Traducción humana · Traducción de Emilio Augusto Soulère (†1915) · Fuente: Wikisource · Dominio público
Pero en el testamento, la idea de desaparición era debida á la siniestra sugestión de Hyde, estaba allí con un fin harto claro y harto horrible. Mas, en la pluma de Lanyón, ¿qué significaba aquella palabra? Una gran curiosidad se apoderó del fideicomisario: tuvo deseos de no atender á la prohibición y de penetrar hasta el fondo, en busca de todos aquellos misterios.
Pero su profesión y la confianza que tenía en su difunto amigo le imponían severos deberes; de modo que el paquete fué á descansar en el más secreto cajón de su cofre particular.
Si por una parte su curiosidad se hallaba mortificada, por otra parecía excitada con violencia; y casi puede dudarse si desde aquel momento deseó Utterson con igual vehemencia la sociedad del amigo superviviente. Pensaba en él con afecto, sin duda; pero sus ideas estaban perturbadas y eran temerosas. Fué á verlo, sin embargo; quizá se congratuló de no ser conducido hasta su presencia; quizá también, en el fondo de su corazón, prefería hablar con Poole en la escalera y en medio de la atmósfera y de los ruidos de la gran ciudad, á penetrar en aquella casa en donde reinaba una esclavitud voluntaria, y sentarse á hablar con su impenetrable prisionero. Poole, además, no tenía nada bueno que comuni carle. El doctor, al parecer, se encerraba más que nunca en su gabinete ó en el laboratorio, en donde llegaba algunas veces, hasta á quedarse dormido. Estaba muy triste; hablaba poco, no leía, y hubiérase dicho que pesaba algo sobre su ánimo. Utterson estaba ya tan acostumbrado á aquellas respuestas idénticas, que poco á poco fué disminuyendo las visitas.
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INCIDENTE DE LA VENTANA.
Aconteció un domingo, que dando su acostumbrado paseo con el Sr. Enfield, la casualidad los condujo de nuevo á pasar por la callejuela; cuando llegaron frente á la puerta, ambos se detuvieron un instante para examinarla.
—En fin—dijo Enfield—esa historia ha concluído. No volveremos á ver al Sr. Hyde.
—Así lo creo—repuso Utterson.—¿Os he dicho que lo ví una sola vez y que experimenté la misma repulsión que vos?
—Era imposible verlo sin experimentar ese sentimiento—añadió Enfield.—Y sea dicho de paso ¡por cuan tonto me habréis tenido, al saber que yo ignoraba que esta puerta trasera conducía á casa del Doctor Jekyll! Y por cierto que vos habéis sido la causa de que yo buscase y de que haya encontrado.
—Habéis hallado, pues, la comunicación ¿no es verdad?—preguntó Utterson—y ya que la conocéis, ahora podríamos detenernos en el patio y echar un vistazo á las ventanas. A deciros verdad, estoy inquieto respecto del pobre Jekyll; y hasta en mi interior siento una voz que me indica el bien que podría quizá procurarle la presencia de un amigo.
El patio era muy frío y también un poco húmedo; reinaba en él un crepúsculo prematuro, aunque el cielo estaba aún brillantemente iluminado por los rayos del sol poniente.
La ventana de el medio se hallaba entreabierta, y sentado detrás de ella, tomando el aire, con un rostro muy abatido, como el de un preso inconsolable, vio Utterson al Doctor Jekyll.
—¡Hola! Jekyll—le gritó—supongo que estáis mejor.
—Estoy muy decaído, Utterson—contes tó el doctor tristemente, con voz apagada.
—No será por mucho tiempo, gracias á Dios.
—Permanecéis demasiado encerrado—siguió diciendo el abogado.—Deberíais salir para hacer ejercicio, como lo hacemos Enfield y yo. Es mi primo, el Sr. Enfield, el Doctor Jekyll.—Venid, ponéos el sombrero y venid á dar una vuelta con nosotros.
—Sois demasiado bueno—repuso el doctor;—bien lo quisiera; pero no, es enteramente imposible. No me atrevo. Pero, de veras, Utterson, me alegro que hayáis venido; es realmente una gran alegría para mí el veros. Quisiera preguntaros á vos y al Sr. Enfield, pero el lugar no es del todo conveniente.
—¿Por qué?—exclamó el abogado con afabilidad;—lo mejor que podemos hacer es permanecer aquí abajo, y hablar con vos desde el sitio en que estamos.
—Era precisamente lo que iba á atreverme á proponeros—replicó sonriendo el doc tor. Pero pronunció las palabras con dificultad; y antes que la sonrisa hubiese desaparecido por completo de su cara, ésta expresó un terror y una desesperación tales, que nuestros dos caballeros sintieron helárseles la sangre en el cuerpo.
Todo aquello duró nada más que un momento, pues la ventana fué cerrada instantáneamente; sin embargo, aquel instante les había bastado, y dieron media vuelta, saliendo del patio para cambiar algunas palabras. Atravesaron en silencio la callejuela, y sólo cuando llegaron á una calle inmediata, en la cual, á pesar de ser domingo, había alguna animación, fué cuando Utterson se volvió, por fin, hacia su amigo y lo miró.
Ambos estaban pálidos, y había en sus ojos una expresión de horror tan grande, que decía bastante por sí misma.
—¡Que Dios nos perdone! ¡Que Dios nos perdone!—exclamó Utterson.
El Sr. Enfield hizo gravemente un signo con la cabeza, y siguió en silencio su camino.
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LA ULTIMA NOCHE.
Una tarde, después de comer, Utterson estaba sentado junto al hogar, cuando quedó sorprendido por la visita de Poole.
—¡Dios mío! ¿qué es lo que os trae aquí, Poole?— le dijo el abogado; y mirándolo de nuevo, añadió:
—¿Qué os apena? ¿está enfermo el doctor?
—Sr. Utterson—contestó el criado—hay algo que va mal.
—Tomad asiento, y aquí tenéis un vaso de vino para vos—añadió Utterson.—Ahora, sin ninguna prisa, decidme con sinceridad lo que deseáis.
—Conocéis la manera de vivir del doctor—empezó á decir Poole—y sabéis como se encierra. Pues bien, se ha encerrado de nuevo en su gabinete, y no me gusta eso. Sr. Utterson, estoy asustado.
—Y ahora, mi buen Poole, ¿por qué estáis asustado? Hablad claro.
—Me asusté hace una semana poco más ó menos—contestó Poole, evitando con algo de mal humor la pregunta que se le hacía—y no puedo ya soportar más la cosa.
El aspecto del hombre justificaba completamente sus palabras; y salvo el instante en que por primera vez había hablado de su espanto, no había vuelto á mirar á la cara del abogado. Aun después, permanecía con el vaso apoyado sobre la rodilla, pero sin beber, y sus ojos se fijaban en un punto del techo.
—No puedo soportar más tiempo eso—volvió á repetir.
—Vamos—dijo Utterson—veo que tenéis un verdadero motivo para hablarme así, Poole; veo que hay algo que anda verdaderamente mal. Procurad decirme lo que es.
—Creo que ha habido algún crímen—añadió Poole con voz ronca.
—¡Un crimen!—exclamó el abogado muy asustado, y dispuesto á parecer más irritado aún—¿qué crimen? ¿qué queréis decir con eso?
—No me atrevo á decirlo, señor, pero ¿queréis venir conmigo y verlo vos mismo?
Por toda contestación, Utterson se puso en pie, tomó su sombrero y una capa de abrigo, y notó con sorpresa el rostro del criado, quien le pareció como aligerado de un gran peso; observó también, con no menor sorpresa, que el vino no había sido tocado.
La noche era fría, noche propia del mes de marzo; la luna estaba pálida y en su último cuarto, como si el viento la hubiese volcado; algunas nubes rápidas y diáfanas corrían por el cielo. El viento furioso impedía hablar y cruzaba la cara; había, además, ahuyentado á los transeúntes y limpiado las calles de gente. Decía Utterson que no había visto nunca tan desierto aquel barrio de Londres, y no era precisamente lo que hubiera deseado en su interior; jamás durante toda su vida había sentido un deseo tan vivo de ver y tocar á sus semejantes, pues volviendo al curso de sus ideas lóbregas, tenía el presentimiento de que se encaminaba hacia una gran desgracia.
