Otelo

Traducción humana · Traducción de Marcelino Menéndez y Pelayo (†1912) · Fuente: Wikisource · Dominio público

¿Cómo estás sola?

No te enojes, que algo tengo que regalarte.

¿A mí qué? Buena cosa será.

¡Ya lo creo!

Eres necia, esposa mia.

¡Ya lo creo! ¿Cuánto me darás por aquel pañuelo?

¿Qué pañuelo?

Aquel que el moro regaló á Desdémona, y que tantas veces me has mandado robar.

¿Y ya lo has hecho?

No le he robado, sino que le he recogido del suelo, donde ella le dejó caer. Tómale, aquí está.

Dámele, pues, amor mio.

(Cogiendo el pañuelo.) ¿Qué te importa? Dámele.

Si no le necesitas para cosa de importancia, devuélvemele pronto, Yago, porque mi señora se morirá de pena, así que eche de ver la falta.

No le confieses nada. Necesito el pañuelo. ¿Oyes? Véte. (Vase Emilia.) Voy á tirar este pañuelo en el aposento de Casio, para que allí le encuentre Otelo. La sombra más vana, la más ligera sospecha son para un celoso irrecusables pruebas. Ya comienza á hacer su efecto el veneno: al principio apenas ofende los labios, pero luego, como raudal de lava, abrasa las entrañas. Aquí viene el moro. (Aparte.) No podrás conciliar hoy el sueño tan apaciblemente como ayer, aunque la adormidera, el beleño y la mandrágora mezclen para tí sus adormecedores jugos.

¡Infiel! ¡Infiel!

¿Qué decis, gobernador?

¡Lejos, lejos de mí! Tus sospechas me han puesto en el tormento. Vale más ser engañado del todo que padecer, víctima de una duda.

¿Por qué decis eso, general?

¿Qué me importaban sus ocultos retozos, si yo no los veia ni me percataba de ellos, ni perdia por eso el sueño, la alegría, ni el reposo? Jamas advertí en sus labios la huella del beso de Casio. Y si el robado no conoce el robo, ¿qué le importa que le hurten?

Duéleme oirte hablar así.

Yo hubiera podido ser feliz aunque los más ínfimos soldados del ejército hubiesen disfrutado de la hermosura de ella. ¡Pero haberlo sabido! ¡Adios, paz de mi alma! ¡Adios, bizarros escuadrones, glorioso campo de pelea, que truecas la ambicion en virtud! ¡Adios, corceles de batalla, clarin bastardo, bélicos atambores, pífanos atronantes, banderas desplegadas, pompa de los ojos, lujo y estruendo de las armas! ¡Adios todo, que la gloria de Otelo se ha acabado!

¿Será verdad, señor?

¡Infame! Dame pruebas infalibles de que mi esposa es adúltera. ¿Me oyes? Quiero pruebas que entren por los ojos, y si no me las das, perro malvado, más te valiera no haber nacido que encontrarte al alcance de mis manos. ¡Haz que yo lo vea, ó á lo menos pruébalo de tal suerte, que la duda no encuentre resquicio ni pared donde aferrarse! Y si no, ¡ay de tí!

¡Señor, jefe mio!

Si lo que me has dicho, si el tormento en que me has puesto no es más que una calumnia, no vuelvas á rezar en todos los dias de tu vida: sigue acumulando horrores y maldades, porque tu eterna condenacion es tan segura que poco puede importarte un crímen más.

No te vayas. Escúchame. Mejor es que seas honrado.

No: seré ladino y cauteloso. La bondad se convierte en insensatez cuando trabaja contra sí misma.

¡Por Dios vivo! Yo creo y no creo que mi mujer es casta, y creo y no creo que tú eres hombre de bien. Pruebas, pruebas. Su nombre, que resplandecia antes más que el rostro de la luna, está ahora tan oscuro y negro como el mio. No he de sufrirlo, mientras haya en el mundo cuerdas, aceros, venenos, hogueras y rios desbordados. ¡Pruebas, pruebas!

Señor, veo que sois juguete de la pasion, y ya me va pesando de mi franqueza. ¿Quereis pruebas?

No las quiero: las tendré.

Y podeis tenerlas. ¡Pero qué género de pruebas! ¿Quereis verlos juntos? ¡Qué grosería!

¡Condenacion! ¡Muerte!

Y tengo para mí que habia de ser difícil sorprenderlos en tal ocasion. Buen cuidado tendrán ellos de ocultar sus adúlteras caricias de la vista de todos. ¿Qué prueba bastará convenceros? ¿Ni cómo habeis de verlos? Aunque estuviesen más ardorosos que jimios ó cabras ó que lobos en el celo, ó más torpes y necios que la misma estupidez. De todas suertes, aunque yo no pueda daros pruebas evidentes, tengo indicios tales, que pueden llevaros á la averiguacion de la verdad.

Dame alguna prueba clara y evidente de su infidelidad.

A fe mia que no me gusta el oficio de delator, pero á tal extremo han llegado las cosas que ya no puedo evitarlo. Ya sabes que mi aposento está cerca del de Casio, y que aquejado por el dolor de muelas, no puedo dormir. Hay hombres tan ligeros que entre sueños descubren su secreto. Así Casio, que entre sueños decia: «Procedamos con cautela, amada Desdémona.» Y luego me cogió la mano, y me la estrechó con fuerza, diciéndome: «Amor mio», y me besó como si quisiera desarraigar los besos de mis labios, y dijo en altas voces: «¡Maldita fortuna la que te hizo esposa del moro!»

¡Qué horror!

Pero todo eso fué un sueño.

Prueba palpable, aunque fuera sueño, puesto que descubre que su amor ha llegado á la posesion definitiva.

Esta prueba sirve para confirmar otras, aunque ninguna de ellas convence.

Quiero destrozarla.

Ten prudencia. Con certidumbre no sé nada. ¿Quién sabe si será fiel todavía? ¿No has visto alguna vez un pañuelo bordado en manos de Desdémona?

Sí, por cierto; fué el primer regalo que la hice.

No lo sabia yo, pero ví en poder de Casio un pañue lo, del todo semejante. Sí: estoy seguro de que era el de vuestra mujer.

¡Si fuera el mismo!...

Aquel ú otro: basta que fuera de ella para ser un indicio desfavorable.

Ojalá tuviera él cien mil vidas, que una sola no me basta para saciar mi venganza. Mira, Yago: con mi aliento arrojo para siempre mi amor. ¡Sal de tu caverna, hórrida venganza! Amor, ¡ríndete al mónstruo del odio! ¡Pecho mio, llénate de víboras!

Cálmate, señor.

¡Sangre, Yago, sangre!

Sangre no: paciencia. ¿Quién sabe si mudareis de pensamiento?

Nunca, Yago. Así como el gélido mar corre siempre con rumbo á la Propóntide y al Helesponto, sin volver nunca atras su corriente, así mis pensamientos de venganza no se detienen nunca en su sanguinaria carrera, ni los templará el amor, mientras no los devore la venganza. Lo juro solemnemente por el cielo que nos cubre. (Se arrodilla.)

No os levanteis. (Se arrodilla tambien.) Sed testigos, vosotros, luceros de la noche, y vosotros, elementos que girais en torno del mundo, de que Yago va á dedicar su corazon, su ingenio y su mano á la venganza de Otelo. Lo que él mande, yo lo obedeceré, aunque me parezca feroz y sanguinario.

Gracias, y acepto gustoso tus ofertas, y voy á ponerte á prueba en seguida. Ojalá dentro de tres dias puedas decirme: «ya no existe Casio.»

Dad por muerto á mi amigo, aunque ella viva.

No, no: ¡vaya al infierno esa mujer carnal y lujuriosa! Voy á buscar astutamente medios de dar muerte á tan hermoso demonio. Yago, desde hoy serás mi teniente.

Esclavo vuestro siempre.

Dime: ¿dónde está Casio?

¿Por qué dices eso? ¿No sabes á lo menos cuál es su alojamiento?

Si os lo dijera, seria una mentira.

¿No me dirás algo con seriedad?

No sé cuál es su posada, y si yo la inventara ahora, seria hospedarme yo mismo en el pecado mortal.

