Cuentos chilenos de nunca acabar

· 1929

El recuerdo de las personas que conocimos i el de las acciones, casi siempre insignificantes, que ejecutamos en el rápido curso de nuestra infancia, son, sin duda, los que mas persisten en nuestra memoria. La zancadilla que dimos al compañero de colejio que no hemos vuelto a ver, las pequeñas diabluras que haciamos al maestro, los guantes[1] que él solia aplicarnos con fervoroso celo, los juegos con que nos divertiamos en la única hora de recreo que teniamos i en el corto rato de libertad que nuestros padres nos daban en la noche, perduran como fotografiados en las cámaras de nuestros cerebros. Todas éstas son cosas que nadie olvida. ¿Qué estraño, pues, que yo recuerde con verdadero placer a…

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