Otelo

Traducción humana · Traducción de Marcelino Menéndez y Pelayo (†1912) · Fuente: Wikisource · Dominio público

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DUX DE VENECIA.

El senador BRABANCIO.

GRACIANO, su hermano.

LUIS, su pariente.

Varios Senadores.

OTELO, moro al servicio de la República.

CASIO, teniente suyo.

YAGO, su alférez.

RODRIGO, caballero veneciano.

MONTANO, gobernador de Chipre antes que Otelo.

Un criado de Otelo.

DESDÉMONA, hija de Brabancio y mujer de Otelo.

EMILIA, mujer de Yago.

BLANCA, querida de Casio.

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O vuelvas á tocar esa cuestión, Yago: mucho me pesa que estés tan enterado de eso tú á quien confié mi bolsa, como si fuera tuya.

¿Por qué no me ois? Si alguna vez me ha pasado tal pensamiento por la cabeza, castigadme como os plazca.

¿No me dijiste que le aborrecias?

Y podeis creerlo. Más de tres personajes de esta ciudad le pidieron con la gorra en la mano que me hiciese teniente suyo. Yo sé si valgo como soldado y si sabria cumplir con mi obligacion. Pero él, orgulloso y testarudo se envuelve en mil retóricas hinchadas y bélicas metáforas, y acaba por decirles que no, fundado en que ya tiene su hombre. ¿Y quién es él? Un tal Miguel Casio, florentino, gran matemático, lindo y condenado como una mujer hermosa. Nunca ha visto un campo de batalla, y entiende tanto de guerra como una vieja. No sabe más que la teoría, lo mismo que cualquier togado. Habilidad y práctica ninguna. Á ese ha preferido, y yo que delante de Otelo derramé tantas veces mi sangre en Chipre, en Rodas y en otras mil tierras de cristianos y de gentiles, le he parecido inferior á ese necio sacacuentas. Él será el teniente del moro, y yo su alférez.

¡Ira de Dios! Yo mejor seria su verdugo.

Cosa inevitable. En la milicia se asciende por favor y no por antigüedad. Decidme ahora si hago bien ó mal en aborrecer al moro.

Pues entonces, ¿por qué no dejas su servicio?

Sosiégate: le sigo por mi interes. No todos podemos mandar, ni se encuentran siempre fieles criados. A muchos verás satisfechos con su condición servil, bestias de carga de sus amos, á quienes agradecen la pitanza, aunque en su vejez los arrojen á la calle. ¡Qué lástima de palos! Otros hay que con máscara de sumision y obediencia atienden sólo á su utilidad, y viven y engordan á costa de sus amos, y llegan á ser personas de cuenta. Éstos aciertan, y de éstos soy yo. Porque habeis de saber, Rodrigo, que si yo fuera el moro, no seria Yago, pero siéndolo, tengo que servirle, para mejor servicio mio. Bien lo sabe Dios: si le sirvo no es por agradecimiento ni por cariño ni obligación, sino por ir derecho á mi propósito. Si alguna vez mis acciones dieran indicio de los ocultos pensamientos de mi alma, colgarla de la manga mi corazón para pasto de grajos. No soy lo que parezco.

¡Qué fortuna tendría el de los labios gruesos, si consiguiera lo que desea!

Vete detrás del padre: cuenta el caso por las plazas: amotina á todos los parientes, y aunque habite en delicioso clima, hiere tú sin cesar sus oidos con moscas que le puncen y atormenten: de tal modo que su misma felicidad llegue á él tan mezclada con el dolor, que pierda mucho de su eficacia.

Hemos llegado á su casa. Le llamaré.

Llámale á gritos y con expresiones de angustia y furor, como si de noche hubiese comenzado á arder la ciudad.

¡Levantaos, señor Brabancio!

¡Levantaos, Brabancio! ¡Que los ladrones se llevan vuestra riqueza y vuestra hija! ¡Al ladrón, al ladrón!

¿Qué ruido es ese? ¿Qué pasa?

¿Teníais en casa toda la familia?

¿Estaban cerradas todas las puertas?

¿Por qué esas preguntas?

Porque os han robado. Vestios presto, por Dios vivo. Ahora mismo está solazándose con vuestra blanca cordera un macho negro y feo. Pedid ayuda á los ciudadanos, ó si no, os vais á encontrar con nietos por arte del diablo. Salid.

¿Te has vuelto loco?

¿No me conocéis, señor?

No te conozco. ¿Quién sois?

Soy Rodrigo, señor.

¡Señor, señor!

Pero has de saber que mi condicion y mi nobleza me dan fáciles medios de vengarme de ti.

Calma, señor.

¿Qué decias de robos? ¿Estamos en despoblado o en Venecia?

Respetable señor Brabancio, la intencion que à vos me trae es buena y loable.

Vos, señor Brabancio, sois de aquellos que no obedecerian al diablo aunque él les mandase amar a Dios. ¿Asi nos agradeceis el favor que os hacemos? ¿O será mejor que del cruce de vuestra hija con ese cruel berberisco salgan potros que os arrullen con sus relinchos?

¿Quién eres tú que tales insolencias ensartas? Eres un truhan.

Y vos... un consejero.

Caro te ha de costar, Rodrigo.

Como querais. Sólo os preguntarė si consentisteis que vuestra hija, á hora desusada de la noche, y sin más compañía que la de un miserable gondolero, fuera á entregarse á ese moro soez. Si fué con noticia y con- sentimiento vuestro , confieso que os hemos ofendido, pero si fué sin saberlo vos, ahora nos reñis injusta- mente. ¿Cómo habia de faltaros al respeto yo, que al fin soy noble y caballero ? Insisto en que vuestra hija os ha hecho muy torpe engaño, á no ser que la hayais dado licencia para juntar su hermosura, su linaje y sus tesoros con los de ese infame aventurero, cuyo origen se ignora. Vedlo : averiguadlo; y si por casua- lidad la encontrais en su cuarto o en otra parte de la casa, podeis castigarme como calumniador, conforme lo mandan las leyes.

¡Dadme una luz! Despierten mis criados. Sueño pa- rece lo que me pasa. El recelo basta para matarme. ¡Luz, luz! (Brabancio se quita de la ventana.)

Me voy. No me conviene ser testigo contra el moro. A pesar de este escándalo, no puede la Republica des- tituirle sin grave peligro de que la isla de Chipre se pierda. Nadie más que él puede salvarla, ni á peso de oro se encontraria otro hombre igual. Por eso, aunque le odio más que al mismo Lucifer, debo fingirme su- miso y cariñoso con él y aparentar lo que no siento. Los que vayan en persecucion suya, le alcanzarán de seguro en el Sagitario. Yo estaré con él. Adios. (Se va.)

Cierta es mi desgracia. Ha huido mi hija. Lo que me resta de vida será una cadena de desdichas.Res póndeme, Rodrigo. ¿Dónde viste á mi niña? ¿La viste con el moro? Respondeme. ¡Ay de mi! ¿La conociste bien? ¿Quién es el burlador? ¿Te habló algo? ¡Luces, luces! ¡Levántense todos mis parientes y familiares! ¿Estarán ya casados? ¿Qué piensas tú?

Creo que lo estarán.

¿Y cómo habrá podido escaparse? ¡Qué traicion más negra! ¿Qué padre podrá desde hoy en adelante tener confianza en sus hijas, aunque parezcan honestas? Sóbranle al demonio encantos y brujerias con que triunfar de su recato. Rodrigo, ¿no has visto en libros algo de esto?

Algo he leido.

Despertad á mi hermano. ¡Ojalá que la hubiera yo casado con vos! Corred en persecucion suya, unos por un lado, otros por otro. ¿Dónde podríamos encontrarla á ella y al moro?

Yo los encontraré fácilmente, si me dais gente de brios que me acompañe.

En la guerra he matado sin escrúpulo á muchos, pero tengo por pecado grave el matar a nadie de caso pensado. Soy demasiado bueno, más de lo que convendria á mis intereses. Ocho o diez veces anduve à punto de traspasarle de una estocada.

Prefiero que no lo hayas hecho.

Pues yo lo siento, porque anduvo tan provocativo y tales insolencias dijo contra ti, que yo que soy tan poco sufrido, apenas pude irme a la mano. Pero dime, ¿os habeis casado ya? El senador Brabancio es hombre de mucha autoridad y tiene más partido que el mismo Dux. Pedirá el divorcio, invocará las leyes, y si no consigue su propósito, os inquietará de mil modos.