¿Podrás averiguarlo y adquirir noticias de él?

Preguntaré como un catequista, y os traeré las noticias que me dieren.

Véte á buscarle; dile que venga, porque ya he persuadido á mi esposo en favor suyo, y tengo por arreglado su negocio. (Vase.)

Emilia, ¿dónde habré perdido aquel pañuelo?

No lo sé, señora mia.

¿No es celoso?

El sol de su nativa África limpió su corazon de todas esas malas pasiones.

Por allí viene.

No me separaré de él hasta que llegue Casio. (Sale Otelo.) ¿Cómo estás, Otelo?

Muy bien, esposa mia. (Aparte.) ¡Cuán difícil me parece el disimulo! ¿Cómo te va, Desdémona?

Bien, amado esposo.

Dame tu mano, amor mio. ¡Qué húmeda está!

No la quitan frescura ni la edad ni los pesares.

Es indicio de un alma apasionada. Es húmeda y ardiente. Requiere oracion, largo ayuno, mucha penitencia y recogimiento, para que el diablillo de la carne no se subleve. Mano tierna, franca y generosa.

Y tú puedes decirlo, pues con esa mano te dí toda el alma.

¡Qué mano tan dadivosa! En otros tiempos el alma hacia el regalo de la mano. Hoy es costumbre dar manos sin alma.

Nada sé de eso. ¿Te has olvidado de tu palabra?

¿Qué palabra?

He mandado á llamar á Casio para que hable contigo.

Tengo un fuerte resfriado. Dame tu pañuelo.

Tómale, esposo mio.

El que yo te dí.

No le tengo aquí.

¿No?

No, por cierto.

Falta grave es esa, porque aquel pañuelo se lo dió á mi madre una sábia hechicera, muy hábil en leer las voluntades de las gentes, y díjole que mientras le conservase, siempre seria suyo el amor de mi padre, pero si perdia el pañuelo, su marido la aborreceria y buscaria otros amores. Al tiempo de su muerte me lo entregó, para que yo se le regalase á mi esposa el dia que llegara á casarme. Hícelo así, y repito que debes guardarle bien y con tanto cariño cómo á las niñas de tus ojos, porque igual desdicha seria para tí perderlo que regalarlo.

¿Será verdad lo que cuentas?

Indudable. Hay en esos hilos oculta y maravillosa virtud, como que los tejió una sibila agitada de divina inspiracion. Los gusanos que hilaron la seda eran asimismo divinos. Licor de momia y corazon de vírgen sirvieron para el hechizo.

¿Dices verdad?

No lo dudes. Y haz por no perderle.

¡Ojalá que nunca hubiera llegado á mis manos!

¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?

¿Por qué hablas con tal aceleramiento?

¿Le has perdido? ¿Dónde? Contéstame.

¡Favor del cielo!

No le perdí. Y si por casualidad le hubiera perdido...

¿Perderle?

Te juro que no le perdí.

Pues damele, para que yo le vea.

Ahora mismo podria dártele, pero no quiero hacerlo, porque tú no accedes á mis ruegos, ni vuelves su empleo á Casio.

Muéstrame el pañuelo. Mis sospechas crecen.

Hazme ese favor, Otelo. Nunca hallarás hombre más hábil é inteligente.

¡El pañuelo!

Hablemos de Casio.

¡El pañuelo!

Casio que en todo tiempo fué amigo y protegido tuyo, que á tu lado corrió tantas aventuras...

Grande es tu impaciencia.

¡Aparta! (Se va.)

¿Estará celoso?

Es la primera vez que le veo así. Sin duda aquel pañuelo está encantado. ¡Cuánto siento haberlo perdido!

No bastan un año ni dos, para conocer el carácter de un hombre. Son abismos que á nosotras nos devoran, y cuando se hartan, nos arrojan de sí. Aquí vienen mi marido y Casio. (Salen Casio y Yago.)

Ya no queda otro recurso. Ella es quien ha de hacerlo. Allí está. ¡Oh fortuna! Id á rogárselo.

¿Qué noticias traes, Casio?

¡Ay, buen señor Casio! Mis ruegos no suenan ya bien en los oidos de mi señor. Mi esposo no es el de antes. Si su rostro hubiera cambiado tanto como su índole, de fijo que yo no le conoceria. Todos los santos me sean testigos de que le he suplicado en favor tuyo con cuanto empeño he podido, hasta incurrir en su indignacion por mi atrevimiento y tenacidad. Es preciso dar tiempo al tiempo. Yo haré lo que pueda, y más que si se tratase de negocio mio.

¿Se enojó contra tí el general?

Ahora acaba de irse de aquí, con ceño muy torvo.

¿Será verdad? Grave será el motivo de su enojo, porque nunca le he visto inmutarse, ni siquiera cuando á su lado una bala de cañon mató á su hermano. Voy á buscar á Otelo. (Vase.)

Quiera Dios que sean negocios de Estado, como sospechais, y no vanos recelos y sospechas infundadas.

¡Celos de mí! ¿Y por qué causa, si nunca le he dado motivo?

No basta eso para convencer á un celoso. Los celos nunca son razonados. Son celos porque lo son: mónstruo que se devora á sí mismo.

Quiera Dios que nunca tal mónstruo se apodere del alma de Otelo.

Así sea, señora mia.

Yo le buscaré. No te alejes mucho, amigo Casio. Y si él se presenta propicio, redoblaré mis instancias, hasta conseguir lo que deseas.

Humildemente os lo agradezco, reina. (Vanse Emilia y Desdémona.) (Sale Blanca.)

Buenos dias, amigo Casio.

¿Cómo has venido, hermosa Blanca? Bien venida, seas siempre. Ahora mismo pensaba ir á tu casa.

No te enojes, Blanca mia. La pena me ahogaba. En tiempo más propicio pagaré mi deuda. Hermosa Blanca, cópiame la labor de este pañuelo. (Se le da.)

Casio, ¿de dónde te ha venido este pañuelo? Sin duda de alguna nueva querida. Si antes lloré tu ausencia, ahora debo llorar más el motivo.

Calla, niña. Maldito sea el demonio que tales dudas te inspiró. Ya tienes celos y crees que es de alguna dama. Pues no es cierto, Blanca mia.

¿De quién es?

Lo ignoro. En mi cuarto lo encontré, y porque me gustó la labor, quiero que me la copies, antes que vengan á reclamármelo. Hazlo, bien mio, te lo suplico. Ahora véte.

¿Y por qué he de irme?

Porque va á venir el general, y no me parece bien que me encuentre con mujeres.

No porque yo no te adore.

Porque no me amas. Acompáñame un poco. ¿Vendrás temprano esta noche?

Poco tiempo podré acompañarte, porque estoy de espera. Pero no tardaremos en vernos.

Bien está. Es fuerza acomodarse al viento.

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Ué pensais?

¿Qué he de pensar, Yago?

¿Qué os parece de ese beso?

Beso ilícito.

Puede ser sin malicia.

Con todo es pecado venial. Y si yo hubiera dado á mi mujer un pañuelo...

¿Qué?

Señor: en dándosele yo, suyo es, y puede regalársele á quien quiera.

Tambien es suyo mi honor, y sin embargo no puede darle.

El honor, general mio, es cosa invisible, y á veces le gasta más quien nunca le tuvo. Pero el pañuelo...

¡Por Dios vivo! Ya le hubiera yo olvidado. Una cosa que me dijiste anda revoloteando sobre mí como el grajo sobre techo infestado de pestilencia. Me dijiste que Casio habia recibido ese pañuelo.

¿Y qué importa?

Pues no me parece nada bien.

¿Y si yo os dijera que presencié vuestro agravio, ó á lo menos que le he oido contar, porque hay gentes que apenas han logrado, á fuerza de importunidades, los favores de una dama, no paran hasta contarlo?

Sí, general mio. Pero tranquilizaos, porque todo lo desmentirá.

¿Y qué es lo que dijo?

Que estuvo con ella... No sé qué más dijo.

¿Con ella?

Sí, con ella.

