, la violencia y la impaciencia con las cuales escuché las atentas palabras de mi desgraciada víctima; quiero á lo menos confesarlo delante de Dios: es imposible que un hombre moralmente sano haya podido hacerse culpable de ese crimen tras una provocación tan insignificante; quiero declarar, también, que herí con una idea tan falta de razón como la que puede tener un niño enfermo que despedaza un juguete. Pero me había despojado voluntariamente á mí mismo de todos esos instintos que hacen vacilar, y que obligan al peor de los hombres á conservar cierta compostura, aun cuando se deje arrastrar por sus malas pasiones; en mi estado, tener una tentación, por ligera que fuese, era caer, sucumbir.

El espíritu infernal despertó instantáneamente en mí con furor. Con un verdadero transporte de júbilo molía á palos aquel cuerpo que no oponía resistencia, y producía delicioso gozo en mi ser cada golpe que descargaba; sólo cuando vino el cansancio fué cuando repentinamente, en medio de mi acceso de locura, me llegó al corazón una fuerte sensación de terror. La neblina que cubría mi vista se disipó, y comprendí que mi vida iba á ser deshonrada; huí lejos del teatro de tales excesos, radiante de gloria y temblando á un mismo tiempo, satisfecha y estimulada mi pasión por el mal, y con el amor de la vida subido al más alto grado.

Corrí á la casa de Soho y, para librarme mejor de cualquiera persecución, destruí mis papeles; luego salí; paseé por las calles, que alumbraban los faroles, llevando la misma alegría en mi espíritu, regocijándome de mi crimen, con el juicio bastante claro y dispuesto para preparar otros, pero con los ojos y el oído atentos, temiendo los pasos de algún vengador.

Hyde tenía una canción en los labios cuando preparó la pócima, y al tomarla, bebió á la salud de su víctima.

Apenas habían concluido las angustias de la transformación, Enrique Jekyll vuel to á su propio ser caía de rodillas con un torrente de lágrimas de gratitud y de remordimiento, elevando hacia Dios sus manos cruzadas. El velo que ocultaba mi indulgencia se rasgó de arriba á abajo; volví á ver mi vida entera; la vi desde los días de la infancia, cuando me paseaba dando la mano á mi padre, la vi otra vez en medio de los trabajos austeros de mi profesión, y llegué finalmente, con un sentimiento de incredulidad, hasta los espantosos horrores de aquella noche. Hubiera podido ponerme á gritar, pero busqué en el llanto y en la oración el medio de borrar las figuras asquerosas y los ruidos espantables que volvían á mi memoria para anonadarme; y continuamente, en medio de mis oraciones, el rostro malo de mi iniquidad me miraba hasta las profundidades del alma.

Cuando el vivo dolor de esos remordimientos comenzó á calmarse, llegué poco á poco hasta ideas menos tristes. Lo que tenía que hacer en adelante era sencillo. Hyde no podía volver para el porvenir; queriéndolo ó sin quererlo yo, estaba desde aquel momento encerrado en la parte mejor de mi existencia, y ¡cuánto me complacía esa idea! ¡Con qué humildad voluntaria me felicitaba por hallarme de nuevo dentro de las restricciones naturales de la vida ordinaria! ¡Con qué sincera sumisión cerré la puerta por la cual había entrado y salido tantas veces, y destrocé la llave bajo mis pies!

Al día siguiente, los diarios anunciaron que el asesino había sido visto, que el crimen de Hyde era evidente, y que la víctima era un hombre que disfrutaba del aprecio público. Aquello no había sido únicamente un crimen, sino también una locura trágica. Me agradaba ver emitir esa opinión; felicitábame interiormente viendo que mis tendencias mejores se hallaban fortalecidas de aquel modo, y puestas, además, bajo la salvaguardia del horror que inspira el cadalso.

Jekyll era, pues, mi refugio, mi asilo; que Hyde se dejase ver un instante fuera, y los brazos de todos los hombres se levantarían para prenderlo y para matarlo.

Resolví rescatar lo pasado con mi conducta futura; y puedo añadir que mi resolución produjo algún bien. Sabéis por vos mismo cuánto trabajé recientemente, en los últimos meses del año pasado, para mejorar la suerte de los desgraciados; sabéis que he hecho mucho por otros, y que los días han transcurrido para mí tranquilamente, casi con dicha y felicidad. No puedo decir por cierto que esa vida de beneficencia y de inocencia me pesase; creo, al contrario, que cada día era para mí más agradable.