Cuando llegaron á la plaza, todo estaba lleno de polvo; los árboles descarnados del jardín parecían fustigarse entre sí á lo largo del muro. Poole, que durante el camino se había adelantado uno ó dos pasos, se detuvo bruscamente en medio de la calle; á pesar del frío, se había quitado el sombrero y se secaba el sudor de la frente con un pañuelo encarnado. No obstante la rapidez de su marcha, no era el sudor producido por ella lo que enjugaba, sino el provocado por la angustia que le sofocaba, pues su rostro estaba pálido y su voz era dura y ronca.
—En fin, señor—dijo—hemos llegado, y quiera Dios que no haya sucedido nada malo.
—Amén, Poole—contestó el abogado.
— ¿Sois vos, Poole?
—Yo soy—dijo Poole—abrid la puerta.
El recibimiento estaba brillantemente alumbrado; un gran fuego ardía en la chimenea, y en derredor todos los criados, hombres y mujeres, confundidos, se estrechaban unos contra otros como un rebaño de carneros. Al ver al Sr. Utterson, una criada fué acometida de contorsiones histéricas; y el cocinero, exclamando:—¡Bendito sea Dios! es el Sr. Utterson—corrió hacia él como queriendo abrazarlo.
—¿Qué hay? ¿Estáis todos aquí?—dijo el abogado con aire triste.—Es muy irregular, muy inconveniente, y disgustaría mucho á vuestro amo.
—Todos están asustados—repuso Poole.
Desconcertados, permanecieron callados, ninguno protestó contra aquellas palabras; la doncella sola dejó oír su ahogado llanto y sus gemidos.
—Callad, de una vez—le dijo Poole, con un acento tan brutal que demostraba hasta qué punto tenía los nervios sobrexcitados; y realmente, cuando la doncella había lanzado gritos de desesperación, todos se estremecieron mirando la puerta interior, con espanto en los rostros.
—Y ahora—añadió Poole dirigiéndose al mozo de cocina—dadme una luz, y vamos á saber la verdad de este asunto.
Rogó al Sr. Utterson que le siguiese, y le enseñó el camino que conducía al jardín.
—Andad lo más despacio que podáis—dijo Poole—y sin ruido; os ruego que escuchéis y que no dejéis oír nuestras pisadas. Tened cuidado, señor, de no entrar, si por casualidad os llamase.
Ante esta inesperada recomendación, Utterson se extremeció y casi quedó desconcertado; pero pronto recobró su valor, y siguió al criado á través del laboratorio, de la sala de anatomía con sus vasos y sus botellas, y llegó al pie de la escalera. Poole le indicó que permaneciese á un lado y escuchase, mientras que él, dejando la luz, y apelando visiblemente á todo su valor, subió los peldaños, llamando con tem blorosa mano, es decir, dando algunos golpecitos sobre la tela encarnada de la puerta del gabinete.
—El Sr. Utterson desea veros, señor—dijo el criado; y al hablar hacía seña con viveza al abogado para que escuchase.
Una voz contestó desde el interior:
—Decidle que no puedo ver á nadie—y sus palabras parecían un largo quejido.
—Gracias, señor—respondió Poole, con cierto acento de triunfo en la voz; y tomando otra vez la luz, condujo á Utterson por el patio hasta la gran cocina, en donde el fuego estaba apagado y los grillos saltaban por el suelo.
—Señor—dijo mirando á Utterson—¿os parece que era aquélla la voz de mi amo?
—Sí, parece haber cambiado mucho—contestó Utterson muy pálido, y mirándole también.
—Cambiada, no cabe duda—añadió el criado.—¿Hubiera estado yo veinte años al servicio de mi amo para engañarme de ese modo respecto de su voz? No, señor, la voz de mi amo ha desaperecido y también él; ha sido muerto, hace ocho días, cuando le oímos gritar el nombre de Dios; ¿y quién está aquí en vez de él? ¿y por qué ese ser está aquí? Todo eso pide venganza ante Dios, Sr. Utterson.
—He aquí una extraña relación, Poole, que más bien parece relación salvaje, mi buen hombre—dijo Utterson mordiéndose los dedos.—Supongamos que la cosa fuese tal cual la creéis; supongamos que el Doctor Jekyll haya sido asesinado, ¿por qué se empeñaría el asesino en permanecer aquí? Esa historia no se sostiene por sí misma; la simple razón se niega á creerla.
—Bueno, Sr. Utterson, sois hombre difícil de convencer, pero sin embargo, llegaré á lograrlo—contestó Poole.—Es preciso que sepáis, que durante toda la última semana, él, ó sea quien fuere el que esté en aquel gabinete, gritaba noche y día para tener una especie de droga y no podía lograrla como la deseaba. Mi amo acostum braba algunas veces á escribir sus órdenes en un papel y echarlo por los escalones. Desde hace una semana, eso es todo cuanto tenemos de él; nada más que papeles y una puerta cerrada; con respecto á los alimentos, colocados sobre los peldaños, iba á retirarlos á escondidas. Pues bien, señor, todos los días y aun dos ó tres veces en un día, he sido enviado corriendo á todos los drogueros de la ciudad. Cada vez traía el producto, pero otro papel me mandaba volver, porque no era puro y tenía otra orden para distinta casa. Necesita, pues, señor, en absoluto aquella droga por una razón cualquiera.
—¿Tenéis alguno de esos papeles?—preguntó Utterson.
Poole buscó en sus bolsillos y halló un papel arrugado, que el abogado examinó cuidadosamente acercándose á la luz. Su contenido decía lo siguiente: "El Doctor Jekyll saluda á los señores Maw, y les asegura que la última muestra es impura y no sirve para el objeto deseado. En el año de 18** el Doctor J. adquirió una cantidad bastante grande en casa de los señores M., y hoy les ruega que busquen con la exactitud más escrupulosa, y si quedase de igual calidad, que se la envíen inmediatamente. No hay que reparar en el precio. La importancia de la cosa para el Doctor Jekyll está por encima de cuanto pudiera decir." Hasta allí la carta estaba bastante correctamente escrita, pero entonces la emoción le había vendido, y hubiérase dicho que había materialmente aplastado la pluma contra el papel al añadir las siguientes palabras: "Por el amor de Dios, enviádmela de igual calidad que la antigua."
—Es una extraña nota—dijo Utterson, y luego añadió con severidad:—¿cómo la habéis tenido abierta?
—El dependiente del Sr. Maw estaba furioso, señor, y la echó hacia mí como si hubiese sido una cosa repugnante—repuso Poole.
—¿Sabéis si esa nota es con seguridad de puño y letra del doctor?—preguntó el abogado.
—He pensado que la letra se parecía á la suya—dijo el criado con tono áspero; y luego, cambiando de tono, añadió:—¿pero qué importancia puede tener una nota escrita, cuando le he visto á él en persona?
—¿Le habéis visto?—repitió Utterson.
—¿Y bien?
—He aquí, he aquí la historia—prosiguió Poole.—Entré súbitamente en el laboratorio, yendo desde el jardín; creo que se había atrevido a salir en busca de esa droga ó de cualquier otra cosa, pues la puerta del gabinete estaba abierta, y él se hallaba en el fondo de la habitación revolviendo y escudriñando las viejas botellas. Me vio entrar, lanzó una especie de grito, y se volvió rápidamente al gabinete. No le ví más que un instante, pero los pelos se me pusieron de punta. Señor, si aquella aparición era mi amo, ¿por qué llevaba una careta sobre el rostro? Si era mi amo, ¿porqué había lanzado aquel grito y había huído de mí? Hace bastante tiempo que lo sirvo; y luego...—Poole calló y se pasó la mano por la frente.