¡Con ella! ¡Eso es vergonzoso, Yago! ¡El pañuelo... confesion... el pañuelo! ¡Confesion y horca! No: ahorcarle primero y confesarle despues... Horror me da el pensarlo. Horribles presagios turban mi mente. Y no son vanas sombras, no... Oidos, labios... ¿Será verdad?... Confesion, pañuelo... (Cae desmayado.)

¡Sigue, sigue, eficaz veneno mio! El mismo se va enredando incauta y desatentadamente. Así vienen á perder su fama las más castas matronas, sin culpa suya. ¡Levantaos, señor, levantaos! ¿Me ois, Otelo? ¿Qué sucede, Casio? (A Casio que entra.)

¿Qué ha pasado?

El general tiene un delirio convulsivo, lo mismo que ayer.

No: es mejor dejar que la naturaleza obre y el delirio pase, porque si no, empezará á echar espumarajos por la boca, y caerá en un arrebato de locura. Ya empieza á moverse. Retírate un poco. Pronto volverá de su accidente. Despues que se vaya, te diré una cosa muy importante. (Se va Casio.) General, ¿os duele aún la cabeza?

¿Te estás burlando de mí?

¿Burlarme yo? No lo quiera Dios. Pero quiero que resistais con viril fortaleza vuestro infeliz destino.

Marido deshonrado, más que hombre, es una bestia, un mónstruo.

Pues muchas bestias y muchos mónstruos debe de haber en el mundo.

¿Él lo dijo?

Bien pensado, á fe mia.

Acéchalos un rato y ten paciencia. Cuando más rendido estabais al peso de la tristeza, llegó á este aposento Casio. Yo le despedí, dando una explicacion plausible de vuestro desmayo. Prometió venir luego á hablarme. Ocultaos, y reparad bien sus gestos, y la desdeñosa expresion de su semblante. Yo le haré contar otra vez el lugar, ocasion y modo con que triunfó de vuestra esposa. Reparad su semblante, y tened paciencia, porque si no, diré que vuestra ira es loca é impropia de hombre racional.

¿Lo entiendes bien, Yago? Ahora, por muy breve tiempo, voy á hacer el papel de sufrido, luego el de verdugo.

Dices bien, pero no conviene que te precipites. Ahora escóndete. (Se aleja Otelo.) Para averiguar dónde está Casio, lo mejor es preguntárselo á Blanca, una infeliz á quien Casio mantiene, en cambio de su venal amor. Tal es el castigo de las rameras: engañar á muchos, para ser al fin engañadas por uno solo. Siempre que le hablan de ella, se rie estrepitosamente. Pero aquí viene el mismo Casio. (Sale Casio.) Su risa provocará la ira de Otelo. Toda la alegría y regocijo del pobre Casio la interpretará con la triste luz de sus celos. ¿Qué tal, teniente mio?

Insistid en vuestros ruegos, y Desdémona lo conseguirá. (En voz baja.) Si de Blanca dependiera el conseguirlo, ya lo tendriais.

¡Pobre Blanca!

(Aparte.) ¡Qué risa la suya!

Está locamente enamorada de tí.

¡Ah, sí! ¡pobrecita! Pienso que me ama de todas veras.

(Aparte.) Hace como quien lo niega, y al mismo tiempo se rie.

Óyeme, Casio.

(Aparte.) Ahora le está importunando para que repita la narracion. ¡Bien! ¡cosa muy oportuna!

¿Pues no dice que os casareis con ella? ¿Pensais en eso?

¡Oh qué linda necedad!

¡Yo casarme con ella! ¿Yo con una perdida? No me creas capaz de semejante locura. ¡Ah, ah!

(Aparte.) ¡Cómo se rie este truhan afortunado!

Pues la gente dice que os vais á casar con ella.

Dime la verdad entera.

Que me emplumen, si no la digo.

¿Con que me han engañado? Está bien.

Ella misma es la que divulga esa necedad, pero yo no le he dado palabra alguna.

Yago me está haciendo señas. Ahora va á empezar la historia.

Ahora poco la he visto: en todas partes me sigue. Dias pasados estaba yo en la playa hablando con unos venecianos, cuando ella me sorprende y se arroja á mi cuello...

Y me abrazaba llorando, y se empeñaba en llevarme consigo.

Y ahora contará cómo le llevó á mi lecho. ¿Por qué, por qué estaré yo viendo las narices de ese infame, y no el perro á quien he de arrojárselas?

Tengo que dejarla.

Mírala: allí viene.

¡Y qué cargada de perfumes! (Sale Blanca.) ¿Por qué me persigues sin cesar?

¡El diablo es quien te persigue! ¿Para qué me has dado, hace poco, ese pañuelo? ¡Qué necia fuí en tomarle! ¿Querias que yo te copiase la labor? ¡Qué inocencia! Encontrarle en su cuarto, y no saber quién le dejó. Será regalo de alguna querida, ¿y tenias empeño en que yo copiase la labor? Aquí te lo devuelvo: dásele: que no quiero copiar ningun dibujo de ella.

Pero, Blanca, ¿qué te pasa? Calla, calla.

¡Poder del cielo! ¿No es ese mi pañuelo?

Síguela.

Tengo que seguirla. Si, no, alborotará á las gentes.

¿Y cenarás con ella?

Pienso que sí.

Allí os buscaré, porque tengo que hablaros.

¿Vendreis á cenar con nosotros?

Iré.

(A Yago.) ¿Qué muerte elegiré para él, Yago?

Ya visteis con qué algazara celebraba su delito.

¡Ay, Yago!

¿Visteis el pañuelo?

¡Era el mio!

Nueve años seguidos quisiera estarla matando. ¡Oh, qué divina y admirable mujer!

No os acordeis de eso.

Esta noche ha de bajar al infierno. No quiero que viva ni un dia más. Mi corazon es de piedra: al herirle me hiero la mano. ¡Oh, qué hermosa mujer! No la hay igual en el mundo. Merecia ser esposa de un emperador que la obedeciese como siervo.

No os acordeis de eso.

¡Maldicion sobre ella! Pero ¿quién negará su hermosura? ¡Y qué manos tan hábiles para la labor! ¡Qué voz para el canto! Es capaz de amansar las fieras. ¡Qué gracia, qué ingenio!

Eso la hace mil veces peor.

Sí, ¡mil veces peor! Y es, ademas, tan dulce, tan sumisa.

Demasiado blanda de condicion.

Si tan enamorado estais de ella, á pesar de su alevosía, dejadla pecar á rienda suelta. Para vos es el mal: si os dais por contento, ¿á los demas qué nos importa?

Pedazos quiero hacerla. ¡Engañarme á mí!

¡Oh, perversa mujer!

¡Enamorarse de mi teniente!

Eso es todavía peor.

Búscame un veneno, Yago, para esta misma noche. No quiero hablarla, no quiero que se disculpe, porque me vencerán sus hechizos. Para esta misma noche, Yago.

No estoy por el veneno. Mejor es que la ahogueis sobre el mismo lecho que ha profanado.

¡Admirable justicia! Lo encuentro muy bien.

De Casio yo me encargo. Allá á las doce de la noche sabreis lo demas.

Alguna embajada de Venecia, enviada por el Dux. Allí veo á Ludovico acompañado de vuestra mujer.

General, os saludo respetuosamente.

Bien venido seais.

Os saludan el Dux y Senadores de Venecia.

Beso la letra, expresion de su voluntad. (Besa la carta.)

¿Qué pasa por Venecia, primo mio Ludovico?

Caballero, mucho me alegro de veros en Chipre.

Gracias, hidalgo, ¿y dónde está el teniente Casio?

Vivo y sano.

Entre él y mi marido ha habido ciertas disensiones, pero vos los pondreis en paz, de seguro.

¿Así lo crees?

(Leyendo.) «Es preciso cumplirlo sin demora.»

No os oye: está ocupado en la lectura: ¿Con que, han reñido él y Casio?

Sí, y no sé cuánto hubiera yo dado por hacer las paces entre ellos, porque tengo buena voluntad á Casio.

¡Rayos y centellas!

¡Esposo mio!

¿Piensas lo que estás diciendo?

¿Cómo? ¿Está furioso?