Pero me atormentaba siempre el dualismo de mis tendencias, y cuando los rigores de la penitencia impuesta comenzaron á dulcificarse, los malos instintos de mi ser, durante tanto tiempo acariciados, aunque encadenados hacía poco, rugieron con violencia pidiendo su libertad. No pensaba ciertamente en resucitar á Hyde; sólo la idea de esa resurrección bastaba para asus tarme y extremecerme; y como un pecador vulgar, concluí sin embargo, por sucumbir á los constantes asaltos de la tentación.

Todas las cosas tienen fin; el vaso mayor concluye por llenarse; y esa débil condescendencia á mis malhadados instintos concluyó, también, por destruir mis buenos propósitos; no me hallaba aún alarmado; la caída parecía natural, y ser únicamente un retroceso á aquellos antiguos días anteriores á mi descubrimiento. Oíd lo que me aconteció:

Era un hermoso y claro día de enero, atravesaba el Parque del Regente, el suelo estaba húmedo en los puntos donde la nieve se había derretido, pero el cielo aparecía despejado y sin nubes; el gorjeo de los pájaros se mezclaba á unos olores suaves y deliciosos, casi primaverales. Me senté en un banco al sol. La parte animal de mi ser se gozaba en los recuerdos; la parte espiritual estaba algo dormida, pero dispuesta á futuras expiaciones, aunque sin querer co menzarlas desde luego. Después de todo, decíame á mí mismo que era semejante á mis vecinos; y entonces sonreí comparándome con los demás hombres, mi buena voluntad, mis beneficios y mi actividad, con su crueldad y su pereza.

En el mismo instante en que me acudía aquel orgulloso pensamiento, un calambre, un extremecimiento me pasó por todo el cuerpo, una horrible náusea, un temblor mortal se apoderaron de mí.

Todo ello pasó dejándome algo débil; y á pesar de esa debilidad comencé á experimentar un cambio en el curso de mis ideas, mayor osadía, desprecio del peligro, y un abandono real de los deberes y obligaciones de este mundo. Miré al suelo; mi traje caía informe sobre mis miembros encogidos y arrugados; la mano que descansaba en mi rodilla era nerviosa y peluda. Otra vez volvía á ser Eduardo Hyde. Poco antes me hallaba seguro del respeto de los demás hombres, rico, estimado; mientras que ahora me veía convertido en vulgar presa de los hombres, perseguido, sin domicilio, un asesino común amenazado con el cadalso.

Mi razón vacilaba, pero no me abandonó completamente. Más de una vez había observado ya que, bajo mi segunda forma, mis facultades parecían más vivas y animadas, mis ideas más elásticas; y así aconteció que allí en donde quizá Jekyll hubiese sucumbido, Hyde se elevó á la altura que requería el momento. Mis ingredientes se hallaban en una de las gavetas de un armario de mi gabinete; ¿cómo hacer para tenerlos? Ese era el problema cuya solución buscaba, apretándome las sienes con ambas manos. Había cerrado la puerta del laboratorio. Si hubiese tratado de entrar por la casa, mis propios criados me hubieran llevado á la horca. Ví que tenía que acudir á otras manos, y pensé en Lanyón. Pero, ¿cómo llegar hasta él? ¿Cómo persuadirlo? Suponiendo que llegase á evitar el arresto en las calles, ¿cómo hacer para ir hasta él? Y ¿cómo lograría yo, visita desconocida y repugnante, persuadir al gran médico á ir á saquear el gabinete de estudio de su colega el Doctor Jekyll?

Recordé entonces la originalidad de mi carácter; me quedaba un partido que tomar; podía escribir con mi propia letra, y cuando me hallé iluminado por aquella chispa vivificadora, la vía que debía seguir se presentó á mi vista desde el principio hasta el fin.

