El rápido de París a Belfort atraviesa velozmente los arrabales. Aunque estamos en mayo, la mañana sin sol es fría. Un fuerte viento del Noroeste impulsa grandes nubarrones que se deshacen en lluvia sobre los campos de trigo, de cebada y de alfalfa que cubren con sus variados matices las monótonas llanuras de la Brie. Las gotas de lluvia pintan los más extraños dibujos sobre los cristales de un vagón de primera clase en que va un solo viajero quien parece preocuparse muy poco del mal tiempo. Abrigadas las piernas por ancha manta y una gorrilla sobre los ojos, está absorto en la lectura de unos documentos y en el examen de unos planos que va sacando de una gran carpeta puesta sobre los almoha…
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