Puede ser que le haya hecho mal efecto la carta, porque (si no me equivoco) se le manda en ella volver á Venecia, dejando en el gobierno á Casio.

Mucho me alegro.

¿Te alegras?

¡Esposo mio!

¿Qué dices, esposo?

¡Aparta, demonio!

¿Tal he merecido?

Ni con juramento lo creeria nadie en Venecia. ¡Qué ultraje tan brutal! ¿No veis cómo está llorando?

¡Víbora! Si el llanto de las mujeres pudiera fecundar la tierra, de cada gota naceria un cocodrilo. ¡Lejos, lejos de aquí!

Me iré por no verte enojado.

¡Qué humildad y modestia! Compadeceos de ella, señor gobernador. Volvedla á llamar.

Venid aquí, señora.

¿Qué me quereis, esposo mio?

¿Qué la quereis vos?

Nada, señor.

Sí. ¿Qué la quereis? ¿No me deciais que la llamase? Sí, sí, ella volverá y llorará, porque sabe llorar, caballero, sabe llorar, y es muy humilde, muy sumisa, como antes deciais. Llora, llora más.—Esta carta me manda volver... ¡Oh perfidia astuta!—Me mandan volver.—Retírate. Luego nos veremos.—Obedezco. Volveré á Venecia. ¡Lejos, lejos de aquí, Desdémona! (Se va Desdémona.) Casio me ha de suceder. Esta noche venid á cenar conmigo. Bien venido seais á Chipre. (Aparte.) ¡Monos lascivos, esposos sufridos!

¿Y este es aquel moro, de quien tantas ponderaciones oí en el Senado? ¿Este el de alma severa, firme é imperturbable contra los golpes de la suerte ó los furores de la pasion?

Parece otro.

¿Estará sano? ¿Habrá perdido la cabeza?

Es lo que es. No está bien que yo os diga más. ¡Ojalá que volviera á ser lo que ha sido!

¿Cómo podrá haberse arrebatado hasta el extremo de golpear á su mujer?

Mal ha hecho, pero ojalá sea el último ese golpe.

¡Cuánto lo deploro! Pero estaria mal en mí el descubriros lo que sé. Vos mismo lo ireis viendo, y en sus actos lo descubrireis, de tal modo que nada os quede que saber ni que preguntarme.

Yo le creia de muy diverso carácter. ¡Qué lástima!

¿Nada has visto?

Ni oido ni sospechado.

Pero á Casio y á ella los has visto juntos.

Pero nada sospechoso he advertido entre ellos, y eso que ni una sola de sus palabras se me ha escapado.

¿Nunca han hablado en secreto?

Jamas, señor.

Nunca.

¿Nunca te han enviado á buscar los guantes ó el velo ó cualquier otra cosa?

Jamas.

Rara cosa.

Me atreveria á jurar que es fiel y casta. Desterrad de vuestro ánimo toda sospecha contra ella. Maldito sea el infame que os la haya infundido. Caiga sobre él el anatema de la serpiente. Si ella no es mujer de bien, imposible es que haya mujer honrada ni esposo feliz.

Llámala. Dile que venga pronto. (Vase Emilia.) Ella habla claro, pero si fuera confidente de sus amores, ¿no diria lo mismo? Es moza ladina y quizá oculta mil horribles secretos. Y sin embargo, yo la he visto arrodillada y rezando. (Salen Desdémona y Emilia.)

¿Qué mandais, señor?

Ven, amada mia.

¿Qué me quieres?

¿Qué horrible sospecha?...

(A Emilia.) Aléjate, déjanos solos, y cierra la puerta. Si álguien se acerca, haznos señal tosiendo. Mucha cautela. Véte. (Se va Emilia.)

Te lo suplico de rodillas. ¿Qué pensamientos son los tuyos? No te entiendo, pero pareces loco furioso.

¿Y tú qué eres?

Tu fiel esposa.

Si lo juras, te condenas eternamente, aunque puede que el demonio, al ver tu rostro de ángel, dude en apoderarse de tí. Vuelve, vuelve á condenarte: júrame que eres mujer de bien.

Dios lo sabe.

Dios sabe que eres tan falsa como el infierno.

¿Falsa yo? ¿con quién? ¿Por qué, esposo mio? ¿Yo falsa?

¡Lejos, lejos de aquí, Desdémona!

¡Dia infausto! ¿Por qué lloras, amado mio? ¿Soy yo la causa de tus lágrimas? No me eches la culpa de haber perdido tu empleo, quizá por odio de mi padre. Lo que tú pierdes, lo pierdo yo tambien.

¡Ojalá que el cielo agotara sobre mi fortaleza todas las calamidades! ¡Ojalá que vertiese sobre mi frente dolores y vergüenzas sin número, y me sepultara en el abismo de toda miseria, ó me encerrara en cautiverio fierísimo y sin esperanza! Todavía encontraria yo en algun rincon de mi alma una gota de paciencia. ¡Pero convertirme en espantajo vil, para que el vulgo se mofe de mí y me señale con el dedo! ¡Y aún esto podria yo sufrirlo! Pero encontrar cegada y seca para siempre la que juzgué fuente inagotable de vida y de afectos, ó verla convertida en sucio pantano, morada de viles renacuajos, en nido de infectos amores, ¿quién lo resistirá? ¡Angel de labios rojos! ¿por qué me muestras ceñudo como el infierno tu rostro?

Creo que me tiene por fiel y honrada mi esposo.

Fiel como las moscas que en verano revolotean por una carnicería. ¡Ojalá nunca hubieras brotado, planta hermosísima, y envenenadora del sentido!

¿Pero qué delito es el mio?

¿Por qué en tan bello libro, en tan blancas hojas, sólo se puede leer esta palabra: «ramera»? ¿Qué delito es el tuyo, me preguntas? Infame cortesana, si yo me atreviera á contar tus lascivas hazañas, el rubor subiria á mis mejillas, y volaria en cenizas mi modestia. ¿Qué delito es el tuyo? El mismo sol, la misma luna se escandalizan de él, y hasta el viento que besa cuanto toca, se esconde en los más profundos senos de la tierra, por no oirlo. ¿Cuál es tu delito? ¡Infame meretriz!

¿Por qué me ofende así?

Pues qué, ¿no eres mujer ramera?

¿No eres infiel?

No: así Dios me salve.

¿De veras lo dices?

¡Piedad, Dios mio!

Perdonadme, señora: os confundí con aquella astuta veneciana que fué esposa de Otelo. (Levantando la voz.) Tú que enfrente de san Pedro guardas la puerta del infierno... (Sale Emilia.) Contigo hablaba. Ya está arreglado todo. Recoge tu dinero: cierra la puerta, y nada digas. (Se va Otelo.)

¿Qué sospecha atormenta á vuestro marido? ¿Qué os sucede, señora?

Me parece que estoy soñando.

Señora, ¿qué le sucede á mi señor? decídmelo.

¿Y quién es tu señor?

El vuestro, el moro.

Ya no lo es, Emilia, no hablemos más. No puedo llo rar, ni hablar sin llorar. Esta noche ataviarás mi lecho con las galas nupciales. Dí á Yago que venga.

¡Qué alteracion es esta! (Se va.)

¿Será justo lo que hace conmigo? ¿Habré andado alguna vez poco recatada, dando ocasion á sus sospechas? (Salen Emilia y Yago.)

¿Me llamabais? ¿Estais sola, señora?

No lo sé. El que reprende á un niño debe hacerlo con halago y apacible manera, y yo soy como un niño.

¿Pues qué ha sido, señora mia?

¡Ay, Yago! El moro la ha insultado, llamándola ramera y otros vocablos groseros y viles, intolerables para todo pecho bien nacido.

¿Y yo merecia eso?

¿Qué, señora mia?

Lo que él me ha dicho.

¿Y todo por qué?

Lo ignoro. Pero yo no soy lo que él ha dicho.

Serenaos, por Dios. No lloreis. ¡Dia infeliz!

¡Para eso ha dejado su patria y á su padre y á tantos ventajosos casamientos! ¡Para que la llamen «ramera»! Ira me da el pensarlo.

Esa es mi desdicha.