Por mucho que él imagine, más han de poder los servicios que tengo hechos al Senado. Todavía no he dicho a nadie, pero lo diré ahora que la alabanza puede honrarme, que desciendo de reyes, y que merezco la dicha que he alcanzado. A fe mia, Yago, que si no fuera por mi amor á Desdémona, no me hubiera yo sometido, siendo de tan soberbia condicion, al servicio de la República, aunque me dieran todo el oro de la otra parte de los mares. Pero ¿qué antorchas veo alli?

Son el padre y los parientes de Desdémona, que vienen furiosos contra ti. Retírate.

No, aqui me encontrarán, para que mi valor, mi nobleza y mi alma dén testimonio de quién soy. ¿Llegan?

Me parece que no, por vida mia.

Es mi teniente con algunos criados del Dux. Buenas noches, amigos mios. ¿Qué novedades traeis?

General, el Dux me envia á que os salude, y desea veros en seguida.

Pues ¿qué sucede?

Deben de ser noticias de Chipre. Es urgente el peligro. Esta noche han llegado uno tras otro, doce mensajeros de las galeras, y el Dux y muchos consejeros están secretamente reunidos, a pesar de ser tan avanzada la hora. Os llaman con mucha prisa: no os han encontrado en vuestra posada, y á mi me han enviado más de una vez en busca vuestra.

¿Cómo aqui, alférez Yago?

Calculo que esta noche he alcanzado buena presa.

No lo entiendo.

El moro se ha casado.

¿Y con quién? (Sale Otelo.)

Con... ¿En marcha, capitan?

Andando.

Mucha gente viene buscándoos.

Son los de Brabancio. Cuidado, general, que no traen buenas intenciones. (Salen Brabancio, Rodrigo y alguaciles con armas y teas encendidas.)

Deteneos.

Aquí está Otelo, señor.

Ea, caballero Rodrigo: aqui, à pie firme, os espero.

Envainad esos aceros virgenes, porque el rocio de la noche podria violarlos. Venerable anciano, vuestros años me vencen más que vuestra espada.

¡Infame ladron! ¿Donde tienes á mi hija? ¿Con qué hechizos le has perturbado el juicio? Porque si no la hubieras hechizado con artes diabòlicas, como seria posible que una niña tan hermosa y tan querida y tan sosegada, que ha despreciado los más ventajosos casamientos de la ciudad, hubiera abandonado la casa de su padre, atropellando mis canas y su honra, y siendo ludibrío universal, para ir a entregarse à un asqueroso monstruo como tú, afrenta del linaje humano, y cuya vista no produce deleite sino horror? ¡Que digan cuantos tengan recto juicio si aqui no han intervenido malas artes y engaño del demonio, por virtud de brebajes ó de drogas que trastornan el seso, y encadenan el libre albedrío! Yo he de ponerlo todo en claro. Y entre tanto aquí te prendo y te acuso criminalmente como embaidor y hechicero, que pro- fesa ciencias malas y reprobadas. Prendedle, y si se re- siste , matadle.

Deteneos, amigos y adversarios. Yo sé cuál es mi obligacion cuando se trata de pelear. Ahora debo responder en juicio. Dime en dónde.

Por de pronto irás un calabozo, hasta que la ley te llame á comparecer ante el tribunal.

¿Y crees que el Dux te lo agradecerá ? Mira : todos éstos han venido de su parte, llamándome á compa- recer ante él para un gran negocio de Estado.

¿Llamarte el Dux á consejo? ¿Y a media noche? ¿Para qué? Prendedle: que el Dux y el Consejo han de sentir esta afrenta mia como propia suya. Porque si tales crímenes hubieran de quedar impunes, valdria

Estas noticias entre sí no tienen relación.

En verdad que no concuerdan, porque según las cartas que yo he recibido, las galeras son 107.

Pues aquí dice que 137.

Y esta que yo tengo asegura que llegan á 200. Pero aunque en el número no convengan (y en tales ocasiones bien fácil es equivocarse), lo cierto y averiguado es que una armada turca navega hacia Chipre.

Esto es lo principal y lo indudable, y esta es bastante causa para nuestros temores.

(Dentro.) Ah del Senado!

Trae noticias de la armada. (Sale el marinero.)

¿Qué sucede?

¿Qué pensais de esta novedad?

No la creo: es algun ardid para engañarnos. No sólo Chipre es para el turco conquista más importante que la de Rodas, sino más fácil, por estar enteramente desguarnecida, y ser menos fuerte por naturaleza. Y no hemos de creer tan necio al turco, que deje lo cierto por lo dudoso, empeñándose en una empresa estéril y de dudoso resultado.

Para mi es seguro que no piensa en atacar á Rodas.

Ahora llegan otras noticias. (Entra el marinero 2.°)

Ilustrísimo Senado, el turco se ha reforzado en Rodas con buen número de naves.

Lo sospeché. ¿Sabes cuántas?

Treinta. Y ahora navega de retorno hacia Chipre, con propósito manifiesto de atacarla. Esto me manda á deciros con todo respeto vuestro fiel servidor Montano.

No hay duda que atacarán a Chipre. ¿Está alli Már cos Luchesi?

Escribidle de mi parte que vuelva en seguida.

Aquí llegan Brabancio y el moro.

Esforzado Otelo, necesario es que sin dilacion salgais á combatir al turco. (A Brabancio.) Señor, bien venido seais: no os vi al entrar. ¡Lástima que esta noche nos hayan faltado vuestra ayuda y consejo!

Más me ha faltado á mi el vuestro. Perdon, señor. No me he levantado tan à deshora por tener yo noticia de este peligro, ni ahora me conmueven las calamidades públicas, porque mi dolor particular, como despeñado torrente, lleva delante de sí y devora cuantos pesares se le atraviesan en el camino.

¿Qué ha acontecido?

¡Ay hija mia, desdichada hija mia!

¿Ha muerto?

Sea quien fuere el autor de vuestra afrenta, el que ha privado de la razon á vuestra hija y la ha arrancado de vuestra casa, vos mismo aplicareis con inflexible rigor la sangrienta ley, aunque recaiga en mi propio hijo.

Gracias, señor. Quien la robó es el moro.

¡Lástima grande!

¿Qué contestais, Otelo? ¿Qué podeis decir en propia defensa?

¿Qué ha de decir, sino confesar la verdad?

Generoso é ilustre Senado, dueños y señores mios, confieso que he robado á la hija de este anciano, y que me he casado con ella, pero ese es todo mi delito. Mi lenguaje es tosco: la vida del campo no me ha dejado aprender palabras suaves, porque desde que apenas contaba yo seis años y mis brazos iban cobrando vigor, los he empleado en las lides, y por eso sé menos del mundo que de las armas. Mala será, pues, mi defensa, y poco ha de aprovecharme; con todo eso, si me otorgais, vénia, os contaré breve y sencillamente como llegue al término de mi amor, y con qué filtros y hechicerias logré vencer à la hija de Brabancio.

¡Una niña tan tierna é inocente que de todo se ruborizaba! ¿cómo habia de enamorarse de un mons truo feisimo como tú, que ni eres de su edad, ni de su indole ni de su tierra? Es aberracion contra naturaleza suponer tal desvario en una niña que es la misma perfeccion. No: sólo con ayuda de Satanas puedes haber triunfado. Por eso vuelvo á sostener que has alterado su sangre con yerbas ó con veneno.

No basta que lo creais ni que lo sospecheis. Es necesario probarlo, y las conjeturas no son pruebas.

Dime, Otelo, ¿es cierto que la has seducido con algun engaño, ó es que mutuamente os amabais?

Mandad á buscar á mi esposa, que está á bordo del Sagitario . Ella sabrá defenderse y contestarle á su padre. Y si despues de oirla me condenais, no sólo despojadme del mando que me habeis confiado, sino condenadme á dura muerte.

Que venga Desdémona.

Acompáñalos, alférez mio. (A Yago.) Tú sabes dónde está. Y mientras llega, yo, tan sinceramente como á Dios me confieso, os referiré de qué manera fué creciendo el amor de esa dama y el mio.

Hablad, Otelo.