—Realmente, son muy extraños esos detalles—dijo Utterson—pero creo entrever la verdad. Vuestro amo, Poole, se halla sin duda atacado por una de esas enfermedades que, á la vez torturan y deforman al enfermo; de ahí, por poco que yo sepa, la alteración de su voz; de ahí la máscara y su propósito de evitar la presencia de sus amigos; de ahí la pasión de buscar esa droga por medio de la cual el pobre hombre conserva alguna esperanza de curación. ¡Dios quiera que no se defraude! Esa es mi explicación; la cosa es bastante triste, Poole, y bastante sorprendente de considerar, pero se explica y es natural; todo ello concuerda bien, y nos saca de esas espantosas alarmas.
—Señor—dijo el criado poniéndose alternativamente pálido y encarnado—aquella aparición no era mi amo, esa es la verdad. Mi amo—miró entonces á su alrededor y se puso á hablar en voz muy baja—es un hombre alto, bien constituido, y el otro era más bien un enano.
Utterson trató de protestar.
—¡Oh! señor—exclamó Poole—¿podéis pensar que no conozco á mi amo después de treinta años? ¿Pensáis que no sé á qué altura llega su cabeza en la puerta del gabinete, en donde le he visto todas las mañanas de mi vida? No, señor, esa cosa con máscara no ha sido nunca el Doctor Jekyll; sabe Dios lo que era, pero jamás ha sido el Doctor Jekyll; y nadie me quitará de la cabeza que ha debido de cometerse un crimen.
—Poole—replicó el abogado—si habláis así, mi deber exige llegar hasta la certidumbre. Por más que deseo respetar los sentimientos de vuestro amo, me desconcierta esa nota, según la cual parece demostrado que vive todavía; considero como un deber romper aquella puerta.
— Y ahora viene la segunda pregunta.—continuó diciendo Utterson;—¿quién romperá la puerta?
—¿Cómo? vos y yo, señor—dijo valerosamente Poole.
—Bien dicho—repuso el abogado—y suceda lo que quiera, yo cuidaré de que nada perdáis; dejadlo de mi cuenta.
—Hay un hacha en el laboratorio—indicó Poole—y vos podéis tomar un hierro de la cocina.
El abogado se apoderó de un grosero pero pesado instrumento, y moviéndolo, dijo á Poole que le estaba mirando:—¿Sabéis que vos y yo vamos á colocarnos en una situación que ofrece algún peligro?
—Bien lo podéis decir, señor—contestó el criado.
—Pues bien, señor, pasó tan rápidamente, la persona estaba tan inclinada, que no me atrevo á afirmar; pero si pensáis que fuese el Sr. Hyde, yo también me figuro que era él, pues aquel ser era de su tamaño, tenía el mismo andar rápido y ligero, y además, ¿quién sino él hubiera podido entrar por la puerta del laboratorio? No habéis olvidado sin duda, señor, que cuando ocurrió el asesinato, conservaba la llave consigo. Pero hay más aun. Ignoro, Sr. Utterson, si habéis visto alguna vez al Sr. Hyde.
—Sí—contestó el abogado—he hablado una vez con él.
—Entonces, debéis saber como todos nosotros, que había algo extraño en ese personaje, algo que trastornaba, no se cómo expresarme, señor; sentía uno frío hasta la médula de los huesos, al mirarlo.
—Confieso que he experimentado una cosa parecida á lo que indicáis—contestó Utterson.
—Pues bien—siguió diciendo Poole—cuando aquella cosa enmascarada, parecida á un mono, saltó en medio de los aparatos de química y se escurrió en el gabinete, sentí un frío terrible en la espalda. ¡Oh! bien sé que eso no es creíble, Sr. Utterson; soy bastante instruído para saberlo; pero el hombre tiene presentimientos y os aseguro que era el Sr. Hyde.
—¡Ah! ¡ah!—exclamó el abogado—mis temores me hacen creer lo mismo. Temo que se oculte aquí una gran desgracia, que ocurriría sin duda, con semejante encuentro. Y, de veras, os creo; creo que el pobre Enrique ha sido asesinado y que su asesino (sólo Dios sabe con qué objeto) está aún oculto en el cuarto de su víctima. Pues bien, venguémosle. Llamad á Bradshaw.
El lacayo contestó en el acto, pero muy pálido y muy nervioso.
—Armaos de valor, Bradshaw;—dijo el abogado—el misterio que reina aquí es un peso para todos vosotros; queremos conocerlo. Poole y yo queremos penetrar, hasta empleando la fuerza, en el gabinete. Si todo va bien, soy bastante fuerte para responder de las consecuencias de esa fractura. Sin embargo, como puede haber debajo de todo eso algo obscuro y malo, ó bien que algún malhechor trate de huir por la puerta trasera, vos y otro criado id, dando vuelta por la calle, á colocaros á la puerta del laboratorio armados con buenos palos. Tenéis diez minutos para llegar á vuestro puesto.
Cuando Bradshaw hubo salido, el abogado miró su reloj.—Ahora Poole—dijo al criado—vamos allá;—y llevando el hierro bajo el brazo, se dirigió hacia el patio. Las nubes habían ocultado la luna, y todo estaba completamente obscuro. El viento que llegaba como por bocanadas á aquel fondo de los edificios, agitaba la llama de la bujía mientras caminaban, hasta que estuvieron al abrigo, bajo el techo del laboratorio; sentáronse en silencio y aguardaron. A su alrededor se oía el apagado murmullo de Londres; pero junto á ellos, sólo interrumpían el silencio y la tranqui lidad los pasos que iban y venían dentro del gabinete.
—Así es como anda todo el día—dijo Poole—y ¡ay! también parte de la noche. Únicamente se detiene un poco cuando llega un nuevo producto de la droguería. ¡Sólo una conciencia mala puede animar á semejante enemigo del descanso! ¡Ah! señor, ¡hay sangre vertida en cada uno de sus pasos! Pero escuchad con atención desde más cerca, y decidme si es ese el andar del doctor.
Los pasos eran ligeros y extraños, como una especie de balanceo, pero muy apagados, y en nada se parecían al andar ruidoso y pesado del Doctor Jekyll. Utterson suspiró.
—¿No hay nada más?—preguntó luego. Poole hizo un signo afirmativo con la cabeza.—¡una vez—dijo—una vez le he oído llorar!
—¿Llorar? ¿cómo puede ser?—exclamó el abogado extremeciéndose de horror.
—Llorar como una mujer ó como un alma extraviada—añadió el criado.—Me fui con el corazón tan enternecido que hubiera podido llorar también.
Los diez minutos estaban para concluir. Poole sacó el hacha que se hallaba oculta bajo un montón de paja; colocaron la bujía sobre la mesa más próxima para alumbrarse durante el ataque; comprimiendo los latidos de sus corazones se acercaron al paraje en donde los pasos iban y venían en medio de la tranquilidad de la noche.
—Jekyll—gritó Utterson con voz fuerte—quiero veros.—Detúvose un instante, pero nadie contestó.—Os doy un buen consejo; hemos concebido sospechas; es preciso que os vea y os veré—y moviéndose, añadió—si no por medios leales y honrados, será por medios violentos; si no lo permitís, entonces se empleará la fuerza bruta.
—Utterson—dijo la voz—por amor de Dios, ¡piedad, piedad!
Poole blandió el hacha por encima del hombro; el golpe extremeció el edificio, y las colgaduras encarnadas quedaron pendientes sobre la cerradura y los goznes. Un grito horrible, como el de un verdadero animal espantado, resonó en el gabinete. El hacha dió un nuevo golpe; los tableros crujieron, el marco saltó; otras cuatro veces cayó el hacha, pero la madera era dura, y las diversas partes estaban completamente ajustadas; de modo que hasta el quinto golpe no quedó rota la cerradura y los trozos de la puerta echados hacia el interior de la estancia.