¡Ira de Dios caiga sobre él! ¿Quién le habrá infundido tan necios recelos?

Dios lo sabe, Yago.

Maldita sea yo, si no es algun malsin calumniador, algun vil lisonjero quien ha tramado esta maraña, para conseguir de él algun empleo. Ahorcada me vea yo, si no acierto.

No hay hombre tan malvado. Dices un absurdo. Cállate.

Y si le hay, Dios le perdone.

¡Perdónele la cuchilla del verdugo! ¡Roa Satanas sus huesos! ¡Llamarla ramera! ¿Con qué gentes ha tratado? ¿Qué sospecha, áun la más leve, ha dado? ¿Quién será el traidor bellaco que ha engañado al moro? ¡Dios mio! ¿por qué no arrancas la máscara á tanto infame? ¿Por qué no pones un látigo en la mano de cada hombre honrado, para que á pencazos batanee las desnudas espaldas de esa gavilla sin ley, y los persiga hasta los confines del orbe?

No grites tanto.

¡Infames! De esa laya seria el que una vez te dió celos, fingiendo que yo tenia amores con el moro.

¿Estás en tu juicio? Cállate.

Yago, amigo Yago, ¿qué haré para templar la indignacion de Otelo? Dímelo tú. Te juro por el sol que nos alumbra que nunca ofendí á mi marido, ni áun de pensamiento. De rodillas te lo digo: huya de mi todo consuelo y alegría, si alguna vez le he faltado en idea, palabra ú obra; si mis sentidos han encontrado placer en algo que no fuera Otelo: si no le he querido siempre como ahora le quiero, como le seguiré queriendo, aunque con ingratitud me arroje lejos de sí. Ni la pérdida de su amor aunque baste á quitarme la vida, bastará á despojarme del afecto que le tengo. Hasta la palabra «adúltera» me causa horror, y ni por todos los tesoros y grandezas del mundo cometeria yo tal pecado.

Calma, señora; el moro es de carácter violento, y ademas está agriado por los negocios políticos, y descarga en vos el peso de sus iras.

¡Ojalá que así fuera! Pero mi temor es...

Pues la causa no es otra que la que os he dicho. Podeis creerlo. (Tocan las trompetas.) ¿Ois? Ha llegado la hora del festin. Ya estarán aguardando los enviados de Venecia. No os presenteis llorando, que todo se remediará. (Vanse Emilia y Desdémona.) (Sale Rodrigo.) ¿Qué pasa, Rodrigo?

Pienso que no procedes de buena fe conmigo.

¿Y por qué?

No hay dia que no me engañes, y más parece que dificultas el éxito de mis planes, que no que le allanas; y á fe mia, que ya no tengo paciencia ni sufriré más, porque fuera ser necio.

¿Me oyes, Rodrigo?

Demasiado te he oido, porque tienes tan buenas palabras como malas obras.

Ese cargo es muy injusto.

Razon me sobra. He gastado cuanto tenia. Con las joyas que he regalado á Desdémona, bastaba para haber conquistado á una sacerdotisa de Vesta. Tú me has dicho que las ha recibido de buen talante: tú me has dado todo género de esperanzas, prometiéndome su amor muy en breve. Todo inútil.

Bien está, muy bien; prosigue.

¡Qué está muy bien, dices! Pues no quiero proseguir. Nada está bien, sino todo malditamente, y empiezo á conocer que he sido un insensato y un majadero.

Está bien.

Repito que está muy mal. Voy á ver por mí mismo á Desdémona, y con tal que me vuelva mis joyas, renunciaré á todo amor y á toda loca esperanza. Y si no me las vuelve, me vengaré en tí.

¿Y eso es todo lo que se te ocurre?

Sí, y todas mis palabras las haré buenas con mis obras.

Veo que eres valiente, y desde ahora te estimo más que antes. Dame la mano, Rodrigo. Aunque no me agradan tus sospechas, algun fundamento tienen, pero yo soy inocente del todo.

Así es en efecto, y lo que has pensado no deja de tener agudeza y discrecion. Pero si tienes, como has dicho ahora, y ya lo voy creyendo, corazon y brios y mano fuerte, esta noche puedes probarlo, y si mañana no logras la posesion de Desdémona, consentiré que me mates, aunque sea á traicion.

¿Lo que me propones es fácil, ó á lo menos posible?

Esta noche se han recibido órdenes del Senado, para que Otelo deje el gobierno, sustituyéndole Casio.

Entonces Otelo y Desdémona se irán juntos á Venecia.

No: él se irá á Levante, llevando consigo á su mujer, si algun acontecimiento imprevisto no lo impide, es decir si Casio no desaparece de la escena.

¿Qué quieres decir con eso?

Que convendria quitarle de en medio.

¿Y he de ser yo quien le mate?

Tú debes de ser, si quieres conseguir tu objeto, y satisfacer tu venganza. Casio cena esta noche con su querida y conmigo. Todavía no sabe nada de su nom bramiento. Espérale á la puerta: yo haré que salga á eso de las doce de la noche, y te ayudaré á matarle. Sígueme: no te quedes embobado. Yo te probaré clarísimamente la necesidad de matarle. Ya es hora de cenar. No te descuides.

Dame alguna razon más que me convenza.

Ya te la daré. (Vanse.)

Señor: no os molesteis en acompañarme.

No: me place andar en vuestra compañía.

Adios, señora. Os doy muy cumplidas gracias.

Y yo me felicito de vuestra venida.

¿Vamos, caballero? ¡Oh! aquí está Desdémona.

Retírate pronto á acostar. No tardaré en volver. Despide á la criada, y obedéceme.

Así lo haré, esposo mio.

¿Qué tal? ¿Se ha amansado en algo el mal humor de tu marido?

Me prometió volver pronto, y me mandó que me acostase, despidiéndose en seguida.

¿Y por qué dejarte sola?

Él lo mandó y sólo me toca obedecer, y no resistirme en nada. Dame la ropa de noche, y aléjate.

¡Ojalá no le hubieras conocido nunca!

Nunca diré yo eso. Le amo con tal extremo que hasta sus celos y sus furores me encantan. Desátame las cintas.

Ya está; ¿adorno vuestro lecho con las ropas nupciales como me dijisteis?

Lo mismo da. ¡Qué fáciles somos en cambiar de pensamientos! Si muero antes que tú, amortájame con esas ropas.

¡Pensar ahora en morirte! ¡Qué absurdo!

Bárbara se llamaba una doncella de mi madre. Su amante la abandonó, y ella solia entonar una vieja cancion del sauce, que expresaba muy bien su desconsuelo. Todavía la cantaba al tiempo de morir. Esta noche me persigue tenazmente el recuerdo de aquella cancion, y al repetirla siento la misma tristeza que Bárbara sentia. No te detengas... ¡Es agradable Ludovico!

Mozo gallardo.

Y muy discreto en sus palabras.

Dama veneciana hay, que iria de buen grado en romería á Tierra Santa sólo por conquistar un beso de Ludovico.

«Llora la niña al pié del sicomoro. Cantad el sauce: cantad su verdor. Con la cabeza en la rodilla y la mano en el pecho, llora la infeliz. Cantad el fúnebre y lloroso sauce. La fuente corria repitiendo sus quejas. Cantad el sauce y su verdor. Hasta las piedras se movian á compasion de oirla.»

Recoge esto.

«Cantad el sauce, cantad su verdor.»

Véte, que él volverá muy pronto. (Canta.) «Tejed una guirnalda de verde sauce. No os quejeis de él, pues su desden fué justo.»

No, no es así el cantar. Alguien llama.

Es el viento.

(Canta.) «Yo me quejé de su inconstancia, y él ¿qué me respondió? Cantad el sauce, cantad su verdor. Si yo me miro en la luz de otros ojos, busca tú otro amante.»

Buenas noches. Los ojos me pican. ¿Será anuncio de lágrimas?

No es anuncio de nada.

Siempre lo he oido decir. ¡Qué hombres! ¿Crees, Emilia, que existen mujeres que engañen á sus maridos de tan ruin manera?

Ya lo creo que existen.

¿Lo harias tú, Emilia, aunque te diesen todos los tesoros del mundo?

¿Y tú qué harias?