En esto arreglé mi traje lo mejor que pude, y llamando un coche que pasaba, me hice conducir á una posada de la calle de Portland, cuyo nombre recordaba, felizmente. Al verme (mi aspecto era verdaderamente bastante cómico, aunque el traje convenía más bien á un hombre que estuviese en un instante trágico) el cochero no pudo ocultar la risa. Rechiné los dientes, mirándolo con furor diabólico; la sonrisa desapareció de sus labios, afortunadamente para él y más aún para mí, pues en cualquiera otra circunstancia le hubiera arrojado á viva fuerza de su sitio. Al entrar en la posada, eché una mirada á mi alrededor con aire tan terrible, que temblaron las personas allí presentes; mientras estuve á su vista, no se miraron entre sí, recibieron obsequiosas mis órdenes, me condujeron á un cuarto y me llevaron recado de escribir. Hyde en peligro de perder la vida, era un ser desconocido hasta para mí, pues conmovido por una cólera desenfrenada, estaba suficientemente excitado para cometer otro asesinato, deseoso de hacer sufrir á sus semejantes. Pero fué, sin embargo, hábil, y contuvo sus accesos de furor, con grandes esfuerzos de voluntad; arregló las dos importantes cartas, una para Lanyón, y otra para Poole y pudo convencerse de que habían sido realmente llevadas al correo, pues dio orden para que las certificasen.

Luego permaneció todo el día sentado junto al fuego en su cuarto, comiéndose las uñas; más tarde le sirvieron la comida allí mismo, sin más compañía que sus temores; el criado temblaba bajo el ascendiente de sus miradas, y así que fué entrada la noche, tomó un carruaje cerrado y se paseó de un lado á otro por la ciudad. Él, digo—no me es posible decir yo —ese hijo del infierno no tenía nada de humano; nada vivía en él fuera del temor y el odio. Cuando en fin, creyó que el cochero iba á empezar á desconfiar, bajó del coche y se aventuró á pie, con su traje desproporcionado para su estatura, y propio para atraer sobre él la atención de los transeúntes nocturnos. Sus dos bajas pasiones, el miedo y la rabia, hervían en él furiosas. No cesó de andar, perseguido por sus temores, gruñendo en su interior, ocultándose en los parajes menos frecuentados y contando los minutos que le separaban aún de la media noche. En cierto instante creo que le habló una mujer, para ofrecerle una caja de fósforos. Pególe en el rostro, y huyó.

Cuando llegué á casa de Lanyón, el horror que experimentó mi antiguo amigo me causó quizá alguna impresión; pero no lo aseguro, pues en todo caso fué sólo una gota más en el océano de horrores que ha bían llenado las horas precedentes. Acababa de operarse un cambio en mí. Ya no era el miedo del cadalso, era el horror de ser Hyde lo que me atormentaba. La repulsión que inspiraba á Lanyón me apareció como un sueño, y como soñando, también, volví á mi casa y me acosté. Dormí, después del cansancio de aquel día, con un sueño profundo y pesado, que ni siquiera fué interrumpido por las pesadillas que me atormentaban. Desperté por la mañana conmovido, debilitado, pero más tranquilo. Seguía odiando al animal, á la bestia que dormitaba en mí, y la temía, pues no había olvidado los terribles peligros del día anterior; pero volvía á estar en mi casa, y cerca de mis drogas; y la gratitud que tuve por haber escapado al peligro fué tan grande en mi alma, que casi rivalizaba con el resplandor de la esperanza.