Los vencedores, asustados de su obra, y del silencio que había sucedido, se retiraron un poco y miraron. El gabinete estaba á su vista con su lámpara tranquilamente encendida; un gran fuego llameaba y chisporroteaba en el hogar; la cafetera hervía junto á la lumbre. Una ó dos gavetas abiertas, papeles bien ordenados sobre la mesa escritorio, y más cerca del fuego, los utensilios preparados para el te; hubiérase creído que era el cuarto más tranquilo, y á no ser por los armarios brillantes llenos de botes y redomas, el lugar más vulgar de Londres aquella noche.
Precisamente en medio de la habitación yacía el cuerpo de un hombre cuyas contorsiones se veían aún. Acercáronse en puntillas, pusiéronlo boca arriba, y reconocieron el rostro de Eduardo Hyde. Estaba vestido con ropas demasiado grandes para él; ropas que correspondían á la corpulencia del doctor; las fibras de su rostro se movían todavía con una semejanza de vida, pero la vida se había separado del hombre; el frasco roto que tenía en las manos, y el fuerte olor de almendras esparcido por el aire, probaron á Utterson que tenía delante de sí el cuerpo de un suicida.
—Hemos llegado tarde—dijo con dureza—tanto para salvar como para castigar. Hyde ha pagado su deuda, y sólo nos queda que buscar el cuerpo de vuestro amo.
La mayor parte del edificio se hallaba ocupada por el laboratorio que comprendía casi todo el piso bajo, y recibía luz por el techo, y por el gabinete que, en uno de los extremos formaba otro piso y tenía vistas al patio. Un corredor llevaba desde el laboratorio á la puerta de la callejuela, y ésta comunicaba, también, directamente con el gabinete por otra escalera.
Hacia el otro lado no había más que cuartos obscuros y una gran despensa.
Todos aquellos parajes fueron completamente examinados. Cada habitación podía verse con rapidez porque estaban llenas de objetos, y por el polvo que caía de las puertas al abrirlas, se comprendía que habían permanecido cerradas hacía mucho tiempo. La despensa estaba ocupada por objetos rotos puestos allí desde el tiempo del cirujano, predecesor de Jekyll, pero al tratar de abrir la puerta, se convencieron de la inutilidad de sus investigaciones por la caída de una inmensa tela de araña que desde años tapaba la entrada. En ningún punto había el menor rastro, la más ligera señal de Enrique Jekyll, ni muerto ni vivo.
Poole dió con el pie fuertes golpes sobre las losas del corredor:
—Es preciso—dijo, escuchando el ruido de los golpes que volvía como un eco—que esté enterrado aquí.
—Ó puede haber huído—repuso Utterson, y fué á examinar de nuevo la puerta de la callejuela. Estaba cerrada; cerca de ella, sobre las losas del pavimento se hallaba la llave enmohecida ya.
—Esta llave no parece haber servido—observó el abogado.
—¿Haber servido?—repitió Poole con la exactitud de un eco—¿no veis, señor, que está rota? Diríase que alguien la ha pisado.
—Y—siguió diciendo Utterson—los puntos rotos también están enmohecidos.
Los dos hombres se miraron con espanto.
—Todo eso, Poole, está por encima de mi inteligencia—dijo el abogado.—Volvamos al gabinete.
Subieron la escalera sin hablar, y miran do con temor al cadáver, comenzaron á examinar con mayor atención los diversos objetos que había en el gabinete. Sobre una de las mesas se veían restos de preparaciones químicas; montoncitos de diferente tamaño de una especie de sal blanca estaban puestos en platos de cristal como si el desdichado hombre hubiese preparado alguna experiencia que quedó interrumpida.
—Esa es precisamente la misma droga que yo iba siempre á buscarle—dijo Poole; y mientras hablaba, el agua del jarro se puso á hervir con más fuerza y se esparció por el suelo haciendo un ruido espantoso.
Aquel incidente los llevó hacia el hogar, cerca del cual había sido colocado un cómodo sillón; los utensilios para el te estaban preparados junto al sillón, y el azúcar necesario, en la taza. Sobre una mesita veíanse varios libros; uno de ellos, abierto, figuraba al lado mismo de los utensilios para el te, y Utterson quedó sorprendido al ver que era una obra piadosa, respecto de la cual había expresado Jekyll más de una vez grandísima admiración; mas el libro contenía notas del propio puño del doctor, que eran horribles blasfemias.
Continuando las investigaciones llegaron al espejo de cuerpo entero, en el cual se miraron, extremeciéndose á pesar suyo. El espejo estaba colocado de tal modo que no les dejaba ver nada más que el reflejo de las llamas rojas sobre el techo, el del fuego reproduciéndose cien veces sobre los tableros pulimentados de los armarios, y también sus propias personas pálidas y asustadas.
—Este espejo ha debido ver extrañas cosas, señor—dijo Poole.
—Pero de seguro que nada sería tan raro como ese ser—repuso el abogado casi con el mismo sonido de voz.—¿Con qué objeto tenía Jekyll...?—y la palabra se perdió en sus labios; pero luego, dominando su debilidad, añadió:—¿para qué tenía Jekyll necesidad de un espejo?
Luego fueron á la mesa escritorio. Sobre el pupitre, en medio de papeles colocados con orden, había un gran sobre, en cuyo sobrescrito, de puño del doctor, se leía el nombre del Sr. Utterson. El abogado lo abrió, y varios otros sobres cayeron al suelo. El primero contenía sus últimas disposiciones, redactadas en los mismos términos excéntricos que el testamento devuelto seis meses antes; eran un testamento para el caso de muerte, y una donación en el caso de desaparición; pero en vez del nombre de Eduardo Hyde, el abogado leyó con grandísima sorpresa el nombre de Gabriel Juan Utterson. Miró á Poole, después al papel y finalmente al cadáver del criminal que yacía en el suelo.
—La cabeza me da vueltas—dijo—ha tenido este documento todos estos días en su poder; no tenía motivo ninguno para quererme; debió rabiar al verse desbancado, y no ha destruído el documento.
Recogió otro papel; era una carta muy corta escrita de propio puño del doctor con una fecha en lo alto.—¡Oh! Poole—exclamó el abogado—estaba vivo aquí hoy mismo; no puede haber arreglado todo eso tan rápidamente; ¡debe estar vivo, debe haber huído! Pero ¿por qué haber huído? ¿Y cómo? En este caso ¿podemos exponernos á declarar el suicidio? ¡Oh! hay que pensar mucho en todo eso, pues preveo que podríamos conducir á vuestro amo á alguna espantosa catástrofe.
—¿Por qué no leéis lo demás?—preguntó Poole.
—Porque temo—repuso el abogado con tono solemne—¡quiera Dios que no tenga ningún motivo para temer!—y hablando así, acercó el papel á sus ojos y leyó lo siguiente:
"Querido Utterson: cuando estas líneas caigan en vuestras manos, habré desaparecido; en qué circunstancias, no tengo la presciencia requerida para preverlo, pero mi instinto y todas las condiciones de mi indefinible vida me dicen que mi fin es se guro y debe estar próximo. Id, pues, y leed primero la relación que Lanyón me ha avisado haber dejado en vuestro poder, y si queréis saber más todavía, leed después la confesión de vuestro indigno y desgraciado amigo Enrique Jekyll ."
—¿Hay otro sobre?—preguntó Utterson.
— Aquí está, señor—dijo Poole entregándole un paquete cerrado con varios sellos.
El abogado lo guardó en uno de sus bolsillos.—No hablaré de este paquete—añadió.—Si vuestro amo ha huído ó ha muerto, podemos á lo menos salvar su honor. Son las diez; debo volver á mi casa y leer con calma esos documentos; pero volveré antes de las doce, para enviar á buscar á la policía.
Salieron, cerrando tras sí la puerta del laboratorio, y Utterson, dejando de nuevo á los criados reunidos alrededor del fuego en la antesala, regresó tranquilamente á su despacho para leer los dos documentos, en los cuales va á descorrerse el velo de este misterio.
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RELACION DEL DOCTOR LANYÓN.