Era su padre muy amigo mio, y con frecuencia me convidaba, gustando de oirme contar mi vida año por año: mis viajes, desastres, peleas y aventuras. Todo se lo referí, cuanto me habia sucedido desde mis primeros años: naufragios y asaltos de mar y tierra, en que á duras penas salvé la vida: cómo fuí vendido por esclavo: cómo me rescaté, y cómo peregriné por desiertos, cavernas, precipicios, y rocas que parecen levantarse a las nubes: le hablé de los antropófagos caribes que se devoran los unos á los otros, y de aquellos pueblos que tienen la cabeza bajo los hombros. Desdémona escuchaba con avidez mi relacion, levantándose á veces cuando la llamaban las faenas de la casa, pero volviendo á sentarse en cuanto volvia, y devorando con los oidos mis palabras. Yo lo advertí, y aprovechando una ocasion favorable, hice que un dia estando á solas, me pidiese la entera relacion de mi vida. La hice llorar, contándole las desgracias de mis primeros años, y con lágrimas y sollozos premió mi narracion, que llamaba lastimosa y peregrina. Me dió mil gracias y acabó diciéndome que si algun dia era yo amigo de algun amante suyo, le enseñase á contar aquella historia, porque era el modo más seguro de vencerla. Esto me dijo. Ella me amó por mis trabajos, victorias y desdichas. Yo la amé por su compasion, y no hubo más sortilegios. Aquí llega Desdémona que puede dar testimonio de ello.

Y pienso que aún mi hija se hubiera movido á compasion con tal historia. Respetable Brabancio, consolaos y echadlo todo á buena parte. Más vale en la lid espada vieja que mano desarmada.

Oigámosla, señor, y si ella me confiesa que le tuvo algun cariño, ¡caiga sobre mí la maldicion del cielo, si vuelvo á quejarme de ellos! Ven acá, niña: entre todos los que están aquí congregados ¿á quién debes obedecer más?

Padre mio, dos obligaciones contrarias tengo: vos me habeis dado el sér y la crianza, y en agradecimiento á una y otra debo respetaros y obedeceros como hija. Pero aquí veo á mi esposo, y creo que debo preferirle, como mi madre os prefirió a su padre, y os obedeció más que á él. El moro es mi esposo y mi señor.

¡Dios sea en tu ayuda! Nada más puedo decir, señor; si quereis, tratemos ahora de los negocios de la República. ¡Cuánto más vale adoptar á un hijo extraño que tenerlos propios! Óyeme, Otelo: de buena voluntad te doy todo lo que te negaria, si ya no lo tuvieras. Desdémona, ¡cuánto me alegro de no tener más hijos! Porque despues de tu fuga, yo los hubiera encarcelado y tratado como tirano.

Poco voy á decir, y quiero que mis palabras sirvan como de escalera que hagan entrar en vuestra gracia á esos enamorados. ¿De qué sirven el llanto y las quejas cuando no hay esperanza? Sólo de acrecentar el dolor. Pero el alma que se resigna con serena firmeza, burla los embates de la suerte. Quien se ria del ladron podrá robarle, y al contrario el que llora es ladron de sí mismo.

No estemos ociosos, mientras que el turco nos arre bata á Chipre. No estemos sosegados y con la risa en los labios. Poco le importa la condenacion ajena al que sale libre del tribunal, pero no así al mísero reo que sólo tiene el recurso de conformarse con la sentencia y el dolor. Siempre son oportunas vuestras sentencias, pero de sentencias no pasan, por más que digan que las dulces palabras curan el ánimo. Hablemos ya de los asuntos de la República.

Poderosa escuadra otomana va á atacar á Chipre. Vos, Otelo, conoceis bien aquella isla, y aunque teneis un teniente de toda nuestra confianza, la opinion, dueña del éxito, os cree más idóneo que á él. No os pese de interrumpir vuestra dicha de hoy con esta nueva y peligrosa expedicion.

Generoso Senado, la costumbre ha trocado para mí en lecho de muelle pluma el siliceo y férreo tálamo de la guerra. Mi corazon está dispuesto siempre al peligro. Ya ardo en deseos de encontrarme con el turco. Humildemente os pido que presteis á mi esposa, durante mi ausencia, el acatamiento que á su rango se debe, con casa y criados dignos de ella.

Que viva en casa de su padre.

De ninguna suerte.

No, en modo alguno.

Ni yo tampoco quiero turbar la tranquilidad de mi padre, estando siempre delante de sus ojos. Oid propicio, señor, lo que quiero deciros, y concededme una sencilla peticion.

¿Cuál, Desdémona?

Que no quiero separarme del moro ni un punto solo: para eso me rendí á él como el vasallo al monarca: no me enamoré de su rostro sino de su valor y de sus hazañas: por eso le rendí mi alma y mi vida. Si él va ahora á la guerra, y yo como polilla me quedo en la paz, ¿de qué me ha servido este enlace? ¿Qué fruto cogeré de él sino llorar en triste soledad su ausencia? Quiero acompañarle.

Concédaselo el ilustre Senado, y á fe mia que no lo deseo por carnal apetito y brutal ardor (que ya se va apagando el de mi sangre africana), sino por corresponder á su generoso amor. Y no temais que por ella olvide el alto empeño que me fiais. No ¡vive Dios! Y si alguna vez la torpe lujuria amortigua ó entorpece mis sentidos, ó roba vigor á mi brazo, consentiré que las viejas truequen mi yelmo en olla ó marmita, y que caiga sobre mi nombre la niebla de oscuridad.

Conviene que resolvais pronto si ella le ha de acompañar ó no.

Debeis salir esta misma noche.

Nos reuniremos á las nueve. Un oficial que para esto dejeis os enviará los despachos y las insignias de vuestra dignidad, Otelo.

Si quereis, puede quedarse mi alférez, cuya probidad tengo experimentada. Él podrá acompañar á mi mujer, si consentis en ello.

Así será. Buenas noches. Oidme una palabra, Brabancio: si la virtud es el mejor adorno, no hay duda que vuestro yerno es hermoso.

Moro, amad mucho á Desdémona.

Moro, guárdala bien, porque engaño á su padre, y puede engañarte á ti.

¡Con mi vida respondo de su fidelidad! Yago, te confio á Desdémona: tu mujer puede acompañarla. Llévala pronto á Chipre. Ven, hermosa mia: sólo una hora nos queda para coloquios de amor. El tiempo urge, y es preciso conformarse al tiempo.

Yago.

¿Qué dices, noble caballero?

¿Y qué imaginas tú que haré?

Acostarte y reposar.

Voy á echarme de cabeza al agua.

Si haces tal locura, no seremos amigos. ¡Vaya un mentecato!

La locura es la vida cuando la vida es dolor, y la mejor medicina de un ánimo enfermo es la muerte.

¿Y qué he de hacer? Me avergüenzo de estar enamorado, pero ¿cómo remediarlo?

¿Pues no has de remediarlo? La voluntad es el hortelano de la vida, y puede criar en ella ortigas y cardos, ó hisopos y tomillo: una sola yerba ó muchas: enriquecer la tierra ó empobrecerla: tenerla de barbecho ó abonarla. Para eso es la prudencia, el seso y el libre albedrío. Si en la balanza de la humana naturaleza, el platillo de la razon no contrapesara al de los sentidos, nos llevaria el apetito á cometer mil aberraciones. Pero por dicha tenemos la luz de la mente que doma esa sensualidad, de la cual me parece que no es más que una rama lo que llamais amor.

No lo creo.

Hervor de sangre, y flaqueza de voluntad. Muéstrate hombre. No te ahogues en poca agua. Siempre he sido amigo tuyo, y estoy ligado á tí por invencible afecto. Ahora puedo servirte como nunca. Toma dinero: síguenos á la guerra, disfrazado y con barba postiza. Toma dinero. ¿Piensas tú que á Desdémona le ha de durar mucho su amor por el moro? Toma dinero. ¿Qué ha de durar? ¿No ves que el fin ha de ser tan violento como el principio? Toma dinero. Los moros son versátiles é inconstantes. Dinero, mucho dinero. Pronto le amargará el dulzor de ahora. Ella es joven y ha de cansarse de él, y caer en infidelidad y mudanza. Toma dinero. Y si te empeñas en irte al infierno, véte de un modo algo más dulce que ahogándote. Recoge todo el dinero que puedas. Tú la logra rás, si es que mis artes y el poder del infierno no bastan á triunfar de la bendicion de un clérigo, y de un juramento de amor prestado á un salvaje vagabundo por una discretísima veneciana. Toma dinero, mucho dinero. No te ahogues, ni te vuelvas loco. Más vale que te ahorquen despues que la hayas poseido, que no ahogarte antes.

¿Me prometes ayudarme, si me arrojo á tal empresa?

No lo dudes. Pero toma dinero. Te repetiré lo que mil veces te he dicho. Aborrezco de muerte al moro: yo sé por qué, y la razon es poderosa. Tú no le aborreces menos. Conjurémonos los dos para vengaroos. Tú tendrás el deleite, yo la risa. Muchas cosas andan envueltas en el seno del porvenir. Véte, y toma dinero y disfrázate. Mañana volveremos á hablar. Pásalo bien.