Nunca lo haria, te lo juro por esa luz.

¿Lo harias, si te dieran el mundo entero?

Grande es el mundo, y comparado con él, parece pequeño ese delito.

Yo creo que no lo harias.

Sí que lo haria, para deshacerlo despues. No lo haria por un collar ni por una sortija ni por un manto, pero si me daban el mundo, y podia yo hacer rey á mi marido, ¿cómo habia de dudar?

Pues yo, ni por todo el mundo haria tal ofensa á mi marido.

Es que el mundo no la juzgaria ofensa, y si os daban el mundo, como la ofensa era en vuestro mundo, fácil era convertirla en bien.

Pues yo no creo que haya tales mujeres.

Más de una y más de veinte: tantas que bastarian para llenar un mundo. Pero la culpa es de los maridos. Si ellos van á prodigar con otras el amor que es nuestro, ó nos encierran en casa por ridículos celos, ó nos golpean, ó gastan malamente nuestra hacienda, ¿no hemos de enfurecernos tambien? Cierto que somos benignas de condicion, pero capaces de ira. Y sepan los maridos que las mujeres tienen sentidos lo mismo que ellos, y ven y tocan y saborean, y saben distinguir lo dulce de lo amargo. Cuando ellos abandonan á su mujer por otra, ¿qué es lo que buscan sino el placer a que les donnina sino la pasion? ¿qué les vence sino la flaqueza? ¿nosotras no tenemos tambien apetitos, pasiones y flaquezas? Conforme nos traten, así seremos.

Adios. El Señor me ampare, y haga que el meltrato de mi marido produzca en mi virtudes, y no vicios.

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Scóndete , que ahora viene; en cuanto aparezca, desenvaina la espada, y ¡á él sin miedo! Yo te guardaré las espaldas. Es cuestion de vida ó muerte. Decídete, pues, y ten resolucion.

No te alejes, por si me sale mal mi intento.

Estaré detras de tí. En guardia. (Se va.)

Del resultado no tengo confianza, y sin embargo, las razones que me da me convencen. Que muera uno ¿qué importa? (Se retira.)

Tanto me he burlado de este necio que ya empieza á conocerlo. Mate él á Casio, mátele Casio á él ó mueran los dos, siempre saldré ganando. Si Rodrigo escapa, comenzará á pedirme el dinero y las joyas que le he sacado, so pretexto de seducir á Desdémona. Y si se salva Casio, su presencia será un perpétuo acusador contra mí, y ademas el moro podrá referir á Casio lo que ha pasado entre nosotros, y ponerme en grave peligro. Muera, pues. Le siento llegar. (Sale Casio.)

Él es. Le conozco. ¡Muere, traidor!

La vida me hubiera costado esta estocada, á no traer el jubon tan bien aforrado. Veamos cómo está el tuyo.

¡Confesion! ¡Muerto soy! (Yago hiere en las piernas á Casio y huye luego.)

¡Me han dejado cojo para siempre! ¡Asesino! ¡Favor!

Voz es de Casio. Yago ha cumplido bien su palabra.

¡Qué infame he sido!

Sí, él es: no hay duda.

Es Casio, es Casio. ¡Oh valeroso Yago, que has sentido como propia la afrenta de un amigo, tú me muestras el camino de la venganza! ¡Adúltera mujer! Ya ha sucumbido tu amante, y se acerca tu última hora. Voy á buscarte, borrando de mi corazon hasta el último recuerdo de tus hechizos y de la luz de tus ojos. Sangre de tu torpe corazon ha de purificar nuestro lecho mancillado por tí. (Se va.) (Salen Ludovico y Graciano.)

¿Dónde está la ronda? ¿Nadie acude? ¡Favor! ¿Por qué no prendeis al asesino?

¡Oh qué desgracia! ¡Qué espanto causan en mí esas voces!

¡Ayuda!

¡Silencio!

¡Infame!

Oigo los gemidos de dos ó tres personas. ¡Infausta noche! ¿Será alguna zalagarda? Procedamos con cautela. ¿Quién se arroja á darles auxilio sin la ronda?

Socorredme, que me desangro.

Ahí viene un hombre medio desnudo, con armas y luz.

¿Quién es? ¿Quién grita «asesino»?

No lo sabemos.

¿No habeis oido voces?

¡Favor de Dios! ¡Por aquí, por aquí!

¿Qué sucede?

Si no me equivoco, es la voz del alférez de Otelo.

No tiene duda. Y es Valentin tu mancebo.

¿Quién eres tú que tan amargamente te quejas?

Yago, me han acometido unos asesinos, dame favor.

¡Dios mio! ¡Mi teniente! ¿Quién os ha puesto de esa manera?

¡Villanos, alevosos! ¿Quién sois? ¡Favor, ayuda!

¡Favor, Dios mio!

Uno de ellos es aquel.

¡Traidor, asesino! (Saca el puñal y hiere á Rodrigo.)

¡Maldito Yago! ¡Perro infernal!

¡Asaltarle de noche y á traicion! ¡Bandidos! ¡Qué silencio, qué soledad! ¡Muerte! ¡Socorro! ¿Y vosotros veniais de paz ó en son de combate?

Por nuestros hechos podeis conocerlo.

¡Ilustre Ludovico!

El mismo soy.

Perdon os pido. Ahí yace Casio á manos de traidores.

¡Casio!

¿Qué tal, hermano?

¡No lo quiera Dios! ¡Luz, luz! Yo vendaré las heridas con mi ropa. (Sale Blanca.)

¿Qué pasa? ¿Qué voces son esas?

¿De quién son las voces?

¡Casio, mi amado Casio, mi dulce Casio!

¡Ramera vil! Amigo Casio, ¿y ni áun sospechais quién pudo ser el agresor?

Lo ignoro.

¡Cuánto me duele veros así! Venia á buscaros.

¡Dadme una venda! Gracias. ¡Oh si yo tuviera una silla de manos, para llevarle á casa!

¡Ay que pierde el sentido! ¡Casio, mi dulce Casio!

¿Rodrigo el de Venecia?

El mismo, caballero. ¿Le conociais vos?

Ya lo creo que le conocia.

¡Amigo Graciano! perdonadme. Con este lance estoy tan turbado que no sé lo que me sucede.

Mucho me place el veros.

¿Cómo os sentís, Casio? ¡Que traigan una silla de manos!

¡Rodrigo!

No cabe duda que es él. Lo deploro. Venga la litera. Llevadle despacio á casa de alguna persona caritativa. Me iré á llamar al médico de Otelo. No tengais cuidado, señora. El desdichado que ahí yace muerto, fué muy amigo mio. ¿Cuál seria la causa de la pendencia?

Ciertamente que no lo sé. Ni siquiera le conozco.

(A Blanca.) ¿Perdeis el color? Retirad el cadáver. No me abandoneis, caballeros. Mucho palideceis, señora mia. ¿No veis qué asustada y sin sosiego está? Creo que ella podria decirnos algo. Miradla, miradla de espacio. ¿No lo advertis, caballeros? La lengua calla, pero la conciencia habla á gritos. (Sale Emilia.)

¿Qué pasa? ¡Ay, esposo mio!

A traicion han acometido á Rodrigo. Algunos se han escapado. Él queda muerto y Casio herido.

¡Infeliz Casio! ¡Pobre caballero!

¡Fruto natural de la vida que él traia! Véte, Emilia, y pregunta á Casio dónde cenó esta noche. (A Blanca.) ¿Por qué temblais, señora?

En mi casa cenó, pero no tiemblo por eso.

¿Con que en tu casa? Pues ven conmigo.

¡Mala mujer, ramera!

Soy tan honrada como vos. No me insulteis.

¡Tan honrada como yo! ¡Perdida!

Vamos á cuidar de Casio, amigos mios. Señora, venid, que pronto hablareis de otra manera. Emilia, véte á toda prisa al castillo, refiéreselo todo al moro y á Desdémona. Venid conmigo. (Aparte.) Esta noche será la de mi felicidad ó la de mi ruina. (Se van.)

(Despertándose.) ¿Eres tú, Otelo?

Yo soy, Desdémona.

Esposo mio, ¿quieres descansar?