Después de almorzar, atravesé el patio tranquilamente, respirando con placer el aire fresco, cuando me acometieron de nuevo repentinamente aquellas indescrip tibles sensaciones, heraldos seguros de la transformación, y apenas tuve el tiempo preciso para ponerme á cubierto en mi gabinete, y ya rabiaba y tiritaba de frío, atormentado una vez más por las pasiones de Hyde. Tomé entonces doble dosis para recobrar mi identidad, pero ¡hay! seis horas después, mientras contemplaba tristemente el fuego, los dolores me acometieron y tuve que volver á tomar la pócima. En una palabra, desde aquel día sólo por medio de grandes esfuerzos, como los que exige la gimnástica, y bajo la influencia inmediata de la pócima, podía permanecer siendo el mismo, es decir, conservar la personalidad de Jekyll. A cada instante, á cualquiera hora del día ó de la noche me acometían los escalofríos precursores; sobre todo cuando dormía, ó estando soñoliento, y aun hallándome ocupado en el trabajo, sentado en mi sillón, me despertaba siempre convertido en Hyde. Oprimido por el peso incesante de esta sentencia, absteniéndome voluntariamente de todo sueño, más allá de lo que consideraba posible para el hombre, me convertí bajo la forma de Jekyll, en una criatura devorada por la fiebre, que se consumía y se debilitaba á la vez de cuerpo y alma, y perseguida únicamente por una idea, á saber: el horror que me inspiraba mi otro yo . Pero cuando dormía, ó cuando el efecto de la medicina había pasado, sentía casi sin transición (pues los dolores de la transformación iban disminuyendo cada día) un estado de espíritu en el cual me acometían visiones terribles, en que sentía hervir en mi alma odios sin razón ni motivo, y en que mi cuerpo no parecía ya bastante fuerte para contener las rabiosas energías vitales. Hubiérase dicho que el vigor de Hyde había crecido con la debilidad de Jekyll. Y en verdad, el odio que los dividía entonces era igual en ambos lados. Para Jekyll era una lucha por su propia vida. Habíase dado cuenta de la deformidad de aquella criatura que compartía con él algunas de sus facultades intelectuales, y era su compañero obligado, forzoso ante la muerte; y más allá de esos lazos comunes, que en sí mismos formaban la parte más penosa de sus tormentos, consideraba á Hyde, á pesar de la energía de su vitalidad, como á un ser no sólo infernal, sino también inorgánico. Pero lo que le producía mayor terror era la idea de que el lodo del infierno podía emitir sonidos y lanzar gritos; que aquel polvo informe podía gesticular y cometer pecados; que lo que estaba muerto y no tenía ninguna forma, podía sin embargo llenar las funciones de la vida; y que todo aquel conjunto estaba unido á su persona, más estrechamente de lo que hubiera podido estarlo una esposa, un ojo; que aquel conjunto estaba preso en su propia carne, hasta el punto de que durante el misterio del sueño, podía luchar contra él y arrebatarle su misma existencia. El odio que experimentaba Hyde contra Jekyll era de otra naturaleza. Su miedo al patíbulo le obligaba continuamente á suicidarse por un momento, volviendo á su estado de de pendencia, formando entonces una parte de otro ser, en vez del ser mismo; odiaba aquella necesidad, odiaba aquella tristeza á la cual Jekyll se entregaba ahora, y experimentaba todo el odio que sentían contra él. De ahí aquellos juegos de manos que me hacía, garabateando con mi propia letra blasfemias en mis libros, quemando las cartas, destruyendo el retrato de mi padre; y en realidad, si el temor de su muerte no le hubiese contenido, tiempo haría que se hubiese perdido para arrastrarme en su ruina. Pero tenía extraordinario amor á la vida; voy aun más allá; yo, que siento revolvérseme el corazón y me extremezco con sólo pensar en él, cuando recuerdo su vil pasión por la vida, y cuando recuerdo sus temores de que llegase á suicidarme, casi tengo compasión de él.

Es inútil y me falta tiempo para prolongar esta descripción; bástame decir que nadie ha sufrido jamás tormentos iguales; y sin embargo, el hábito de sobrellevarlos ha producido, no un alivio, no un descargo, sino cierta dureza del alma, cierto abandono, cierta indiferencia para con la desesperación; mi castigo hubiera podido durar años todavía, si no me hubiese ocurrido la última desgracia, y por fin, no me hubiese separado de mi propia personalidad. Mi provisión de sal, que jamás había renovado desde mi primer experimento, comenzaba á disminuir. Envié á buscar nuevas provisiones y compuse la pócima; prodújose la ebullición, el primer cambio de color también, pero no el segundo; la bebí, pero no produjo efecto. Sabréis por Poole cómo y hasta que punto he registrado todo Londres, pero inútilmente, y estoy persuadido hoy de que mi primera provisión era impura (tenía mezcla) constituyendo precisamente esa impureza desconocida la eficacia de la pócima.

¿Morirá Hyde en el patíbulo? ¿ó tendrá á última hora el valor de librarse de sí propio? Sólo Dios lo sabe. Poco cuidado me da; éste es el verdadero término de mi muerte, y todo cuanto venga después corresponde á otro que yo. Aquí, pues, dejando la pluma y sellando mi confesión, concluyo de referir la vida del desgraciado Enrique Jekyll ."

Traducción con IA · Original