¿Dónde nos veremos?

En mi posada.

Iré temprano.

Así sea. ¿Rodrigo?

¿Tienes más que decirme?

No te ahogues. ¿Eh?

Ya no pienso en eso: voy á convertir en dinero todo lo que poseo.

Hazlo así, y mucho dinero, mucho dinero en el bolsillo. (Se va Rodrigo.) Este necio será mi tesorero. Bien poco me habia de servir mi experiencia del mundo si yo fuera á perder más tiempo con él. Pero aborrezco al moro, porque se susurra que enamoró á mi mujer. No sé si es verdad, pero tengo sospechas, y me bastan como si fueran verdad averiguada. Él me estima mucho: así podré engañarle mejor. Casio es apuesto mancebo. ¡Qué bien me: valdria su empleo! Así mataria dos pájaros á la vez. ¿Qué haré? Yo he de pensarlo despacio. Dejaré correr algun tiempo, y luego me insinuaré en el ánimo de Otelo, haciéndole entender que es muy sospechosa la amistad de Casio con su mujer. Las apariencias suyas, son propias para seducir á las hembras. Por otra parte, el moro es hombre sencillo y crédulo: á todos cree buenos, y se dejará llevar del ronzal como un asno. ¡Ya he encontrado el medio! ¡Ya voy engendrando mi plan! ¡El infierno le dará luz para salir!

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Ué se descubre en alta mar?

Nada distingo, porque la tormenta crece, y confundidos mar y cielo no dejan ver ni una sola nave.

Paréceme que el viento anda muy desatado en tierra: nunca he visto en nuestra isla temporal tan horrendo. Si es lo mismo en altamar, qué quilla, por fuerte que sea, habrá podido resistir al empuje de esos montes de olas? ¿Qué resultará de aquí?

Sin duda el naufragio de la armada de los turcos. Pero acerquémonos á la orilla, y ved como las espu mosas olas quieren asaltar las nubes, y óomo arrojan su rugidora, ingente y líquida cabellera sobre la ardiente Osa, como queriendo apagar el brillo de las estrellas del polo inmóvil. Nunca he visto tal tormenta en el mar.

Es seguro que la armada turca ha perecido, á menos que se haya refugiado en algun puerto ó ensenada. Imposible parece que resista á tan brava tempestad.

Albricias, amigos mios. Acabó la guerra. La tormenta ha dispersado las naves turcas. Una de Venecia, que ahora llega, ha visto naufragar la mayor parte de los barcos, y á los restantes con graves averías.

¿Dices verdad?

Ahora acaba de entrar en el puerto la nave, que es Veronesa. De ella ha desembarcado Miguel Casio, teniente de Otelo, el esforzado moro, quien arribará de un momento á otro, y trae toda potestad del gobierno de Venecia.

Mucho me complace la eleccion de tan buen gobernador.

Ojalá se salve. Yo he peleado cerca de él, y es bravo capitan. Vamos á la playa, á ver si Otelo llega, ó se descubre en el mar su nave, aunque sea en el límite donde el azul del cielo se confunde con el del mar.

No nos detengamos: puede estar ahí dentro de un instante. (Sale Casio.)

Valerosos isleños, gracias por el amor que mostrais al moro. Ayúdele el cielo contra la furia de los elementos, que me separaron de él en lo más recio de la borrasca.

¿Es fuerte su navío?

Y bien carenado, y lleva un piloto de larga ciencia y experiencia. Por eso no pierdo aún toda esperanza.

¿Qué ruido es ese?

El pueblo se agolpa á la playa, gritando «una vela.»

El alma me está diciendo que es la de Otelo. (Se oye el disparo de un cañon.)

Preguntad quién ha llegado.

No tardaré. (Vase.)

Decid, señor Casio: ¿el gobernador es casado?

É hizo una gran boda, porque su dama es de tal perfeccion y hermosura que ni pluma ni lengua humana pueden describirla, y vence todos los primores del arte la realidad de sus encantos. (Sale el caballero 2.°) ¿Quién ha llegado?

Yago, el alférez del gobernador.

Rápido y feliz ha sido su viaje. Huracanes, mares alborotados, vientos sonoros, bancos de arena y falaces rocas, escollo del confiado navegante, han amansado un instante su natural dureza, cual si tuvieran entendimiento de hermosura, para dejar paso libre y seguro á Desdémona.

¿Y quién es Desdémona?

Gracias, amigo Casio. ¿Qué sabeis de mi marido?

Todavía no ha llegado, pero puedo deciros que está bueno y que no tardará.

Mi temor es que... ¿Por qué no vinisteis juntos?

Nos separamos en la tremenda porfía del cielo y del mar. (Voces de «una vela, una vela». Cañonazos.) ¿Ois? Una vela se divisa.

Han hecho el saludo á la playa. Gente amiga son.

Veamos qué novedades hay. Salud, alférez, y vos, señora (á Emilia). (La besa). No os enojeis, señor Yago, por esta libertad, que no es más que cortesía.

Bien os portariais si con los labios os deleitase tanto como á mí con la lengua.

A veces más de lo justo, sobre todo cuando tengo sueño. Sin duda, delante de vos se reporta, y riñe sólo con el pensamiento.

¿Y puedes quejarte de mí?

Eres tan buena como las demas mujeres. Sonajas en el estrado, gatas en la cocina, santas cuando ofendeis, demonios cuando estais agraviadas, perezosas en todo menos en la cama.

¡Deslenguado!

Verdades digo. Y todavía la cama os parece estrecha.

¡Buen panegírico harias de mi!

Más vale no hacerle.

Y si tuvieras que hacer el mio, ¿qué dirias?

No me desafieis, señora, porque no acierto á decir nada sin punta de sátira.

Hagamos la prueba. ¿Fué álguien al puerto?

Mi aparente alegría oculta honda tristeza. ¿Qué dirias de mí, si tuvieras que alabarme?

Por más vueltas que doy al magin, con nada atino. Parece que mi ingenio se me escapa como liga de frisa. Hé aquí por fin el parto de mi musa. «Si es blanca y rubia, su hermosura engendrará placer de que ella sabiamente participe.»

No dices mal. ¿Y si es morena y discreta?

Si es discreta y morena, puede estar segura de hechizar á algun blanco.

¡Mal, mal!

¿Y si es necia y hermosa?

Nunca la hermosa fué necia, porque no hay ninguna tan necia que no llegue á casarse.

Chistes de mal gusto, frias agudezas de taberna. ¿Qué elogio podrás hacer de la que es necia y fea?

«Ninguna hay tan necia ni tan fea que al cabo no logre ser amada.»

¡Oh ignorante! El mayor elogio para quien menos lo merece. ¿Y qué podrás decir de la mujer virtuosa? en quien no puede clavar el diente la malicia misma.

«La hermosa, que jamas cae en pecado de vanidad, la que no habla palabras ociosas, la que, siendo rica, no hace ostentacion de lujosas galas, la que nunca pasa de la ocasion al deseo, la que no se venga del agravio, aunque la venganza sea fácil, la que nunca equivoca la cabeza del salmon con la cola, la que hace todas las cosas con maduro seso y no por ciego capricho, la que no mira atras aunque la sigan, tal mujer como esta, si pudiera hallarse, seria muy apetecible.»

¿Y para qué la querrias?

Para criar necios y hacer su labor.

Fria y mal entendida conclusion. No hagas caso de él, Emilia, aunque sea tu marido, y tú, Casio, ¿qué dices? ¿No te parece deslenguado é insolente?

(Aparte.) Ahora le coge de la mano: hablad, hablad quedo, aunque la red es harto pequeña para coger tan gran pez como Casio. Mírale de hito en hito: sonríete. Yo te cogeré en tus propias redes. Bien, bien: así está bien. Si de esta manera pierdes tu oficio de teniente, más te valiera no haber besado nunca esa mano. ¡Bien, admirable beso! No te lleves los dedos á la boca. (Óyese una trompeta.) El moro llega.

Él es.

Vamos á recibirle.

Viene por allí.

¡Mi hermosa guerrera!

¡Otelo!

Tan grande es mi alegría como mi admiracion de verte aquí antes de lo que esperaba. Si la tempestad ha de producir luego esta calma, soplen en hora buena los vendavales, levántense las olas y alcen las naves hasta tocar las estrellas, ó las sepulten luego en los abismos del infierno. ¡Qué grande seria mi dicha en morir ahora! ¡Tan rico estoy de felicidad, que dudo que mi suerte me reserve un dia tan feliz como éste!