" El nueve de enero, hace hoy cuatro días, recibí por el correo, en el reparto de la tarde, una carta certificada, cuyo sobre estaba escrito del propio puño y letra de mi colega y antiguo compañero Enrique Jekyll. Quedé sumamente sorprendido, pues no teníamos costumbre de corresponder por escrito; además, había visto al doctor el día anterior y comido con él, y no podía adivinar lo que en nuestras relaciones exigía las formalidades del certificado. El contenido de la carta aumentó aún mi sorpresa; hé aquí los términos en que se hallaba concebida:
" Querido Lanyón : Sois uno de mis más antiguos amigos; aunque hayamos tenido á veces discusiones sobre asuntos cien tíficos, no recuerdo, por lo que á mí se refiere, á lo menos, la menor interrupción en nuestra amistad. Si hubiese llegado un día en que me hubieseis dicho:—Jekyll, mi vida, mi honra, mi razón se hallan á vuestra merced, hubiera sacrificado mi fortuna y mi mano derecha para ir en vuestra ayuda. Lanyón, mi vida, mi honra, mi razón se hallan enteramente á vuestra merced; si me faltáis esta noche, estoy perdido. Después de este prefacio vais á creer que necesito pediros alguna cosa deshonrosa. Juzgad vos mismo.
"Vengo á rogaros que aplacéis todos los compromisos que podáis tener para esta noche—aunque fuéseis llamado junto al lecho de un emperador—que toméis un coche, y llevando con vos esta carta para consultarla, que vengáis directamente á mi casa. Poole, mi criado, tiene mis órdenes; estará aguardándoos con un cerrajero. Será preciso forzar la puerta de mi gabinete; luego entraréis solo; abriréis el armario que tiene un cristal (letra E), á la izquier da, romperéis la cerradura si está cerrado; sacaréis, con todo su contenido, tal cual está , la cuarta gaveta contando desde arriba, ó lo que es igual, la tercera empezando á contar desde abajo. En medio de mi extremada desesperación, tengo un temor mortal de no indicaros bien las cosas; pero aunque me equivocase, conoceríais la gaveta que necesito, examinando lo que contiene: algunos polvos, un frasco y una carterita de apuntes. Os ruego que llevéis con vos esa gaveta á la plaza de Cavendish, tal cual la halléis.
"Esta es la primera parte del favor que os pido. Si partís así que recibáis esta carta, deberéis estar de regreso mucho antes de media noche; pero os dejo algunas horas de margen, no sólo por temor de uno de esos obstáculos que no se pueden prever ni impedir, sino también porque es preferible que haya llegado la hora del descanso de vuestros criados para concluir lo que os quedará que hacer.
"Luego, á media noche, os ruego que permanezcáis solo en vuestro gabinete de consulta, que conduzcáis hasta él á un hombre que se presentará en mi nombre, y que le entreguéis la gaveta que habréis llevado de mi casa. Entonces habrá concluído vuestro papel y mereceréis mi más completa gratitud. Cinco minutos después, si insistís deseoso de tener una explicación, comprenderéis que todas estas precauciones tenían una importancia capital, y que el haber descuidado una sola, por fantástica que pueda parecer, hubiera sido cargar vuestra conciencia con mi muerte ó con la pérdida de mi razón.
"A pesar de la confianza en que estoy de que no os burlaréis de mi ruego, mi corazón desfallece, y tiembla mi mano sólo con pensar en semejante posibilidad. Acordaos de mí en esta hora, de mí que estoy en una extraña situación, atormentado por la negrura de una desgracia que ninguna imaginación podría llegar á exagerar; pensad, también, que si queréis servirme con puntualidad, desaparecerá mi turbación y todo ello no será más que una historia enterrada.
"Prestadme ese servicio, mi querido Lanyón y salvad á vuestro amigo—E. J.
El armario señalado con la letra E no estaba cerrado; saqué la gaveta, la hice rellenar con paja y envolver en papel, llevándomela á la plaza de Cavendish.
Así que llegué, me puse á examinar su contenido. Los polvos estaban bastante bien arreglados, pero no con el cuidado de un químico fabricante ó vendedor, de modo que, á no dudarlo, habían sido manipulados personalmente por el Doctor Jekyll. Abriendo uno de los sobres, vi que su contenido se parecía, sencillamente, á una sal cristalizada de color blanco. El frasco, que examiné después, estaba lleno hasta la mitad; contenía un licor rojo, con un olor muy agrio, con algo de fósforo y éter volátil. En cuanto á los otros ingredientes, no pude saber lo que eran. El cuaderno ó carterita de apuntes era como casi todos los que usan los colegiales, y sólo contenía unas cortas series de fechas. Esas fechas se extendían á un largo período de años, pero observé que las entradas habían cesado hacía un año poco más ó menos, y brusca mente. Aquí y allí, se veía añadida alguna breve observación, á una fecha, que generalmente era nada más que la palabra doble , que se hallaba repetida quizá seis veces en un total de algunos centenares de entradas; una vez, enteramente al principio de la lista, y seguidas de algunos signos de admiración, estaban las palabras fracaso total .
Todo esto, aunque excitando mi curiosidad, me decía poco respecto del objeto final. Un tarro con cierta tintura, un papel con una sal, el diario de una serie de experimentos que, (como ocurría á menudo con las investigaciones de Jekyll), no conducía á nada práctico. ¿Por qué razón la presencia en mi casa de esos varios objetos podía afectar á la honra, ó al estado del espíritu, ó á la vida de mí ligero colega? Si su mensajero podía ir á un punto ¿por qué no podía ir á otro? Y aunque hubiese alguna imposibilidad, ¿por qué ese caballero tenía que ser recibido en secreto? Cuanto más reflexionaba en todo eso, más me convencía de que me hallaba en presencia de una enfermedad cerebral; sin embargo, al ordenar á mis criados que se recogiesen, fui á buscar un viejo revolver, para encontrarme en estado de defensa personal, si hubiese sido necesario.
Las doce acababan apenas de sonar en Londres cuando el picaporte se dejó oir muy despacio. Fui á abrir yo mismo, y encontré á un hombre de pequeña estatura vuelto de espaldas á los pilares de la entrada.
—¿Venís de parte del Doctor Jekyll?—le pregunté.
Me contestó que sí, con aire encogido; cuando le dije que entrase, no me obedeció sin haber lanzado antes una mirada escudriñadora hacia la plaza sumida en la obscuridad. Un agente de policía estaba cerca, y venía con su linterna sorda abierta; al verlo creí notar que el desconocido tembló y que se apresuró á entrar.
Esa persona, que desde el instante en que entró había producido en mí una sensación que sólo puedo definir llamándola curiosidad mezclada con repugnancia , estaba vestida de un modo que hubiera sido ridículo en cualquiera otro individuo; su traje, aunque era, en realidad, de un género rico y de color obscuro, parecía enorme, inmensamente grande para él, bajo todos conceptos; sus pantalones colgaban de las piernas y habían sido recogidos para preservarlos del lodo; el chaleco le llegaba muy abajo de las caderas, y el cuello de la levita se extendía demasiado ancho sobre los estrechos hombros. Por extraño que fuese, aquel burlesco traje no me hizo reír. Al contrario, como había un no sé qué de anormal y de contrahecho en el ser que tenía á la vista, algo que sobrecogía, que sorprendía y que escandalizaba en su repugnancia misma, aquella nueva originalidad confirmaba mis ideas y les daba fuerza; llegó casi á interesarme la naturaleza y el carácter del hombre, y sentí curiosidad de saber su origen, su vida, su fortuna y la posición que ocupaba en el mundo.
Aunque estas observaciones requiriesen mucho tiempo para analizarlas, se me ocurrieron en el espacio de algunos segundos. El desconocido demostraba arder en una sombría impaciencia.
—¿La habéis traído?—exclamó—¿la habéis traído?
Y era tal su impaciencia que puso la mano sobre mi brazo, tratando de sacudirlo.
Lo rechacé, habiendo experimentado á su contacto como una sensación glacial en toda mi sangre.