¿Has rezado esta noche, Desdémona?

Sí.

Pues pide á Dios perdon, si te acuerdas de algun crímen, que Dios no te haya perdonado todavía.

¡Dios mio! ¿Qué me quieres decir, esposo?

Hazlo, y pronto. Yo me alejaré entre tanto. No quiero que mueras sin confesion. No quiero condenar tu alma.

¿Qué? ¿Quieres matarme?

Sí, por cierto.

¡Perdon, Dios mio!

Tú que así hablas no puedes matarme.

¿Qué?

Con todo eso, te tiemblo. Tu mirada me aterra. Y no sé por qué es mi temor, pues de ningun crímen me reconozco culpable. Y sin embargo, tiemblo.

Acuérdate de tus pecados.

Será el amor que te profeso.

Por ese amor te mato.

¿Matarme porque te amo? ¡Oh indigna muerte! ¿Por qué te muerdes los labios? ¡Ciega pasion te descamina! Agüeros son de mal suceso; pero yo espero que no me amenazan á mí.

¡Calla, calla!

Sí callaré, ¿pero qué pasa?

¿Tú diste á Casio aquel pañuelo, regalo mio y que yo tanto apreciaba?

No jures en falso, amada mia, que ya estás en el tálamo de la muerte.

¿Tan pronto?

En seguida. Confiesa, pues, tus culpas, una por una, que aunque las niegues con los más firmes juramentos, no has de disminuir en un ápice mi firme conviccion. De todas maneras, morirás.

Entonces, Dios tenga compasion de mí.

Así sea.

Y tenla tú tambien. Jamas te falté, ni áun de pensamiento. Nunca puse mi corazon en Casio ni le dí prenda alguna de amor. Quísele sólo con la amistad que Dios aprueba.

¡Dios mio! ¡Y yo que he visto el pañuelo en sus manos! ¡Tú quieres volverme loco, y hacer que trueque en asesinato lo que quiero que sea sacrificio! Yo he visto el pañuelo.

Él lo encontró en el suelo. Yo no se le dí. Que él venga y nos declare la verdad.

¿Y qué confesó?

Que alcanzó favores tuyos.

¿Ilícitos?

Sí.

Falso. No lo repetirá delante de mí.

No, porque Yago le ha cerrado la boca.

¡Ah! Tiemblo. ¿Casio ha muerto?

¡Ojalá hubiera tenido tantas vidas como cabellos, para que mi venganza las hubiera devorado una por una!

¡Calumnia, calumnia atroz, que nos ha perdido!

¡Infame! ¿Y te atreves á llorarle delante de mí?

¡Esposo mio, destiérrame de tu presencia, pero no me mates!

Déjame vivir siquiera esta noche. Mátame mañana.

¿Aún te defiendes?

Siquiera una hora de vida.

La hora inevitable ha llegado.

Dejadme rezar una oracion.

(Dentro.) ¡Abrid, señor, abrid!

¿Quién llama? ¿Estará muerta del todo? En medio de todo, la tengo lástima, y no quiero alargar su agonía.

(Dentro.) ¡Abrid, señor!

¿Quién es?

(Dentro.) Señor, dejadme deciros dos palabras.

Es Emilia.—Voy á abrirla.—Ya ha muerto Desdémona.—¿Vendrá Emilia á contarme la muerte de Casio?—Aquí era el ruido.—Está inmóvil, yerta como la losa de un sepulcro.—¿Abriré? ¿Será una imprudencia?—¡Me parece que se mueve!—No es nada.—¿Qué haré? Si entra, preguntará por mi mujer. ¡Mi mujer, mi mujer!—¿Y quién es mi mujer? Yo no la tengo. ¡Hora tristísima! ¡Ojalá hubiese ahora un eclipse de sol y de luna, y se abriera el centro de la tierra!

¡Abrid, señor! Que es muy importante lo que tengo que deciros.

Ya no me acordaba de tí, Emilia. Entra, pero despacio. Voy á cerrar las cortinas del lecho.

¿Qué nuevas traes? Dímelas.

Señor, cerca de aquí acaban de matar á uno.

En este instante.

Ahora mismo.

Influjos son de la luna, que anda ahora muy cerca de la tierra, y hace sentir aquí sus efectos.

Casio ha dado muerte á un mancebo veneciano llamado Rodrigo.

No. Casio no ha muerto.

¡Casio no ha muerto! Entonces ese homicidio, lejos de serme grato, me es aborrecible.

¡Oh muerte cruel!

¿Qué grito ha sonado?

¿Grito? ¿Dónde?

Grito de mi señora. Amparadme, por Dios. Decidme algo, señora, amada Desdémona.

Muere sin culpa.

¿Y quién la mató?

Nadie. Yo me maté. Que Otelo me conserve en su recuerdo. Adios, esposo mio.

¿Pues cómo ha muerto?

¿Quién lo sabe?

Vos fuisteis. Y es preciso que digais la verdad.

Por la mentira se ha condenado y baja al infierno. Yo la maté.

¡Ella era un ángel, vos sois un demonio!

Ella fué pecadora y adúltera.

La estais calumniando infame y diabólicamente.

Fué falsa y mudable como el agua que corre.

Y tú violento y rápido como el fuego. Siempre te guardó fidelidad, y fué tan casta como los ángeles del cielo.

Casio gozó de su amor. Que te lo cuente tu marido. ¡Oh, mereceria yo pagar mi necio crímen en lo más hondo del infierno, si antes de arrojarme á la venganza, no hubiera examinado bien la justicia de los motivos! Yago lo averiguó.

¿Mi marido?

Tu marido.

Sí, con Casio. Y si no me hubiera sido traidora, te juro que no la hubiera trocado ni por un mundo que el cielo hubiese fabricado para mí de un crisólito íntegro y sin mancha.

¡Mi marido!

Él me lo descubrió todo. Es hombre de bien, y aborrece toda infamia y torpeza.

¡Mi marido!

¿Por qué repites tanto: «mi marido»?

¡Ay pobre señora mia, cómo la maldad se burla del amor! ¡Qué negra iniquidad! ¿Y mi marido te dijo que ella habia sido infiel?

Sí, tu marido. ¿Lo entiendes bien ahora? Yago, mi fiel amigo Yago.

Pues si tales cosas te ha dicho, consúmase su alma, un átomo cada dia. ¡Ha mentido como un infame! Bien deseaba el puesto que tan caro ha comprado.

¡Por Dios vivo!...

Debias callar.

Áun mayor que tu poder es mi valor. ¡Necio, más estúpido que el polvo de la tierra! ¡Vaya una bravata! Me rio de tu acero. Voy á contar á gritos quién eres, aunque me cueste la vida y cien vidas. ¡Socorro, que el moro ha asesinado á mi señora! ¡Socorro!

¿Qué pasa, general?

¿Ahí estás, Yago? ¡Qué habilidad tienes! ¡Dejar que un infame te acuse para disculpar sus crímenes!

¿Pero qué ha pasado?

Si eres hombre, desmiéntele. Él cuenta que tú le dijiste que su mujer le era infiel. Yo sé bien que no lo has dicho, porque no eres tan malvado. Habla, respóndele, que el corazon quiere saltárseme.

Le dije lo que yo tenia por cierto, y lo que luego él ha averiguado.

¿Y tú le dijiste que mi señora no era honrada?

Sí que se lo dije.

Pues dijiste una mentira odiosa, infernal y diabólica. ¡Poder de Dios! ¿Y le dijiste que era infiel con Casio, con Casio?

Sí, con Casio. Cállate, mujer.

No he de callar. Es necesario que yo hable. Mi pobre señora yace muerta en su lecho.

¡No lo consienta Dios!

Y tus delaciones son causa de su muerte.

No os asombreis, señores. Así ha sucedido.

¡Horrenda verdad!

¡Espantoso crímen!

Aquí se esconde alguna infernal añagaza... Y empiezo á sospechar... ¡Ah, sí: ya caigo!... Lo que siempre recelé... ¡Infame! ¡Me ahoga la ira! ¡Oh trama inicua!

¿Estás loca? Véte á casa. Te lo mando.