¡Quiera Dios que crezcan nuestro amor y nuestra felicidad al paso de los años!

¡Quiéralo Dios! Apenas puedo resistir lo intenso de mi alegría: fáltanme palabras y el contento se desborda. ¡Oh, la menor armonía que suene entre nosotros sea la de este beso! (La besa.)

(Aparte.) Todavía estais en buen punto, pero yo trastornaré muy pronto las llaves de esa armonía.

Vamos, amigos. Se acabó la guerra: los turcos van de vencida. ¿Qué tal, mis antiguos compañeros? Bien recibida serás en Chipre, amada mia. Grande honra me hizo el Senado en enviarme aquí. No sé lo que me digo, bien mio, porque estoy loco de placer. Véte á la playa, amigo Yago, haz que saquen mis equipajes, y conduce al castillo al piloto de la nave, que es hombre de valor y de experiencia, y merece ser recompensado. Ven, Desdémona. (Vanse.)

(A Rodrigo.) Espérame en el puerto. Pero oye antes una cosa, si es que eres valiente (y dicen que el amor hace valientes hasta á los cobardes). Esta noche el teniente estará de guardia en el patio del castillo. Has de saber que Desdémona está ciegamente enamorada de él.

Pero cómo?

Déjate guiar por mí. Tú recuerda con qué ardor se enamoró del moro, sólo por haber oido sus bravatas. ¿Pero crees tú que eso puede durar? Si tienes entendimiento ¿cómo has de creerlo? Sus ojos desean contemplar algo agradable, y ver á Otelo es como ver al demonio. Ademas la sangre, despues del placer, se enfria y necesita alimento nuevo: alguna armonía de líneas y proporciones, alguna semejanza de edad ó de costumbres. Nada de esto tiene el moro, y por eso Desdémona se encontrará burlada: empezará por fastidiarse y acabará por aborrecerle, y entonces la naturaleza, que es la mejor maestra, le guiará á nueva eleccion. Y dando por supuestas todas estas cosas llanas y naturales, ¿quién está en más favorable coyuntura que Casio? Él es listo y discreto: conciencia ninguna: todo en él es hipocresía y simulada apariencia y falsa cortesía, para lograr sus torpes antojos. Es un pícaro desalmado: no dejará perder ninguna ocasion oportuna, y hasta sabe fingir favores que no existen. Luego, es mozo y apuesto y posee cuantas cualidades pueden llevar detras de sí los ojos de una mujer. Yo veo que ya piensa en ella.

Pues yo de ella no sospecho nada: me parece la virtud misma.

¡Buena virtud la de tus narices! Si poseyera esa virtud, ¿se hubiera casado con el moro? ¡No está mala la virtud! ¿no has reparado con qué cariño le estrechaba la mano?

Seria cortesía.

Así lo haré.

Tiene mal genio, y fácilmente se incomodará y te pondrá la mano en el rostro; con tal ocasion le desafias, y esto me basta para que se arme un tumulto entre los isleños, que llevan muy á mal el gobierno de Casio. No pararemos hasta quitarle su empleo. Así allanas el camino que puede conducirte á tu felicidad. Yo te ayudaré de mil modos, pero antes hay que derribar el obstáculo mayor, y sin esto no podemos hacer nada.

Haré todo lo que las circunstancias exijan.

Ten confianza en lo que te digo. Esperaré en el castillo, á donde tengo que llevar los cofres del moro. Adios.

Adios. (Se va.)

Para mí es seguro que Casio está enamorado de ella, y parece natural que ella le ame. Á pesar del odio que le tengo, no dejo de conocer que es el moro hombre bueno, firme y tenaz en sus afectos, y á la vez de apacible y serena condicion, y creo que será buen marido para Desdémona. Yo tambien la quiero, y no con torpe intencion (aunque quizá sea mayor mi pecado). La quiero por instinto de venganza, porque tengo sospechas de que el antojadizo mozo merodeó en otro tiempo por mi jardin. Y de tal manera me conmueve y devora esta sospecha, que no quedaré contento hasta verme vengado. Mujer por mujer: y si esto no consigo, trastornar el seso del moro con celos matadores. Para eso, si no me sirve este gozquecillo veneciano que estoy criando para que siga la pista, me servirá Miguel Casio. Yo le acusaré ante el moro de amante de su mujer. (Y mucho me temo que ni áun la mia está segura con Casio.) Con esto lograré que Otelo me tenga por buen amigo suyo y me agradezca y premie con liberal mano, por haberle hecho hacer papel de bestia, enloqueciéndole y privándole de sosiego. Todavía mi pensamiento vive confuso y entre sombras: que los pensamientos ruínes sólo en la ejecucion se descubren del todo.

Miguel, amigo mio, quédate esta noche á guardar el castillo. No olvidemos aquel prudente precepto de la moderacion en la alegría.

Ya he dado mis órdenes á Yago. Con todo eso, tendré la vigilancia necesaria.

Yago es hombre de bien. Buenas noches, Casio. Mañana temprano te hablaré. Ven, amor mio (á Desdémona): despues de comprar un objeto entra el disfrutar de él. Todavía no hemos llegado á la posesion, esposa mia. Buenas noches. (Vanse todos menos Casio y Yago.)

Buenas noches, Yago. Es preciso hacer la guardia.

Aún tenemos una hora: no han dado las diez. El general nos ha despedido tan pronto, por quedarse solo con Desdémona. Y no me extraña: aún no la ha disfrutado, y por cierto que es digna del mismo Jove.

Y tiene trazas de ser alegre y saltadora como un cabrito.

Me parece lozana y hermosa.

Tiene ojos muy provocativos. Parece que tocan á rebato.

Y á pesar de eso, su mirada es honesta.

¿Has oido su voz tan halagüeña que convida á amar?

Ciertamente que es perfectísima.

¡Benditas sean sus bodas! Ven, teniente mio: vaciemos un tonel de vino de Chipre á la salud de Otelo. Allá fuera tengo dos amigos que no dejarán de acompañarnos.

Mala noche para eso, Yago. Mi cabeza no resiste el vino. ¿Por qué no se habrá inventado otra manera de pasar el rato?

Es broma entre amigos. Nada más que una copa. Lo demas lo beberé yo por vos, si os empeñais en decir que no.

Esta noche no he bebido más que un vaso de vino y ése aguado, y así y todo ya siento los efectos. Mi debilidad es tan grande, que no me atrevo á acrecentar el daño.

Cállate. Es noche de alegría. Darás gusto á los amigos.

¿Dónde están?

Ahí fuera. Les diré que entren, si quereis.

Díselo, pero á fe que no lo hago de buen grado.

Con otra copa más que yo le haga beber, sobre la de esta tarde, se alborotará más que un gozquecillo ladrador. Ese Rodrigo, que es un necio, loco de amor, ha bebido esta noche largo y tendido á la salud de Desdémona. Él hace la guardia y con él tres mancebos de Chipre, nobles, pundonorosos y valientes, á quienes ya he exaltado los cascos con largas libaciones. Veremos si Casio, mezclado con esta tropa de borrachos, hace alguna locura, que le acarree enemistades en la isla. Aquí viene. Si esto me sale bien, adelantarán mucho mis proyectos. (Sale Casio con Montano y criados con ánforas de vino.)

Por Dios vivo... ya siento el efecto.

¡Ea! ¡Traed vino! (Canta.) ¡Sacudid, sacudid las copas: el soldado es mortal, y debe beber sin término! ¡Más vino, amigos!

¡Linda cancion, á fe mia!

En Inglaterra la oí: tierra de grandes bebedores. Nada valen en cotejo con ellos daneses, alemanes y flemáticos holandeses.

¿Bebe más el ingles?

Brindo por el general.

¡Oh, dulce Inglaterra! (Canta) «Hubo un rey, noble y caballero, que se llamaba Estéban: las calzas le costaban un doblon, y se enojaba de gastar tanto dinero, y llamaba al sastre ladron. Si esto hacia el que era tan gran monarca, ¿qué has de hacer tú, pobre pechero? ¡A cuántos perdió el subirse á mayores!» ¡Más vino!

Más me gusta esta cancion que la primera.

¿Quereis que la repita?

No, porque quien tales cosas canta merece perder su empleo. En fin. Dios es poderoso, y unos se salvarán y otros se condenarán.

Bien dicho, teniente Casio.

Sin agravio del gobernador, ni de ningun otro personaje, yo creo que me salvaré.

Y yo tambien lo creo, mi teniente.