—Vamos, caballero—le dije—olvidáis que no tengo el gusto de conoceros; permaneced sentado, si gustáis.
— Os pido perdón, Doctor Lanyón—contestó bastante cortesmente;—vengo aquí á ruego de vuestro compañero el Doctor Enrique Jekyll, para un asunto de cierta importancia, y quería decir...
Detúvose, y se llevó la mano á la garganta, reparando por su acción que luchaba contra los síntomas de un ataque de histeria.
—Quería decir, una gaveta...
Tuve entonces compasión del estado del desconocido, y quizá también llevado por mi curiosidad, contesté:
—Aquí está;—le enseñé la gaveta que estaba en el suelo detrás de una mesa y cubierta con el lienzo.
Saltó hacia el lado de la gaveta, luego se paró, y llevó una mano al corazón; oí rechinar sus dientes; su rostro era tan horrible de ver, que me alarmé, y temí á la vez por su vida y su razón.
—Reponéos—le dije.
Volvióse á mí, me dirigió una sonrisa atroz, y como un desesperado descubrió la gaveta. Al ver lo que contenía lanzó un gemido ahogado y un grito de alivio tal, que permanecí petrificado. Un instante después, con voz ya algo más tranquila, me dijo:
—¿Tenéis un vaso graduado?
Me levanté de mi asiento no sin dificultad, y le entregué lo que pedía.
—Ahora hay que tomar una determinación en cuanto á lo que resta que hacer. ¿Queréis ser prudente? ¿queréis ser conducido? ¿queréis que me lleve este vaso en la mano y que salga de vuestra casa sin decir una palabra más? ¿Ó bien vuestra curiosidad exige otra cosa? Reflexionad antes de contestar, pues se hará lo que mandéis. Si queréis, quedaréis como antes, tal cual estáis ahora, ni más rico ni más sabio, á menos que la conciencia de haber prestado un servicio á un hombre puesto en un apuro mortal, no pueda ser considerada como una especie de riqueza espiritual. Ó si preferís escoger el otro camino, un nuevo reino de ciencia, nuevas vías que conducen á la fama y al poderío os serán abiertas, aquí ante vos, en este cuarto, al instante mismo; vuestra vista quedará confundida por un prodigio que haría vacilar, que conmovería la incredulidad del mismo Satanás.
—Señor—contesté, haciendo creer en una calma y tranquilidad que estaba lejos de tener—habláis con enigmas, y no os sor prenderá el que escuche vuestras palabras sin darles mucho crédito; pero he ido demasiado lejos al prestar esos servicios inexplicables, para detenerme antes de haber visto el final.
—Bien está—replicó el desconocido.—Lanyón, recordáis vuestros juramentos; lo que va á acontecer se halla colocado bajo el sagrado secreto de nuestra profesión. Y ahora, vos, que desde largo tiempo estáis encadenado á las concepciones más estrechas y más materiales, vos que habéis negado la virtud de la medicina trascendental, vos que habéis hecho burla de vuestros superiores, ¡mirad!
Llevó el vaso á los labios y bebió su contenido de un solo trago. Á esto siguió un grito; bamboleó, tropezó, cogió la mesa para apoyarse, y continuó sus movimientos, con los ojos extraviados é inyectados en sangre, la boca abierta y espumosa; y mientras que yo miraba, se producía un cambio, según mi imaginación; íbase hinchando, su rostro se volvió negro de repen te y las líneas fisonómicas parecieron fundirse y modificarse, y un instante después, me puse en pie, retrocedí hasta la pared, con un brazo extendido hacia adelante como para defenderme contra aquel milagro, y con mi espíritu anonadado por el terror:—¡Oh, Dios!—exclamé aterrorizado;—¡Oh, Dios!—dije varias veces; ¡pues allí, delante de mi vista, pálido, tembloroso, medio desfallecido, palpando con las manos como un hombre que acaba de resucitar, estaba Enrique Jekyll!
En cuanto á la ignominia moral que ese hombre enseñó ante mí, ni con lágrimas de penitencia, podría, ni aun como recuerdo, pensar en ella sin estremecerme de horror. Sólo puedo decir una cosa, Utterson, y será (si podéis creerla cierta) más de lo necesario.
Ese ser que se arrastró aquella noche por mi casa, era, según confesión del mismo Jekyll, conocido bajo el nombre de Hyde y perseguido en todos los rincones del país como asesino de Carew.
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EXPLICACIÓN COMPLETA DEL CASO EXTRAÑO DEL DR. ENRIQUE JEKYLL.
Nací en el año de 18**, heredero de una gran fortuna, dotado con excelentes cualidades; mi naturaleza me inducía al trabajo, estimaba mucho la consideración de aquellos de mis compañeros que me parecían prudentes y buenos, en una palabra, hasta donde era posible creerlo, poseía las condiciones necesarias para tener un porvenir honroso y distinguido. En realidad, el peor de mis defectos era una tendencia excesiva hacia la alegría, lo que causa el júbilo en otros, pero difícil de conciliar con mi vivo deseo de llevar la frente alta y afectar en público una actitud más seria de la que generalmente tienen los otros hombres. De ahí resultó que comencé á ocultar mis diversiones y placeres, y cuando llegué á la edad en que se piensa y refle xiona, empecé á mirar á mi alrededor y á considerar la próspera posición que ocupaba en el mundo. Me sentí ya destinado á una profunda duplicidad en mi manera de vivir. Más de uno hubiera tenido á gloria las irregularidades de que era yo culpable, pero desde el alto punto de vista en el cual me había colocado, las miraba y las ocultaba con una sensación de vergüenza casi mórbida. De modo que fué más bien la naturaleza exigente de mis aspiraciones, que ninguna clase de degradación particular en mis faltas, lo que me llevó á ser cuanto fuí, lo que con un surco más hondo del que ordinariamente existe para la mayor parte de los hombres, dividió en dos, en mi ser, aquellas provincias del bien y del mal, que parten y forman el dualismo de la naturaleza humana. En tal estado de ánimo, me vi inclinado á reflexionar profundamente y sin descanso respecto de esa dura ley de la existencia que reposa sobre las bases de la religión y que es una de las causas de la desgracia de nuestra raza. Á pesar de ser en modo tan absoluto un hombre de doble faz, no era hipócrita en la acepción que se da á esta palabra; las dos partes de mi yo eran ambas verdaderamente serias. No era más yo en realidad, cuando arrojando todo freno, obraba vergonzosamente, que cuando, á la luz del día, trabajaba para aumentar mis conocimientos, ó cuando procuraba aliviar á los desgraciados y á los enfermos. La casualidad quiso que la orientación de mis estudios científicos, que me guiaban absolutamente hacia lo místico y trascendental, diese de rechazo ejerciendo como una fuerza de repulsión, y me hiciese comprender, iluminándolo con mayor claridad, ese estado de perpetua lucha entre las distintas partes de mi ser. Cada día, y desde el doble punto de vista de la moral y de la inteligencia, llegaba con mayor seguridad al conocimiento de aquella verdad, cuyo descubrimiento parcial me arrastró á este espantoso naufragio: á saber que el hombre no es realmente una entidad, sino que existen dos entidades en él. Digo dos, porque el estado de mi propia ciencia no me ha permitido pasar de ahí. Otros me seguirán, otros irán más allá en esa vía; y aventuro, y me atrevo á emitir la opinión de que ulteriormente se reconocerá que el hombre es una simple aglomeración de diversos individuos sin ninguna relación entre sí. En cuanto á mí, por la misma naturaleza de mi vida, adelanté forzosamente en una sola y única dirección.