Caballeros, dejadme hablar. Otra vez le obedeceré, no ahora. Y quizá nunca volveré á tu casa, Yago.

¿Al fin lo sientes? Ruge, ruge. Has asesinado á la más santa y hermosa criatura que ha visto nunca la luz del sol.

(Levantándose.) ¡Fué adúltera! No os habia conocido, tio. (A Graciano.) Ahí teneis muerta á vuestra sobrina, y muerta á mis manos. Sé que esto os parecerá horrible...

¡Pobre Desdémona! Cuán feliz es tu padre en haber pasado ya de esta vida. Tu boda le mató: el pesar de ella bastó á cortar el hilo de sus dias. Pero si hoy viviera, y la viese muerta, pienso que habia de maldecir hasta de su ángel de guarda, provocando la indignacion del cielo.

¡Qué dolor! Pero Yago sabe que ella mil veces se entregó á Casio. El mismo Casio lo confesaba, y ademas recibió de ella, en pago de su amor, el pañuelo, el regalo nupcial que yo le hice, un pañuelo que mi padre habia dado á mi madre. Yo mismo le he visto en manos de Casio.

¡Dios poderoso! ¡Dios de bondad!

¡Calla, te digo!

No digas locuras. A casa, á casa.

Jamas iré. (Yago la amenaza.)

¿Qué? ¿La espada sacais contra una débil mujer?

¡Perverso Otelo! Yo encontré aquel pañuelo: yo misma se le dí á mi marido, porque con muchas instancias me habia pedido que lo robara.

¡Infame prostituta!

¿Que ella se lo dió á Casio? No: ¡si le encontré yo, y se le dí á mi marido!

Mientes, malvada.

No miento, no. Caballeros, no miento. ¡Bestia cruel! ¡Estúpido! ¿Cómo habias tú de poder contra esa santa?

¡Monstruo! ¿No hay rayos en el cielo, ó es que el trueno se los apropió todos?

Sin duda ha muerto á su mujer.

Él ha huido dejándola muerta.

¡Infame asesino! Toma tú esta espada que he quitado de manos del moro. Guardad la puerta: no le dejeis salir, aunque sea preciso matarle. Yo iré detras de ese malvado, el más abominable de cuantos existen en el mundo. (Vanse Montano y Graciano.)

Hasta el valor he perdido: un niño podria desarmarme. Pero ¿qué importa? ¡Vaya con la virtud la honra! ¡Húndase todo!

Quiero acordarme de las palabras de tu canto, señora mia, óyeme, si es que aún tienes oidos. Moriré cantando como el cisne:

Cantad el sauce, y su verdor cantad.

Moro: ella fué honesta.

Moro: ella te amaba.

Verdad es: así yo me salve. Muero diciendo la verdad. Muero. (Cae.)

Otra arma tengo aquí: una hoja española, reciamente templada en las aguas del Tajo. Ahora es cuando debo desnudarla, amado tio.

(Dentro.) Vana empresa será el defenderte: no tienes armas, has de ceder.

Entra, y óyeme, ó embestiré desnudo como estoy.

¿Qué sucede?

Espada tengo, la mejor que ciñó ningun guerrero: esta hoja y este brazo han allanado obstáculos veinte veces mayores que tu resistencia. Pero ¡qué insensato alarde! ¿Quién lidia contra la fortuna? Todo ha cambiado: no me temes aunque me ves con armas. Este es el término de mi viaje, la bahía y el puerto. ¿Te retiras tembloroso? ¿A qué ese miedo? Aunque ataques á Otelo con una débil caña, Otelo cederá. ¿Y á dónde ha de ir Otelo? Déjame ver tu rostro por última vez, infeliz esposa mia. Tan pálido está como tu vestidura. Cuando los dos comparezcamos ante el tribunal divino, esa mirada tuya bastará á arrojar mi alma del cielo, y los demonios harán presa en ella con sus uñas. ¡Ay de mí, siervo del pecado! ¡Furias, arrojadme del cielo con vuestros azotes! Demonios, arrastradme en vuestro gran torbellino, hacedme hervir en azufre ó en pilas de hirviente metal. ¡Desdémona, Desdémona!

¿Dónde está este infeliz temerario?

Aquí teneis al que fué Otelo.

¿Dónde ese basilisco, ese horrible Yago?

¡Lástima que seas demonio, porque no podré matarte! (Le hiere.)

Desarmadle.

Me has herido, pero no de muerte.

Y no lo siento. Quiero que vivas, porque el morir es una dicha.

Otelo, tú que antes fuiste tan bueno y generoso, ¿cómo has caido en los lazos de este traidor artero? ¿Qué dirán de tí?

En parte ya ha confesado su crímen. ¿Los dos concertasteis la muerte de Casio?

Sí.

Y sin razon ninguna.

Téngolo por cierto y te pido perdon. Preguntad á ese demonio, qué motivo le pudo inducir á infernar de ese modo mi cuerpo y mi alma.

No me pregunteis nada, no he de responder. Todo lo sabeis. Desde ahora no he de hablar.

¿Ni siquiera para rezar?

El tormento te obligará á mover la lengua.

Bien harás.

Sabedlo todo, pues aún hay algo que no ha llegado á vuestra noticia. En el bolsillo de Rodrigo se han encontrado dos cartas. Una de ellas explica cómo Rodrigo se encargó de dar muerte á Casio.

¡Cobarde!

La otra carta contiene mil quejas contra Yago, pero se conoce que antes de enviarle Rodrigo la carta, encontró á Yago, y éste resolvió todas sus dudas y le decidió á lo que hizo.

¡Perro traidor! ¿Y cómo llegó á tus manos, Casio, aquel pañuelo de mi mujer?

Le hallé en mi aposento, y él mismo acaba de confesar que le dejó allí con este intento.

¡Necio, mentecato!

En la misma carta le echa en cara Rodrigo, entre otras mil acusaciones, el haberle excitado en el cuerpo de guardia á que riñese conmigo, de cuya riña resultó el perder yo mi empleo. Y él ha dicho antes de morir que Yago le acusó y le hirió.

Necesario es que vengais con nosotros sin demora. El gobierno queda en manos de Casio. Y en cuanto á Yago creed que si hay algun tormento que pueda hacerle padecer eternamente sin matarle, á él se aplicará. Vos estareis preso, hasta que sentencie vuestra causa el Senado de Venecia.

Oidme una palabra, nada más, y luego os ireis. He servido bien y lealmente á la República, y ella lo sabe, pero no tratemos de eso. Sólo os pido por favor una cosa: que cuando en vuestras cartas al Senado refirais este lastimoso caso, no trateis de disculparme, ni de agravar tampoco mi culpa. Decid que he sido un desdichado: que amé sin discrecion y con furor, que aunque tardo en recelar, me dejé arrastrar como loco por la corriente de los celos: decid que fuí tan insensato como el indio que arroja al lodo una pieza preciosa que vale más que toda su tribu. Decid que mis ojos que antes no lloraban nunca, han destilado luego largo caudal de lágrimas, como destilan su balsámico jugo los árboles de Arabia. Contádselo todo así, y decid tambien que un dia que en Alepo un turco puso la mano en un veneciano, ultrajando la majestad de la República, yo agarré del cuello á aquel perro infiel y le maté así. (Se hiere.)

¡Lastimosa muerte!

Vanas fueron nuestras palabras.

Esposa mia, quise besarte antes de matarte. Ahora te beso, y muero al besarte. (Muere.)

Yo lo recelé, porque era de alma muy generosa, pero creí que no tenia armas.

¡Perro ladron, más crudo y sanguinario que la muerte misma, más implacable que el mar alborotado! ¡Mira, mira los dos cadáveres que abruman ese lecho! Gózate en tu obra, cuyo solo espectáculo basta para envenenar los ojos. Cubrid el cadáver: haced guardar la casa, Graciano. Haced inventario de los bienes del moro. Sois su heredero. Y á vos, gobernador, incumbe el castigar á este perro sin ley, fijando el modo y la hora del tormento. Y ¡que sea cruel, muy cruel! Yo con lágrimas en los ojos voy á llevar á Venecia la relación del triste caso.

Traducción con IA · Original