Pero permitidme que os diga que primero me he de salvar yo, porque el teniente debe ir antes que el alférez. Basta. Cada cual á su negocio... No creais que estoy borracho, amigos mios. Ved: aquí está mi alférez: esta es mi mano derecha, esta mi mano izquierda: os aseguro que no estoy borracho. ¿No veis que hablo con sustancia y concierto?

Hablais en todo seso.

¡Ya lo creo! En entera razon. No vayais á creer que estoy borracho. (Se va.)

Vamos á la explanada á hacer la guardia.

¿Habeis visto á ese mancebo que acaba de irse? Digno es de mandar al lado del mismo César. ¡Lástima que tenga ese vicio, equinoccio de su virtud, porque la iguala! ¡Cuánto lo siento! ¡Pobre isla de Chipre si cuando se la confiara Otelo, acertase Casio á padecer este accidente!

¿Suele embriagarse?

Todas las noches antes de acostarse. Tardaria más de 24 horas en dormirse, si con la bebida no arrullara el sueño.

Bien haríamos en avisar al gobernador con tiempo. Puede que no haya reparado en ello. Tal es la estimacion que profesa á Casio, cuyas buenas cualidades compensan sus defectos. ¿No es verdad?

¿Qué hay de nuevo? Véte detras de Casio: no te detengas. (Se va Rodrigo.)

¡Lástima que el moro otorgue tanta amistad y confianza á un hombre dominado por tan feo vicio! Convendrá hablar á Otelo.

No he de ser yo quien le hable, porque quiero muy de veras á Casio, y me alegraria de curarle. ¿Oyes el ruido? (Voces dentro.)

¡Infame, perverso!

¿Qué sucede, mi teniente?

¿Tú enseñarme á mí? ¡Mil palos le he de dar, á fe de quien soy!

¡Tú apalearme!

¿Y todavía te atreves á replicar?

Manos quedas, señor teniente.

Déjame, ó te señalo en la cara.

¿Beodo yo?

(A Rodrigo.) Echa á correr gritando: «favor, alarma.» (Se va Rodrigo.) Paz, señores. ¡Favor, favor! ¡órden! ¡Buena guardia está la nuestra! (Óyese el tañido de una campana.) ¿Quién tocará la campana? ¡Qué alboroto! ¡Válgame el cielo! Deteneos, señor teniente. Caminais ciego á vuestra ruina.

¿Qué ha sucedido?

Yo me voy en sangre. Me han herido de muerte.

¡Deteneos!

¡Deteneos, teniente Casio! ¡Montano, amigos mios! ¿Tan olvidados estais de vuestras obligaciones? ¿No veis que el general os está dando sus órdenes?

¿Qué pendencia es esta? ¿Estamos entre turcos, ó nos destrozamos á nosotros mismos, ya que el cielo no permitió que ellos lo hiciesen? Si sois cristianos, contened vuestras iras, ó caro le ha de costar al primero que levante el arma ó dé un paso más. Haced callar esta campana que altera el sosiego de la isla. ¿Qué es esto, caballeros? Tú, mi buen Yago, ¿por qué palideces? Cuéntamelo todo. ¿Quién comenzó la pendencia? No me ocultes nada. Tu lealtad invoco.

El motivo no lo sé. Hace poco estaban en tanta paz y armonía como dos novios antes de entrar en el lecho, pero de repente, como si alguna maligna influencia sideral los hubiese tocado, desenvainan los aceros y se atacan y pelean á muerte. Repito que no sé la causa de la rencilla. ¡Ojalá yo hubiera perdido, lidiando bizarramente en algun combate glorioso, las dos piernas que me trajeron á ser testigo de tal escena!

¿Por qué tal atropello, amigo Casio?

Perdonadme, señor: ahora no puedo deciros nada.

Y vos, amigo Montano, que soliais ser tan cortes, y que áun de jóven teniais fama bien ganada de prudente, ¿cómo habeis venido á perderla ahora, cual si fuerais cualquier pendenciero nocturno? Respondedme.

Mis heridas apenas me lo consienten, señor. Vuestro alférez Yago os podrá responder por mí. No tengo conciencia de haber ofendido á nadie esta noche, de obra ni de palabra, á no ser que sea agravio el defender la propia existencia contra un agresor injusto.

¡Vive Dios! Ya la sangre y la pasion vencen en mí al juicio. Y si llego á enojarme y á levantar el brazo, juro que el más esforzado ha de caer por tierra. Decidme cómo empezó la cuestion, quién la provocó. ¡Infeliz de él, aunque fuera mi hermano gemelo! ¿Estabais locos? Cuando todavía resuenan en el castillo los gritos de guerra, cuando aún estarán llenas de terror las gentes de la isla, ¿mis propios guardas han de alterar el sosiego de la noche con disputas y rebatos? Dímelo con verdad, Yago. ¿Quién comenzó?

No te juzgaré buen soldado, si por amistad con Casio faltas á la verdad.

No me obligueis tan duramente. Antes que faltar á mi amigo Casio, me morderia la lengua. Pero hablaré, porque creo que el decir yo la verdad no le perjudica en nada. Las cosas pasaron así, señor gobernador. Estaba Montano hablando conmigo, cuando se nos acercó un mancebo pidiéndonos ayuda contra Casio que venia detras de él, espada en mano. Este amigo se interpuso y rogó á Casio que se detuviera. Yo corrí detras del fugitivo, para que no alarmara al pueblo con sus gritos, como al fin sucedió, porque no pude alcanzarle. Con esto volví á donde sonaba ruido de espadas, y juramentos de Casio, que nunca hasta esta noche se le habian oido. Andaba entre ellos tan recia y trabada la pelea como cuando vos los separasteis. Nada más sé ni puedo deciros. El hombre es hombre, y el más justo cae y peca. Y tengo para mí que aunque Casio golpeó á Montano, como hubiera podido golpear á su mejor amigo en un arrebato de furor, fué sin duda porque habia recibido del fugitivo alguna ofensa intolerable.

¿Qué ha sido esto?

Ya está acabado todo, amiga mia. Vámonos á descansar. Yo haré curar vuestra herida, caballero, (á Montano.) Yago, procura calmar al pueblo, si es que anda alterado con la riña. Vámonos, Desdémona. Esta es la vida del guerrero. Hasta en el seno del placer viene á despertarle ruido de armas. (Quedan solos Casio y Yago.)

¿Estais herido, teniente?

Sí, y no hay cirujano que pueda curarme.

¡No lo quiera Dios!

¡He perdido la fama, el buen nombre, lo más espiritual y puro de mi sér, y sólo me queda la parte brutal, ¡El buen nombre, el buen nombre, Yago!

Por Dios vivo, creí que habiais recibido alguna herida material, la cual debiera angustiaros más que la pérdida de la fama. La fama no es sino vano ruido y falsedad é impostura, que las más veces se gana sin mérito y se pierde sin culpa. Y si vos no dais por perdida la fama, de fijo que no la habeis perdido. ¡Valor, amigo Casio! Medios teneis para volver á la gracia del general. Os ha quitado el empleo en un momento de ira, y más por política y buen parecer, que por mala intencion. Así pega uno á veces al perro fiel, para asus tar al bravo leon. Suplicadle, pedidle perdon, y todo os lo concederá.

¡Cómo ha de atreverse á suplicar nada á un jefe tan íntegro y bueno, un oficial tan perdido, borracho, y sin seso como yo! ¡Embriagarme yo, perder el juicio, hablar por los codos, disputar, decir bravatas y reñir hasta con mi sombra! ¿Cómo te llamaré, espíritu incorpóreo del vino, que aún no tienes nombre? Sin duda que debo llamarte demonio.

¿Y á quién perseguiais con el acero desnudo? ¿Qué os habia hecho?

Lo. ignoro.

¿Es posible?

Muchas cosas recuerdo, pero todas confusas é incoherentes. Sólo sé que hubo una pendencia, pero de la causa no puedo dar razon. ¡Dios mio! ¿No es buena locura que los hombres beban á su propio enemigo, y que se conviertan, por medio del júbilo y de la algazara, en brutos animales?

Ya os vais serenando. ¿Cómo habeis recobrado el juicio tan pronto?

Esa moral es severa con exceso. Por la hora, por el lugar, y por el estado intranquilo de la isla, valiera más que esto no hubiera sucedido, pero ya que pasó y no podeis remediarlo, tratad de reparar el yerro.