En el ser moral y en mi propia persona aprendí á conocer el perfecto y primitivo dualismo del hombre; vi que, de las dos naturalezas que parecían satisfechas en la extensión de mi conciencia, aunque hubiese podido realmente ser la una y la otra, era únicamente porque, en absoluto, tenía ó poseía las dos á la vez; y desde aquel momento, antes de que hubiese comenzado la marcha de mis descubrimientos científicos á sugerirme la más evidente posibilidad de semejante milagro, había aprendido á insistir con placer, como en un sueño des pierto, en la idea de la separación de esos dos elementos. "Si—me decía á mí mismo—cada uno de ellos pudiese estar domiciliado en entidades diferentes, la vida se hallaría desembarazada de todo cuanto la hace insoportable; lo injusto seguiría su camino, libre de las aspiraciones y de los remordimientos de la parte gemela, de la parte más virtuosa; y lo justo podría á su vez viajar segura y constantemente por sus elevados senderos, llevando á cabo el bien que le llenaría de satisfacción, y sin verse expuesto á los disgustos y remordimientos que le ocasionarían los actos de la parte extraña y mala. Fué, pues, destino fatal de la humanidad ver unir esos haces opuestos y disparatados, y que en la matriz agonizante de la conciencia, aquellas dos estrellas polares estuviesen luchando continuamente. ¿Cómo, entonces, podrían ser separadas?"
A ese punto había llegado en mis reflexiones cuando, según he dicho ya, una luz inesperada comenzó á brotar sobre este asunto, de la mesa del laboratorio. Empecé á concebir de un modo más profundo que hasta entonces la vacilante inmaterialidad, el paso aún obscuro de un estado á otro, de ese cuerpo que parece tan sólido y en el cual caminamos con todos nuestros adornos. Hallé ciertos agentes que poseen el poder de separar y de rechazar esa vestidura carnal, como el viento posee el de agitar los lienzos de una tienda de campaña. Pero por dos excelentes razones no entraré completamente de lleno en esta parte científica de mi confesión. Primero, porque he aprendido que los hombros del hombre deben para siempre jamás soportar el destino y la carga de nuestra vida, y si llega á efectuarse alguna tentativa para separar á los dos elementos, sólo servirá para aumentar su peso de un modo más desagradable y más terrible. Y después, porque (mi relación lo demostrará ¡ay! harto claramente) mis descubrimientos no eran completos. Me bastará, por consiguiente, decir que no sólo reconocí que mi cuerpo natural era el fantasma y el éter de algunos de los poderes que componían mi espíritu, sino que llegué á inventar una pócima con la cual esos poderes podían perder su supremacía, y reemplazarlos con una segunda forma, que era tan natural como la primera, tan yo como la otra, porque constituía la manifestación misma de los más bajos y despreciables elementos de mi alma.
Vacilé mucho tiempo, antes de someter esta teoría á la prueba de la práctica. Sabía perfectamente que me exponía á morir, pues una droga que debía medirse con tanta exactitud y sacudir, conmover la verdadera fortaleza de la individualidad, podía con el menor aumento en la dosis, ó por la inoportunidad del momento escogido para el experimento, hacer desaparecer para siempre el envoltorio inmaterial que no deseaba yo cambiar. Pero la tentación de un descubrimiento tan original y tan importante concluyó por hacerme vencer los temores y alarmas. Tenía la pócima preparada hacía ya tiempo; compré de una vez, en casa de un droguero, gran cantidad de una sal especial que, después de mis experimentos, sabía yo que era el último producto necesario; y finalmente, en una noche maldita, reuní los ingredientes, vigilé su ebullición, los vapores que salían del vaso, y cuando cesó el hervor, en un arranque de valor, bebí la pócima.
Terribles angustias se apoderaron de mí; crujidos de huesos, náuseas mortales, y un horror del alma que no puede ser mayor en la hora de la muerte ó del nacimiento. Luego, aquellos instantes de agonía comenzaron á disminuir gradual y lentamente, y volví en mí como si hubiese salido de una grave enfermedad. Había algo extraño, algo nuevo é indescriptible en mis sensaciones, y su novedad real las hacía extraordinariamente dulces y gratas. Me sentía más joven, más feliz en todo mi ser; en mi fuero interno experimentaba como una audacia embriagadora, tenía á la vista un mundo de imágenes sensuales que corrían con la misma rapidez que el agua al salir de un molino; sentíame desligado de los lazos de toda obligación, y tenía una libertad de alma desconocida, pero no inofensiva. Desde el primer aliento de aquella nueva vida, me consideré malo, diez veces más malo, esclavo de mi genio maléfico original; y estas ideas, en aquel instante, me fortalecían y me embriagaban como hubiera podido hacerlo el vino. Alargaba las manos con la alegría de disfrutar, de acariciar unas sensaciones tan nuevas, y al hacerlo, pude observar que mi estatura había disminuido.
No había, entonces, espejo en mi gabinete; el que está cerca de mí mientras escribo estas líneas, fué puesto allí más tarde con objeto de ver esas transformaciones.
Sin embargo, hacía ya tiempo que la noche había cedido su puesto á la mañana, y la mañana obscura como estaba, iba á desvanecerse ante la claridad del día. Los inquilinos de mi casa estaban encerrados en sus habitaciones, durante esas horas tan necesarias al sueño. Decidime, hinchado como me hallaba por la esperanza y el triunfo, á llegar con mi nuevo envoltorio hasta mi cuarto de dormir. Atravesé el patio, lo que permitió á las constelaciones lanzar sus reflejos sobre mí, pues podía imaginar, con admiración, que era la primera criatura de esa especie que hubiese aparecido á su vigilancia siempre despierta; me escurrí por los corredores, como un extraño en su propia casa, y vi por vez primera el aspecto exterior de Eduardo Hyde.
Es preciso que hable aquí desde el punto de vista teórico solamente, sin decir lo que sé, sino lo que supongo que debe ser más probable. La parte mala de mi ser, á la cual había dado ahora mi vida propia, era menos robusta y menos desarrollada que la parte buena. Además, en el curso de mi existencia que, en sus nueve décimas partes, después de todo, ha sido una vida de esfuerzos, de virtudes y de vigilancia, ese lado malo había sido mucho menos ejercitado y puesto de relieve que el otro. Y de ahí resultaba, según infiero, que Eduardo Hyde era mucho más pequeño, más delgado y más joven que Enrique Jekyll. Así como el uno llevaba sobre el rostro el resplandeciente sello del bien, el otro tenía escrito sobre su cara el sello de la maldad. La maldad, que no debe considerarse aún como causa del carácter mortal del hombre, había impreso en aquel cuerpo signos de deformidad y de decadencia. Y cuando miré, entonces, en el espejo aquel ídolo perverso, tuve conciencia, no de un sentimiento repulsivo, sino más bien de la brusca transición producida y del buen éxito de mis tentativas. Aquel ídolo, por lo demás, era yo mismo. Parecía natural y humano. Para mí, tenía á la vista una imagen más viva del espíritu; había allí más expresión y originalidad que en el ser imperfecto y doble, hasta aquel momento acostumbrado á llamar yo ; é indudablemente tenía razón. Observé que cuando aparecía bajo la apariencia de Eduardo Hyde, nadie podía aproximárseme sin experimentar primero un extremecimiento visible, en todo su cuerpo. Eso, según comprendí, procede de que todos los seres humanos, tal cual los vemos, son un compuesto de bien y de mal; únicamente Eduardo Hyde, en las filas de los humanos, era puramente malo sin mezcla ninguna.
Permanecí por algunos momentos delante del espejo, pero faltaba intentar todavía el último experimento, el decisivo; quedaba por saber si había perdido yo mi identidad, sin esperanza de recobrarla, y tenía que esconderme de la luz del día y salir de una casa que ya no era mía; y apresurándome á volver á mi gabinete, preparé inmediatamente la pócima necesaria, y bebí: sufrí otra vez las angustias de una descomposición, y volví á ser yo mismo, con el carácter, la estatura y el rostro de Enrique Jekyll.