Cuando yo le vuelva á pedir mi empleo, me llamará borracho. Aunque yo tuviera todas las bocas de la hidra, esta respuesta bastaria para hacerlas callar. ¡Pasar yo en breve rato desde el estado de hombre juicioso al de loco frenético y luego al de bestia! ¡Qué horror! Cada copa es una maldicion del infierno, cada botella un demonio.

No digais eso, que el buen vino alegra el corazon humano, cuando no se abusa de él. No creo, teniente Casio, que dudareis de la firmeza de mi amistad.

Tengo pruebas de ello. ¡Borracho yo!

Me das un buen consejo.

Y tan sincero y honrado como es mi amistad hácia vos.

Así lo creo. Lo primero que haré mañana será rogar á Desdémona, que interceda por mí. Si ella me abandona, ¿qué esperanza puede quedarme?

Bien decis. Buenas noches, teniente. Voy á la guardia.

Buenas noches, Yago.

¿Y quién dirá que soy un malvado, y que no son buenos y sanos mis consejos? Ese es el único modo de persuadir á Otelo, y muy fácil es que Desdémona interceda en favor de él, porque su causa es buena, y porque Desdémona es más benigna que un ángel del cielo. Y poco le ha de costar persuadir al moro. Aunque le exigiera que renegase de la fe de Cristo, de tal manera le tiene preso en la red de su amor, que puede llevarle á donde quiera, y le maneja á su antojo. ¿En qué está mi perfidia, si aconsejo á Casio el medio más fácil de alcanzar lo que desea? ¡Diabólico consejo el mio! ¡Arte propia del demonio engañar á un alma incauta con halagos que parecen celestiales! Así lo hago yo, procurando que este necio busque la intercesion de Desdémona, para que ella niegue al moro en favor de él. Y entre tanto yo destilaré torpe veneno en los oidos del moro, persuadiéndole que Desdémona pone tanto empeño en que no se vaya Casio, porque quiere conservar su ilícito amor. Y cuanto ella haga por favorecerle, tanto más crecerán las sospechas de Otelo. De esta manera convertiré el vicio en virtud, tejiendo con la piedad de Desdémona la red en que ambos han de caer. (Sale Rodrigo.) ¿Qué novedades traes, Rodrigo?

Sigo la caza, pero sin fruto. Mi dinero se acaba: esta noche me han apaleado, y creo que el mejor desenlace de todo seria volverme á Venecia, con alguna experiencia de más, harto duramente adquirida, y con algunos ducados de menos.

¡Pobre del que no tiene paciencia! ¿Qué herida se curó de primera intencion? No procedemos por ensalmos, sino con maña y cautela, y dando tiempo al tiempo. ¿No ves en qué estado andan las cosas? Es verdad que Casio te ha apaleado, pero él en cambio pierde su oficio. La mala yerba crece sin sol, pero la flor temprana es señal de temprana fruta. Ten paciencia y sosiego. Véte á tu posada: luego sabrás lo restante: véte, véte. Dos cosas tengo que hacer. La primera, hacer que mi mujer ayude á Desdémona en su peticion á favor de Casio: y cuando ella esté suplicando con más ahinco, me interpondré yo y hablaré al moro. No es ocasion de timideces ni de esperas.

i: i

O os pago. Tocad un breve rato para festejar el natalicio del gobernador.

Señores, ¿vuestros instrumentos han adquirido en Nápoles esa voz tan gangosa?

¿Qué decis?

Tomad dinero: el gobernador gosta tanto de vuestra música que os paga para que no continueis,

Bien, señor. Callaremos,

Tocad sólo alguna música que no se oiga, si es que la sabeis. En cuanto a la que se oye, el general no puede sufrirla.

Nunca hemos sabido tales músicas.

Pues idos con la vuestra á otra parte, porque si no, me iré yo. ¡Idos lejos! (Se van.)

¿Oyes, amigo?

No oigo al amigo: te oigo, á tí.

Basta de bromas: toma una moneda de oro. Si la dama que acompaña á la mujer del gobernador está ya levantada, dile que un tal Casio quiere hablarla. ¿Se lo dirás?

Ya está levantada, y si la encuentro, le diré lo que deseais.

Díselo, amigo mio. (Se va el Bufon.—Sale Yago.) Bien venido, Yago.

¿No os habeis acostado?

Era casi de dia, cuando me separé de tí. Ahora he enviado un recado á tu mujer, para que me facilite una entrevista con Desdémona.

Yo haré que la veas, y procuraré alejar á Otelo, para que no os interrumpa.

De todas veras te lo agradeceré. (Aparte.) Ni en Florencia misma he hallado hombre tan cortes y atento.

A pesar de todo, me parece conveniente hablar á solas á Desdémona, si es que mi pretension no te parece descabellada.

Ven conmigo: yo te llevaré á sitio donde puedas hablarla con toda libertad.

Mucho os agradeceré tal favor. (Se van.)

Yago, entrega tú estas cartas al piloto, para que las comunique al Senado. Entre tanto yo voy á las murallas. Allí me encontrarás.

Está bien, general.

Caballeros, ¿quereis visitar la fortificacion?

Pierde el temor, amigo mio. Te prestaré toda la ayuda y favor que pueda.

Señora, os suplico que lo hagais, porque mi marido lo toma como asunto propio.

Es muy honrado. Espero veros pronto amigos á Otelo y á tí, buen Casio.

Generosa señora, sucédame lo que quiera, Miguel Casio será siempre esclavo vuestro.

En mucho aprecio tu amistad. Sé que hace tiempo la tienes con mi marido, y que sólo se alejará de tí el breve tiempo que la prudencia lo exija.

Pero esa prudencia puede durar tanto, ó acrecentarse con tan perverso alimento, ó atender á tan falsas apariencias, que estando ausente yo, y sucediéndome otro en el destino, olvide el general mis servicios.

No tengas ese recelo. A Emilia pongo por testigo de que no he de desistir hasta que te restituyan el em pleo. Yo cumplo siempre lo que prometo y juro. No dejaré descansar á mi marido, de dia y de noche he de seguirle y abrumarle con ruegos y súplicas en tu favor. Ni en la mesa ni en el lecho cesaré de importunarle. Buen abogado vas á tener. Antes moriré que abandonar la pretension de Casio.

Señora, el amo viene.

Adios, señora.

Quédate, y oye lo que voy á decirle.

No puedo oirte ahora ni estoy de buen temple para hablar en causa propia.

Como querais. (Se va Casio.—Salen Otelo y Yago.)

No me parece bien esto.

¿Qué dices entre dientes?

Nada... No lo sé, señor.

¿No era Casio el que hablaba con mi mujer?

Pues me pareció que era Casio.

¿Tú de vuelta, amor mio? Ahora estaba hablando con un pobre pretendiente, que se queja de tus enojos.

¿Quién?

Tu teniente Casio. Y si en algo estimas mi amor y mis caricias, óyeme benévolo. O yo no entiendo nada de fisonomías, ó Casio ha pecado más que por malicia, por ignorancia. Perdónale.

¿Era el que se fué de aquí ahora mismo?

Sí, tan triste y abatido, que me dejó parte de su tristeza. Haz que vuelva contento, esposo mio.

Ahora no: otra vez será, esposa mia.

¿Pronto?

Tus ruegos adelantarán el plazo.

¿Esta noche, á la hora de cenar?

¿Mañana á la hora de comer?

Mañana no comeré en casa. Tenemos junta militar en el castillo.

Entonces mañana por la noche, ó el mártes por la mañana, por la tarde ó por la noche, ó el miércoles muy de madrugada. Fíjame un término y que sea corto: tres dias á lo más. Ya está arrepentido. Y aunque dicen que las leyes de la guerra son duras, y que á veces exigen el sacrificio de los mejores, su falta es bien leve, y digna sólo de alguna reprension privada. Dime, Otelo: ¿cuándo volverá? Si tú me pidieras algo, no te lo negaria yo ciertamente. Mira que en nada pienso tanto como en esto. ¿No te acuerdas que Casio fué confidente de nuestros amores? ¿No sabes que él te defendia siempre, cuando yo injustamente y por algun arrebato de celos, hablaba mal de tí? ¿Por qué dudas en perdonarle? No sé cómo persuadirte...

Basta, mujer: no me digas más. Que vuelva cuando quiera.

Nada te negaré. Una cosa sola he de pedirte. Déjame solo un rato.

¿Yo dejar de obedecerte? Adios, señor mio, adios.

Adios, Desdémona. Pronto seré contigo.

Ven, Emilia. (A Otelo.) Siempre seré rendida esclava de tus voluntades. (Se van.)

¡Alma de mi alma! Condenada sea mi alma, si yo no te quiero; y si alguna vez dejo de quererte, ¡confúndase y acábese el universo!

General.

¿Qué dices, Yago?

¿Miguel Casio tuvo alguna noticia de vuestros amores con la señora?

Lo supo todo, desde el principio hasta el fin. ¿A qué esa pregunta?

Por nada: para matar un recelo mio.

Yo creí que nunca la habia tratado.

¡Si fué confidente y mensajero de nuestros amores!

¿Eso dices?

La verdad digo. ¿Por qué te sorprende? Pues ¿no es hombre de fiar?

Sí: hombre de bien.

Muy de bien.

Así que sepa...

¿Qué estais murmurando?

¿Murmurar?

Señor, ya sabeis que de todas veras os amo.

Por lo mismo que lo sé y lo creo, y que te juzgo hombre sério y considerado en lo que dices, me asustan tus palabras y tu silencio. No los extrañaria en hombres viles y soeces, pero en un hombre honrado como tú son indicios de que el alma está ardiendo, y de que quiere estallar la indignacion comprimida.

Juro que tengo á Miguel Casio por hombre de honor.

Yo tambien.

El hombre debe ser lo que parece, ó á lo menos, aparentarlo.

Dices bien.

Repito que á Casio le tengo por hombre honrado.

Eso no es decírmelo todo. Declárame cuanto piensas y recelas, hasta lo peor y más oculto.

Perdonadme, general: os lo suplico. Yo estoy obligado á obedeceros en todo, menos en aquellas cosas donde ni el mismo esclavo debe obedecer. ¿Revelaros mi pensamiento? ¿Y si mi pensamiento fuera torpe, vil y menguado? ¿En qué palacio no penetra al guna vez la alevosía? ¿En qué pecho no caben injustos recelos y cavilosidades? Hasta con el más recto juicio pueden unirse bajos pensamientos.

Yago, faltas á la amistad, si creyendo infamado á tu amigo, no le descubres tu sospecha.

¿Y si mi sospecha fuera infundada? Porque yo soy naturalmente receloso y perspicaz, y quizá veo el mal donde no existe. No hagais caso de mis malicias, vagas é infundadas, ni perturbeis vuestro reposo por ellas, ni yo como hombre honrado y pundonoroso debo revelaros el fondo de mi pensamiento.

¿Qué quieres decir con eso?

¡Ay, querido jefe mio!, la buena reputacion, así en hombre como en mujer, es el tesoro más preciado. Poco roba quien roba mi dinero: antes fué algo, despues nada: antes mio, ahora suyo, y puede ser de otros cincuenta. Pero quien me roba la fama, no se enriquece, y á mí me deja pobre.

¿Qué estás pensando? Dímelo, por Dios vivo. Quiero saberlo.

No lo sabreis nunca, aunque tengais mi corazon en la mano.

Señor, temed mucho á los celos, pálido mónstruo, burlador del alma que le da abrigo. Feliz el engañado que descubre el engaño y consigue aborrecer á la engañadora, pero ¡ay del infeliz que aún la ama, y duda, y vive entre amor y recelo!

¡Horrible tortura!

Más feliz que el rico es el pobre, cuando está resignado con su suerte. Por el contrario el rico, aunque posea todos los tesoros de la tierra, es infeliz por el temor que á todas horas le persigue, de perder su... ¡Dios mio, aparta de mis amigos, los celos!

¿Qué quieres decir? ¿Imaginas que he de pasar la vida entre sospechas y temores, cambiando de rostro como la luna? No: la duda y la resolucion sólo pueden durar en mí un momento, y si alguna vez hallares que me detengo en la sospecha y que no la apuro, llámame imbécil. Yo no me encelo si me dicen que mi mujer es hermosa y alegre, que canta y toca y danza con primor, ó que se complace en las fiestas. Si su virtud es sincera, más brillará así. Tampoco he llegado á dudar nunca de su amor. Ojos tenia ella y entendimiento para escoger. Yago, para dudar necesito pruebas, y así que las adquiera, acabaré con el amor ó con los celos.

Dices bien. Y así conocerás mejor la lealtad que te profeso. Ahora no puedo darte pruebas. Vigila á tu esposa: repárala bien cuando hable con Casio, pero que no conozcan tus recelos en la cara. No sea que se burlen de tu excesiva buena fe. Las venecianas sólo confian á Dios el secreto, y saben ocultársele al marido. No consiste su virtud en no pecar, sino en esconder el pecado.

¿Eso dices?

A su padre engañó por amor tuyo, y cuando fingia mayor esquiveza, era cuando más te amaba.

Verdad es.

Pues la que tan bien supo fingir, hasta engañar á su padre, que no podia explicarse vuestro amor sino como obra de hechicería... Pero ¿qué estoy diciendo? Perdóname si me lleva demasiado lejos el cariño que te profeso.

Eterna será mi gratitud.

Mal efecto te han hecho mis palabras, señor.

No. Mal efecto, ninguno.

Te lo prometo.

Si no, lo sentiria, y áun seria más pronto el desenlace, que lo que yo imaginé. Casio es amigo mio... Pero ¡estais turbado!

¿Por qué? Yo tengo á Desdémona por honrada.

¡Que lo sea mucho tiempo! ¡Que por muchos años lo creas tú así!

Pero cuando la naturaleza comienza á extraviarse...

Ahí está el peligro. Y á decir verdad, el haber despreciado tan ventajosos casamientos de su raza, de su patria y de su condicion y haberse inclinado á tí, parece indicio no pequeño de torcidas y livianas inclinaciones. La naturaleza hubiera debido moverla á lo contrario. Pero... perdonadme: al decir esto, no aludo á ella solamente, aunque temo que al compararos con los mancebos de Venecia, pudiera arrepentirse.

Adios, adios, y si algo más averiguas, no dejes de contármelo. Que tu mujer los vigile mucho. Adios, Yago.

¿Para qué me habré casado? Sin duda este amigo sabe mucho más que lo que me ha confesado.

Gobernador, os suplico que no volvais á pensar en eso. Dad tiempo al tiempo, y aunque parece justo que Casio recobre su empleo, puesto que es hábil para desempeñarlo, mantened las cosas en tal estado algun tiempo más, y entre tanto podeis estudiar su carácter, y advertir si vuestra mujer toma con mucho calor su vuelta. Este será vehemente indicio, pero entre tanto, inclinaos á pensar que me he equivocado en mis sospechas y temores, y no desconfieis de su fidelidad.

Nada temas.

Adios otra vez. (Vase.)

Este Yago es buen hombre y muy conocedor del mundo. ¡Ay, halcon mio! si yo te encontrara fiel, aunque te tuviera sujeto al corazon con garfios ó correas, te lanzaria al aire en busca de presa. ¿Quizá me estará engañando por ser yo viejo y negro, ó por no tener la cortesía y ameno trato propios de la juventud? ¿Pero qué me importa la razon? Lo cierto es que la he perdido, que me ha engañado, y que no tengo más recurso que aborrecerla. ¡Maldita boda: ser yo dueño de tan hermosa mujer pero no de su alma! Más quisiera yo ser un sapo asqueroso ó respirar la atmósfera de una cárcel, que compartir con nadie la posesion de esa mujer. Pero tal es la maldicion que pesa sobre los grandes, más infelices en esto que la plebe. Maldicion que nos amenaza, desde que comenzamos á respirar el vital aliento. Aquí viene Desdémona. (Salen Desdémona y Emilia.) (Aparte.) ¿Será verdad que es infiel? ¿Se burlará el cielo de sí mismo?

Otelo, vén: los nobles de la isla están ya congregados para el banquete.

¡Qué insensatez la mia!

¿Por qué hablas entre dientes? ¿Estás malo?

Me duele la cabeza.

Sin duda, por el insomnio. Pero pronto sanarás. Yo te vendaré la cabeza, y antes de una hora estarás aliviado. (Intenta ponerle el pañuelo.)

Ese pañuelo es pequeño. (Se cae el pañuelo.) Déjalo. Me voy contigo.

Mucho siento tu incomodidad. (Vanse.)

¡Oh felicidad! Este es el pañuelo, primera ofrenda amorosa del moro. Mi marido me ha pedido mil veces que se lo robe á Desdémona, pero como ella lo tiene en tanto aprecio, y Otelo se lo encomendó tanto, jamas lo deja de la mano, y muchas veces le besa y acaricia. Haré copiar la misma labor, y se le daré á Yago, aunque no puedo atinar para qué le desea: Dios lo sabe. A mí sólo me toca obedecer. (Sale Yago.)

Traducción con IA · Original