Aquella noche llegué pues al fatal encuentro de los distintos caminos de la vida; si hubiese trabajado mi descubrimiento con un espíritu más elevado, si hubiese intentado la experiencia bajo el influjo de aspiraciones generosas y piadosas, las cosas hubieran ido de otro modo, y hubiera salido yo de aquellas agonías del nacimiento y de la muerte como un ángel, en vez de haber salido de ellas como un demonio. La poción, en suma, era una cosa neutra; quiero decir que no era ni diabólica ni divina; no hacía más que sacudir las puertas de mi cárcel y de mi estado de ánimo; y como los presos de Filipi, lo que estaba encerrado se escapaba fuera. En aquel momento mi virtud se durmió, y mi genio malo, al contrario, despertado por la ambición, estaba alerta y dispuesto para aprovechar las ocasiones, y sus esfuerzos traían siempre á Eduardo Hyde. Así pues, aunque tuviese dos caracteres y dos rostros, uno era absolutamente malo, y el otro era siempre el viejo Enrique Jekyll, compuesto disparatado que ya desesperaba de poder perfeccionar y mejorar. Sus aspiraciones actuales lo empujaban enteramente hacia el mal.
Pero ni aún en aquel instante, había po dido dominar la aversión que me inspiraba esa conocida aridez de la vida estudiosa. En ciertos momentos tenía todavía inclinaciones favorables al júbilo y á la alegría; como mis placeres eran (empleando la palabra más benévola) deshonestos, y como no sólo era mejor conocido y más considerado, sino que llegaba á ser también hombre de edad, aquella incoherencia en mi vida me era cada día más importuna, por eso mi nuevo poder me tentó para el bien hasta que caí sumido en la esclavitud. Bastábame con beber la copa, para despojar al conocido profesor y vestir el burdo traje, el cuerpo de Eduardo Hyde. Esa idea me agradaba, me hacía sonreir; la cosa me parecía cómica; y hacía los preparativos con el cuidado más atento y minucioso. Alquilé y amueblé aquella casa de Soho, en donde Hyde fué perseguido por la policía, y tomé como guarda á una mujer que me constaba ser callada y no tener escrúpulos. Por otra parte, dije á mis criados que un señor Hyde, cuyas señas les dí, tenía plena libertad y poder para entrar y salir en mi casa; y para prevenir cualquier acontecimiento desagradable, hice visitas á casa del Doctor Jekyll y pasé como familiar suyo.
Luego escribí aquel testamento contra el cual opusisteis tantas observaciones, y que me permitía, si algo me ocurría en la persona del Doctor Jekyll, entrar en la de Eduardo Hyde sin pérdida pecuniaria. Tranquilizado así respecto del porvenir, comencé á aprovechar las extrañas inmunidades de mi situación.
Bajo mi impenetrable envoltura, mi salud era completa, excelente. Pensad en ello: ¡ni siquiera existía! Bastaba que pudiese penetrar por la puerta de mi laboratorio, tener dos ó tres segundos para preparar y beber la pócima que estaba siempre lista, y fuese cualquiera cosa lo que hubiese hecho Eduardo Hyde, desaparecía como la señal del aliento sobre un cristal; y allí, en vez de Hyde, tranquilo en su casa, arreglando su lámpara para la noche, se hallaba un hombre que hubiera podido burlarse de toda sospecha dirigida contra él, Enrique Jekyll en persona.
Los placeres que me apresuraba á buscar con mi disfraz, eran, como ya lo he dicho, deshonestos, por no emplear una palabra más severa, y con un ser tal cual era Eduardo Hyde, no tardaron en adquirir un carácter monstruoso. Cuando regresaba de mis excursiones, quedaba estupefacto de la depravación de la otra parte de mi ser. El demonio familiar que sacaba de mi propia alma y que enviaba solo á sus placeres, era un ser profundamente malévolo y vil; todos sus actos, todas sus ideas no tenían más objetivo que su egoísmo; tenía placer en una sed bestial de torturar á sus semejantes; sin entrañas, como una estatua de piedra. Había instantes en que Enrique Jekyll estaba horrorizado de los hechos de Eduardo Hyde; pero la situación se hallaba fuera de las leyes ordinarias, y gradualmente la influencia de la conciencia se fué relajando. Después de todo, Hyde era el culpable, únicamente Hyde. Jekyll no era peor que antes; sus buenas cualidades se despertaban y aparecían en él sin haber disminuido, y procuraba cuando le era posible, remediar los daños causados por Hyde; y así, su conciencia dormitaba.
No me propongo referir circunstanciadamente las infamias en que me vi mezclado ó complicado, pues ni aun hoy puedo admitir que fuese yo quien las cometió. Sólo quiero mencionar los avisos y las etapas sucesivas que me anunciaban la aproxima ción del castigo; Ocurrióme primero un incidente, que, como no tuvo consecuencias, me limitaré á indicar nada más. Un acto de crueldad contra una niña excitó la cólera de un transeúnte que reconocí el otro día como uno de vuestros parientes: el médico y la familia de la criatura se unieron á él; hubo un instante en que temí por mi vida; pero finalmente, para calmar su harto justo resentimiento, Eduardo Hyde se vió obligado á llevarlos hasta la puerta de la casa del Doctor Jekyll, y á darles un vale girado á la vista con el nombre de este último. Pero ese peligro quedó fácilmente evitado para el porvenir, abriendo una cuenta en otro Banco á nombre de Eduardo Hyde; y haciendo mi letra con una caída más oblicua, había dado una firma doble á mi otro ser, y creí de aquel modo ponerme á cubierto contra todo ataque de la fatalidad.
Dos meses antes del asesinato de Sir Danvers, había andado en busca de aventuras; regresé tarde, y desperté al siguien te día presa de raras sensaciones. Miré en vano á mi alrededor, y en vano vi los ricos adornos y las grandes líneas de mi cuarto; en vano, también, reconocí los dibujos de las colgaduras de mi cama y su marco de caoba; algo me decía continuamente que no estaba en donde estaba realmente, sino que debía estar en el pequeño cuarto de Soho, en donde tenía costumbre de dormir en el cuerpo de Eduardo Hyde. Me sonreí, y con mis ideas psicológicas empecé á estudiar perezosamente los principios y los datos de semejante ilusión, y resultó que, pensando en ello, volví á caer en el dulce sueño de la mañana. Estaba aún medio dormido, y accidentalmente fijé la vista en mis manos. La mano de Enrique Jekyll, como habéis podido verlo á menudo, era la mano de un médico en cuanto á forma y tamaño; era grande, sólida, blanca y bien proporcionada; pero la mano que vi entonces, bastante claramente á pesar de la luz pálida de la mañana, medio oculta como se hallaba sobre la colcha, aquella mano era descarnada, huesosa, de una palidez mate, y cubierta de abundantes pelos negros. Era la mano de Eduardo Hyde.
Debí permanecer como medio minuto contemplándola, y quedé tan anonadado de admiración y de sorpresa, que el terror tardó en despertarse en mi pecho, pero despertó súbitamente y me produjo un estremecimiento parecido al que se experimenta al oír un inesperado redoble de tambores; salté de la cama y fui á mirarme al espejo. Al ver lo que éste me enseñó, mi sangre casi se heló en las venas. Sí, me había acostado como Enrique Jekyll, y me despertaba cambiado en Eduardo Hyde. ¿Cómo explicar semejante transformación? Dirigíme esa pregunta, y luego, con otro estremecimiento de espanto, ¿cómo remediarla? Era ya muy entrada la mañana; los criados estaban levantados; todas mis drogas se encontraban en el gabinete, era preciso un largo viaje para ir hasta él, bajar dos pisos, atravesar un corredor, el patio abierto y la sala de anatomía, lo cual me asustaba. Podía, es verdad, taparme la cara, ¿pero de qué me hubiera servido, puesto que no podía ocultar el cambio de mi estatura? Luego, con indecible alegría recordé que los criados estaban ya acostumbrados á las idas y venidas de mi otro yo. Vestíme pronto lo mejor que pude, con el traje de mi estatura ordinaria; atravesé rápidamente la casa y tropecé con Bradshaw, quien me miró sorprendido, apartándose al ver á Mr. Hyde á aquella hora y con aquel traje; diez minutos después, el Doctor Jekyll había recobrado su forma habitual, y estaba sentado, con la frente sombría, para aparentar que almorzaba.